El proletariado minero ya entró, con su muerte en la relocalización (1.985), en los mitos de los grandes movimientos sociales que marcaron historia y época, en varios momentos del recorrido social y económico de Bolivia. Su particular formación y nacimiento a inicios del siglo XX, le configuraron un molde revolucionario, socialista, comunista y también anarcosindicalista en búsqueda de la revolución, es decir de los cambios sociales radicales: la destrucción del Estado republicano colonial y el sistema capitalista periférico, para construir un nuevo orden, que por fin responda a las realidades de las mayorías de este país. Sin embargo, por avatares de la historia, ese proletariado radical y combativo prefirió al final apostar por la democracia liberal burguesa. Por ese sistema representativo, corrupto, manejado por el Estado republicano colonial. La revolución quedó postergada en función de un sistema democrático, poco fiable y con las taras profundas de las mentalidades coloniales.
Hoy es poco probable que el movimiento minero actual, tenga el mismo destino combativo y radical que le caracterizó en el siglo XX. Sin formación ideológica ni política, con apenas balbuceos sobre el conocimiento de los cambios sociales, con dirigentes que no tienen idea alguna sobre la política actual y moderna, pues realmente es imposible que salgan de sus filas algún sentido de combatividad y cambio hacia el conjunto de la sociedad. La burocratización de sus altos mandos, absolutamente cegados por el conformismo estatal y la comodidad de las tentaciones oficinistas, han llevado al proletariado minero a ser simplemente un sindicato de reivindicaciones salaria listas y sectoriales, sin ningún sentido y visión de país. Despojados de las visiones de vanguardia que tenían, como responsabilidad colectiva hacia el país profundo.
No tienen capacidad para generar escuelas de cuadros, donde otrora la formación política e ideológica fortalecían las filas de los sindicatos, y dirigentes de talla intelectual eran los que dirigían aquellos sindicatos del siglo XX. Los fenómenos de esa degradación hay que investigarlos por cierto. Hoy los dirigentes apenas pueden formular declaraciones políticas básicas y primarias, sin ningún sentido de orientación a la población. Y sus actos “políticos” son farras monumentales y de soberbia económica, que en nada representan al glorioso proletariado minero anterior.
La vanguardia minera proletaria, hoy es apenas un simulacro de aprendices de sindicalismo pero buscando dinero a como dé lugar. La mediocridad de quiénes dirigen, en sentido de formulaciones políticas, es directamente proporcional a su burocratización económica y comodidad pequeñoburguesa. Les interesa sólo la foto y los eventos sociales; no la formación ideológica política.
Sin embargo el crecimiento del proletariado minero, estatal, privado y cooperativista, va en aumento por la ausencia de oportunidades en el país. Ese capitalismo salvaje periférico, en crecimiento acelerado, absorbe cruelmente a esos sistemas sin dejarles respiro alguno. Fenómeno que es notorio sobre todo en el cooperativismo, donde unos pocos se enriquecen a costa de la inmensa miseria de la mayoría de los obreros. Esa inmensa mayoría que no tienen derechos sociales algunos, como los primeros proletarios a principios del siglo XX, pero permitidos por los barones de las cooperativas. Es decir, el crecimiento de obreros mineros es constante por todo el país, en condiciones todavía lamentables y de explotación laboral latente. Pero también con un sindicalismo minero en decadencia y sumido en una crisis de identidad, sin rumbo político e ideológico. Extraviados en tentaciones pequeñoburguesas, absolutamente contrarias a sus principios revolucionarios, de solidaridad de clase y de solidaridad como vanguardia con los sectores más empobrecidos y abandonados del conjunto de la sociedad.
Los escándalos de borrachera y de fiestas empedernidas, en estas últimas semanas que la prensa ha retratado, de los aniversarios mineros o sindicales, reflejan precisamente ese diagnóstico claro de su situación. Ese poderoso y glorioso movimiento minero, se reduce ahora a eso. Ya no es más vanguardia de nada, sino de coladera y borrachera triunfalista al calor de un economicismo engañoso y pasajero.
Las preguntas son evidentes. ¿Por qué ese poderoso proletariado minero, que buscó durante tantos años hacer la revolución, se contentó con la democracia? ¿Por qué ese proletariado minero, de vanguardia proletaria, contestatario y de conducciones políticas brillantes al país entero, se contentó con tan poco: una democracia burguesa y liberal?
Los obstáculos fueron colosalmente fuertes: dictaduras militares crueles, dictaduras democráticas liberales, muchas veces aislamiento político. A todas se enfrentaron con coraje y valentía, a muchas vencieron para entregar al país en su conjunto días mejores; pero al final se rindieron al sistema, a la democracia burguesa que combatieron casi por generaciones para buscar una revolución. El proletariado minero de vanguardia, con sentido nacional y de preocupaciones de Estado, se ha quedado sin independencia de clase y sindical. Apenas con reivindicaciones tradeunionistas, sectoriales y economicistas de coyuntura triunfalista, sin sentido ideológico o político. Muchos revolucionarios de sus filas, quizás ya viejos, tienen que estar desilusionados y traicionados. Porque el destino del proletariado minero era superior: buscar la revolución, o el cambio radical. No la democracia burguesa.
por: Max Murillo Mendoza





