¿ALGUIÉN QUIERE INVERTIR EN BOLIVIA ?

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Las reglas de juego económicas nunca han estado claras en Bolivia. Es una de las crueles herencias desde el siglo XIX, siglo del desorden caudillista y destrucción del país. Quiénes gobernaron se encargaron de hacer un país a propósito desordenado, porque en esa salsa robaban y se enriquecían. Las leyes jamás sirvieron de nada, pues desde siempre es parte del sistema de encubrimiento a quiénes suben al poder a enriquecerse. Hoy montar un negocio cuesta cien veces más que en cualquier país mínimamente ordenado. Las coimas en los ministerios, a los burócratas, los impuestos deshonestos y arbitrarios, como la absoluta inseguridad jurídica, simplemente es el escenario perfecto para que nadie invierta en nuestro país.

Cualquier trámite en Bolivia tiene los ingredientes de corrupción, es decir que tarda hasta las calendas griegas, pasando por mil manos y burócratas, hasta que la gente tiene que coimear para que algo funcione más rápido. De nada sirven las leyes revolucionarias, cuando las realidades institucionales siguen siendo las mismas del siglo XIX, en mentalidad, en desorganización y compadrerío oligárquico. En pleno siglo XXI, donde el internet y la informática han revolucionado la velocidad de las instituciones, por ejemplo los gobiernos electrónicos, en Bolivia las élites han decidido quedarse en el siglo XIX, porque les conviene en sus intereses de saqueo generalizado. Y pues, otra vez, los discursos de ocasión enarbolan que todo está cambiando, cuando lo cotidiano nos dice todo lo contrario.

Reglas claras, leyes que se cumplen, instituciones modernas y veloces, son las condiciones básicas para que una sociedad sea realmente eficiente y eficaz. No los trámites donde se roba a la gente, los sellos, las firmas, los timbres, los abogansters, y el vuélvase mañana son herencias republicanas decimonónicas, parte de la mentalidad de los gobernantes sean quiénes sean, para seguir siendo un país donde todo cuesta cien veces más construir, y todo es cuesta arriba.

La falta de claridad en las reglas de juego se traslada de gobierno en gobierno. A nadie le interesa realmente clarificar las cosas. Todos heredan la lógica de gobernar patrimonialistamente, porque el turno de las nueces les toca, porque todas las nuevas fortunas nacen del Estado, así de simple. Las leyes responden a dos patrones también tradicionales en Bolivia: dinero o influencia política. Es imposible en Bolivia considerar otros escenarios en lo legal, jamás ha existido justicia oficial. El abogansterío es un negocio del sistema absolutamente ilegal boliviano. Eso se sabe desde siempre, se acepta colectivamente; pero nada se hace.

Entonces, por tanto, mientras no cambien las reglas de juego actuales donde los oscuro y tenebroso es lo oficial, pues invertir en este país es demasiado arriesgado como peligroso. Quizás las enormes empresas o transnacionales, porque pueden coimear a todo el gabinete, si es que fuera necesario. Pero para las pequeñas empresas o sueños, pues no es posible. Por eso lo informal es mejor, no sólo como modelo de pobreza, sino sobre todo por ausencia de claridad en las reglas de juego económico, judicial, social y político.

Salir de este pánico colectivo, institucional, requiere de un convencimiento de que esta tragedia puede cambiar. Ha sucedido en otras realidades del mundo, cuando su gente tomó consciencia de su realidad y volcó sus esfuerzos a cambiar las cosas. Años de sacrificios y gente a la altura de los acontecimientos. Hoy todo está paralizado, porque las inútiles oficinas donde la burocracia jode y tortura a la gente cotidianamente, con innumerables obstáculos legales y absurdos como corruptos, paralizó al país desde hace mucho tiempo. Además de las tontas excusas ideológicas, pues el espectáculo es completo. Bolivia funciona desde siempre por la valiente voluntad de su gente ya entrenada en estos sacrificios brutales, desde tiempos inmemoriales con un Estado en contra de su propia gente.

Las excepciones siempre confirman la regla general. El monstruoso aparato de tortura institucional no ha cambiado. Todavía es peor: más lento y corrupto. Indignante, antihumano y anti ético. La lentitud boliviana ya famosa mundialmente, hoy es diez veces más lento y burocrático. Porque la espada de Damocles de la ley precisamente no deja funcionar nada. Amenaza para que nada funcione y corra. Pues ciertamente nada ha cambiado desde el siglo XIX, sino los discursos de moda y las circunstancias ideológicas también de moda.

En este conjunto de cosas se piensa que el buen funcionamiento de la macro economía, de por sí resuelve todo lo demás. Absurdo que incluso es escolar o colegial. Es verdad que lo macro económico funcionó bastante bien estos años; pero es claro que no resolvió la pobreza, ni la miseria tradicional. En todo caso no hay investigaciones, como en muchos campos, que realmente demuestren lo contrario. No hay manejo de información seria y objetiva, sino sólo discursos políticos de ocasión. En lo micro económico no hay cambios trascendentales, sino cemento y estética desarrollista. Producto de una economía sin claridad alguna, pues no se sabe a ciencia cierta el papel del narcotráfico; se huele sin embargo su poder e influencia.

El calvario cotidiano de la sobrevivencia, a pesar de la tradición estatalista lenta y burocrática, es de los espectáculos más extraordinarios del boliviano. Su creatividad es asombrosa, porque se enfrenta al poder del Estado anti productivo y corrupto, que se contrapone de por sí a la creación de riqueza limpia y competitiva. Ese calvario es lo más socializado que hay en todas las clases sociales. El boliviano no puede progresar en Bolivia, como lo hace en otras realidades donde las reglas de juego están claras.

Ante la ausencia de inversión y juego limpio, todo vale para la sobrevivencia: contrabando, burocracia corrupta y economía informal en el 90% del mercado interno. Escapar lo más posible a los tentáculos del Estado, que nada ofrece y jamás dio oportunidades para la creación de riqueza diversificada. En las actuales circunstancias este escenario sigue siendo a las calendas griegas, no resueltas ni por los neoliberales anteriores ni por los brujos actuales.

Por: Max Murillo Mendoza

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