PADRE LUÍS ESPINAL O LA RADICALIDAD COMO COHERENCIA

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Morir es una manera de triunfar en unas realidades donde la vida sigue sin valer nada. O demasiado poco. Pues Espinal se escandalizaría de que nadie diga nada de una marcha indígena, que sólo reclaman sus derechos ancestrales avasallados durante siglos por todos los Estados y sus colores ideológicos. Espinal estaría escandalizado de la corrupción generalizada, de la impostura de autoridades que se dan la molestia de hablar de revolución, cuando sus vidas son el desastre más emblemático de lo anti ético y moral. Espinal estaría escandalizado de tanta mierda junta a nombre de periodismo y comunicación. Espinal estaría escandalizado de la brutal ausencia de crítica y de intelectualidad nueva. Espinal estaría escandalizado de la impunidad del sistema corrupto judicial. En definitiva Espinal aportaría hoy, como ayer, con su radicalidad creativa en estas épocas de burocratización y mediocridad generalizada como enfermedad colectiva, rompiendo cadenas. Siempre rompiendo cadenas.

Somos hijos de nuestro tiempo. Hoy los hijos de la democracia ya no tienen referentes de las dictaduras, o de aquellas formas ideológicas donde el paradigma revolución era el centro de las esperanzas. Les toca construir otros paradigmas, otras equivocaciones y otras apuestas sociales. Y en momentos donde el capitalismo salvaje ha hecho carne en nuestras sociedades, adaptándose muy bien a la globalización mercantilista,  moldeando a las nuevas generaciones a procesos absolutamente distintos respecto de aquellas que empiezan a ver sus nostalgias sin proponer nada.

El padre Espinal ciertamente estaría escandalizado de la deshumanización del trabajo estatal, del retroceso en los derechos laborales, de la violencia judicial y policial. A tantos años de aquella muerte, los destellos que quedan como vestigios poderosos de una supernova son la radicalidad y la coherencia. Conceptos que hoy son los ausentes cruciales, de quiénes se dicen portadores del cambio. Espinal prefirió romper las ataduras de las jerarquías eclesiales, de las jerarquías mentales para anidarse en la periferia, en la humildad de su rincón, siempre fuera de los espectáculos sociales hipócritas y costumbristas. Su coherencia intelectual fue a toda prueba, aún en situaciones de extrema gravedad que por supuesto le llevaron a la misma muerte. Coherencia intelectual que era crítica directa al sistema y contexto de aquella época. Porque es la única coherencia que existe por todo el mundo.

Aquel monje fue brillantemente descrito por Javier Medina, en su texto Testamento Político Espiritual. Ese despliegue del cuerpo humano más allá de lo posible, más allá de las exigencias mismas en lo infra político. Ese entregar la vida como eslabón misterioso hacia el más allá de los sueños humanos. Posibilidad que sólo comparten los místicos y los revolucionarios,  ausentes en estas épocas oscuras y pragmáticas. Experiencia del silencio cuando el cuerpo habla en sus símbolos de entrega, asumidos por Espinal en ese camino del conocimiento de nuestras duras y complejas realidades en el país.

La inmensa pobreza material y social de nuestro país, fue por supuesto un compromiso directo para el padre Espinal. Ese monje que no tuvo ataduras posibles en su entrega, utilizó las herramientas  del periodismo y el cine para desenmascarar a los poderes mundanos, dictatoriales y crueles de entonces. Paradójicamente nunca le gustaron los mártires y las poses o las pintas de lo intelectualoide, sus escritos son sencillos y directos, al grano cuando se trataba de denunciar o condenar cristianamente los pecados de los poderosos, de los impunes y los hipócritas. No necesitaba adornar y rebuscar los lenguajes, porque simplemente era el despliegue de lo que él era: coherente.

En la distancia de casi cuatro décadas de su muerte, pues mucha agua ha corrido bajo el puente. La generación de la dictadura, por así decir, ya pagó su factura y tuvo que contentarse con la democracia liberal y formal. No tuvo más fuerza y se quedó en esa vereda. Las razones y las circunstancias todavía hay que investigarlas. La generación de la democracia aún no tiene cuerpo y espíritu. Sólo eco de promesas y potencia o posibilidades en potencia. Reinventar procesos sociales e institucionales, no son tareas fáciles cuando hay ausencias de Estado e imaginarios de Estado: proyectos, sueños, nacionalismos y apuestas. Los hijos de la democracia no son conscientes de lo que tienen como generación, cierto que los bloqueos son fuertes de parte de la generación de la dictadura. Pero hace tiempo que es hora para que tomen la posta de la historia.

Muchas cosas han pasado en estas décadas: crisis de la iglesia en todo el mundo, por los abusos sexuales, crisis de vocaciones y crisis estructural de la misma porque ya no responden a las demandas actuales. Crisis profunda de las izquierdas que no encontraron su verdadero rostro en el postmodernismo. Crisis en general de los paradigmas y sistemas globales, que ya no responden a las demandas de las generaciones jóvenes. El mundo transcurre en una transición hacia lo desconocido, como nunca antes. Cambio climático, muerte de los referentes tradicionales, renacimiento de nacionalismos que se creían superados, inicio de los paradigmas cuánticos y renacimiento de religiones antiguas.

Espinal habría sido un aporte desde su radicalidad y coherencia. Su ausencia no fue reemplazada por nadie en la iglesia. Y su exigencia de crítica a todos los poderes, ya murió en los laureles del pragmatismo burocrático, que sólo produce masas y funcionales a los poderes de siempre, aquellos que vienen desde tiempos inmemoriales. Pues, la ausencia de Espinal ha sido reemplazada por el oportunismo de los mismos de siempre. Amen.

por: Max Murillo Mendoza

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