Durante todo el siglo XX y parte del siglo XXI, las palabras desarrollo y progreso eran las magias sine qua non para expresar calidad de vida, y alto nivel de vida. Inventos de la modernidad que se socializaron por todo el espectro político y económico, de todos los discursos de avanzada y alternativos sean de izquierda o derecha pues ambos se sentían representantes de estas dos palabras modernistas. Incluso los políticos más estúpidos, sin entender nada, entendían las palabras desarrollo y progreso. Eran parte del rezo y discurso de promesas de la política moderna. Hoy estas mismas palabras están en profunda crisis, porque sus resultados a lo largo del mundo muestran en general sólo destrucción de la naturaleza, contaminación ambiental, muerte de especies animales como nunca antes, muerte de personas cada vez más habituales en las ciudades totalmente antihumanas y sin calidad de vida, en definitiva destrucción de todo lo que rodea a las civilizaciones y culturas del mundo.
Sólo las corporaciones más poderosas del mundo, como las empresas petroleras, se resisten a las evidencias de destrucción y cambio climático, comprando incluso mercenarios científicos y presidentes tontos como Trump, para decir lo contrario. Lo cierto es que el mundo está agonizando y las tragedias climáticas son cada vez más radicales e intensas. La gravedad del fenómeno ya está registrada en todos los informes científicos más importantes, de los mismos países ricos donde se inventaron el desarrollo y progreso. Intereses poderosos que van más allá de los mismos Estados, convenciendo y corrompiendo a funcionarios para imponer sus intereses mezquinos y mercantiles, sobre todo en el llamado tercer mundo.
En estas épocas de crisis globales, donde la desocupación, la miseria y la marginalidad siguen siendo el pan de cada día, los políticos acuden a lo más clásico del diccionario conservador político: ofrecer desarrollo y progreso a sus pueblos. Es decir seguir destruyendo la naturaleza como receta básica para entrar en la magia de subir la calidad de vida, dizque. Y ya sabemos por todos los informes científicos que nada de esas promesas son ciertas, sino espejitos pasajeros y nada sostenibles en el tiempo. Pero el diccionario y vocabulario político tradicional sigue siendo el más utilizado, a falta de ideas y nuevas luces respecto del desarrollo y sus coletazos brutales. Atrás han quedado, muy atrás, la recuperación de las costumbres holísticas de los pueblos ancestrales que desde tiempos inmemoriales han convivido en reciprocidad, en complementariedad, con la naturaleza. Los políticos tradicionales prefieren el expediente más fácil y rápido: desarrollo y progreso o sea destrucción y contaminación ambiental.
En el tercer mundo incluso las matemáticas son políticas, por estos lados del mundo dos más dos no son cuatro, sino cualquier resultado en función de los intereses y los negocios que se juegan. La ideología es para pobres como el circo romano. Los Estados que apenas se construyen y reconstruyen buscando algo de modernidad e institucionalidad, no tienen la capacidad de absorber a la sociedad civil, sino precisamente bajo la lupa de las condiciones políticas. El precio que se paga es enorme, pues lo que se absorbe en política es siempre mediocre o sobrevivencia generalizada, no ideas y no instituciones. Así esas enormes maquinarias políticas no tienen la rapidez de reacción ante lo más fácil y hoy retrógrado como el desarrollo y progreso. Fantasmas que se comen todas las demás ideas alternativas, o las posibilidades de otras maneras de desarrollo, menos destructivas y menos antihumanas.
En definitiva el crecimiento infinito de la riqueza, que ofrecían los conceptos de desarrollo y progreso, no existen. Sus límites de esas promesas religiosas son absolutamente nítidas: cambio climático y destrucción del medio ambiente. Sólo la torpeza y la ceguera mental o los intereses oscuros niegan esa evidencia científica. Entonces los esfuerzos son ahora para convertir al desarrollo y progreso en sostenibles o sustentables, para humanizarlos de alguna manera y hacerlos más explotables. Por ahora ni siquiera esos conceptos cambian el fondo de la cuestión: modelo de desarrollo capitalista, que es la biblia de la izquierda y la derecha, matices más y matices menos, son absolutamente lo mismo y no tienen ninguna diferencia de fondo: los hechos son los hechos, con las excusas sociales e ideológicas.
Pensar alternativas, crear nuevos paradigmas, regresar al principio de las historias: al origen de las sociedades ancestrales sostenibles por miles y miles de años, cranear posibilidades al interior de las sociedades civiles son los desafíos presentes y urgentes. Niveles que son imposibles con las burocracias monstruosas y enfermizas de poder, de ejecuciones para el llenado de papeles y resultados inútiles como pasajeros. Desafíos cruciales para complementar a los esfuerzos que se hacen por todo el mundo, porque el tiempo ya está en contra de la existencia misma de nuestra especie humana, para no dejar a los tradicionales y escolásticos políticos medievales seguir con los mismos rezos clásicos del desarrollo y progreso, imposturas abiertamente destructivas y antihumanas.
por: Max Murillo Mendoza





