En las calles de Tarija el rugido ensordecedor de algunas muchas motocicletas se ha vuelto una constante tan cotidiana como molesta. No se trata de un problema menor: el ruido excesivo afecta directamente la calidad de vida de las personas, alterando el descanso, la concentración y, en casos extremos, la salud mental y auditiva.
Una parte considerable de estos ruidos no proviene del uso normal de las motos, sino de modificaciones intencionales en los caños de escape o del uso de vehículos que no cumplen con las normas de emisión sonora. Esta práctica, muchas veces asociada a la búsqueda de notoriedad o a una cultura de la transgresión, tiene un costo social alto, especialmente en zonas residenciales.
El derecho a circular no puede estar por encima del derecho al descanso y al bienestar. La convivencia en el espacio público exige respeto mutuo, y el Municipio y la Policía de Tránsito debe hacer valer ese equilibrio. Controles más estrictos, sanciones efectivas y campañas de concientización son herramientas necesarias para revertir esta situación que, a fuerza de costumbre, se ha normalizado.
La ciudad no debe ser un campo de ruido constante. Merecemos habitar espacios donde el sonido de una conversación, un pájaro o el silencio mismo no sean lujos, sino parte de la vida cotidiana.





