De regreso hoy domingo de una provincia calurosa, a unas 4 horas de La Paz, escuché una generosa tertulia de dos jóvenes mujeres sobre la política y su terrible crisis de credibilidad actual. Al menos disfruté una hora sobre el tema, donde tocaron países como Venezuela, Estados Unidos y por supuesto Bolivia. En medio de unos ruidos musicales horribles, calor sofocante y tierra por doquier, escuchar las melodías de las reflexiones sobre la impunidad de los políticos, la corrupción, su falta de preparación intelectual y profesional; pero me llamó la atención que a esas dos jóvenes les preocupara tanto temas cruciales como credibilidad y autoridad moral de la política actual. Lo hicieron a su manera; de manera profunda y generosa.
En la historia de América Latina no existe esta modalidad de reflexión sobre la política, porque la costumbre es sólo el recuerdo de gobernantes, de sus ministros y ayudantes, totalmente embarrados por los hilos del poder oscuro y corrupto. Con sus honradas excepciones como Mujica, por ejemplo, el montón de las corrientes políticas y sus representantes son nomás parte de la tradicionalidad corrupta, de impunidad colosal, de ausencia de criterios realmente modernos, y pues parte de las costumbristas leyes populares conservadoras del machismo, relaciones oscuras del poder, ausencia de claridad en el manejo de la monstruosa maquinaria estatal. Las excusas son enormes como la impunidad: organizaciones populares, pueblo, pobreza, etc. Aceptados por moros y cristianos, por la convivencia y pactos sociales de la inercia como lógicas políticas en complicidades recíprocas, siempre con las telarañas dispuestas a todo lo posible.
Historias que devienen de fracasos y procesos de anteriores siglos, donde no existieron construcciones institucionales, sino sólo continuidades de costumbres, de impunidades sociales racistas, de miradas profundamente conservadoras en complejas mezclas entre lo más popular y lo más oligárquico. Como las fiestas religiosas, que son mezclas mentales de los resabios populares y resabios oligárquicos, que pueden convivir momentos de sentimientos conjuntos y quimeras conjuntas. Complicidades casi en reciprocidades hacia la impunidad de las mismas costumbres.
La ausencia de institucionalidad no ha impedido que los Estados se hayan agrandado, se hayan hecho algo más modernos a exigencias y fuerza de las sociedades civiles: educación, salud, vivienda y otras exigencias en derechos propios. Las paradojas son las constantes en estos territorios de cuentos, como lo retrataría el gran novelista García Márquez: la realidad siempre supera a la ficción. El crecimiento de los Estados estuvo al margen de lo que se debería hacer, de las recomendaciones clásicas de los inventores del Estado moderno, lo europeos. Siguieron caminos y sendas en las mismas costumbres coloniales y republicanas de siempre, sin modificar lo substancial sino sólo lo político, es decir el reacomodo a la nueva moda. Pues nada sostenible como era previsible, y que con el tiempo se degradaría hasta extremos conocidos en anteriores procesos políticos. Nada nuevo bajo el sol: imposible tapar con un dedo el sol. En todo caso ya tendremos tiempo para estas sistematizaciones, para los balances finales de otra experiencia más en los anaqueles del basurero de la historia tradicional, de aquella que sigue vigente y sigue nomás en los moldes tradicionales como costumbristas, en los moldes de las fauces oligárquicas normales.
Oportunidades perdidas como todas las revoluciones de la historia moderna. Los finales siempre con las dudas y tragedias humanas repetitivas: son los pobres y los más humildes de las sociedades los que pagan los platos rotos del festín coyuntural revolucionario, los mismos de siempre quiénes confiaron ciegamente a cambiar las cosas; pero que al final del camino nada consiguen sino premiar con su sangre a otros mandarines y oportunistas. A otros sabuesos tradicionales. Ignorantes de lo social y político, sólo imitadores baratos de las consignas del poder. Oportunidades perdidas como telón de fondo, de un teatro con actuaciones mediocres y circunstanciales para deleite de los mandarines en coyuntura.
Al menos me deleité con las reflexiones juveniles profundas de aquellas jóvenes, que pusieron el crédito de la esperanza por las nuevas generaciones. Así pude aguantar mejor esa horrible música chicha o algo así, que hiere terriblemente las sensibilidades de la estética y los gustos musicales, como la polvareda y la tierra de las construcciones de caminos incompletos porque los oficinistas constructores sólo utilizan horarios de oficina en esas inmensas construcciones, que duran siempre a las calendas griegas. En fin, en fin. Aquellas jóvenes estaban convencidas de que el Estado son también ellas, que no hay dueños, que no debería haber dueños, porque eso es cualquier Estado: cada uno de nosotros y todos somos Estado. Esos sueños siguen vigentes como hace dos siglos.
A pesar de la tortura de esa música del minibus, calor y tierra, realmente me siento muy animado por los análisis melodiosos de esas jóvenes, conscientes de nuestras realidades como de nuestros desafíos y pues de eso se trata: a seguir con las utopías de construcciones de institucionalidad, en nuestros Estados con terribles tufos coloniales y republicanos. De eso se trata.
La Paz, 13 de agosto de 2017.
por: Max Murillo Mendoza





