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miércoles, 30 / noviembre / 2022

Informes de la dictadura: Exiliados eran calificados de pekinés de línea dura, extremistas y elemento muy peligroso

Cuando Hugo Banzer Suárez se instaló en Palacio Quemado, por la fuerza de la bota y el fusil (el 21 de agosto de 1971), Nilo Soruco Arancibia, al igual que sus compañeros, tomó lo que pudo de su hogar, en Tarija, y partió sin miran con claridad el horizonte.

Rompió la frontera con sus 44 años, se llevó la guitarra y dejó la promesa de volver.

Se instaló, como muchos exiliados, en Salta, Argentina. Se empecinó en sus anhelos y continuó su militancia y no pactó sus principios en lo más mínimo.

Pese a estar lejos, Soruco era una constante preocupación para el gobierno de facto de Banzer. El dictador quería saber todo lo que hacía, dónde vivía, con quién se reunía y qué escribía.

Ordenó, así, a su vicecónsul en Salta, Gustavo Sejas R., realizar el seguimiento, no solo de Soruco, sino de todos “los extremistas” y “subversivos” radicados en Argentina.

Sejas cumplió a cabalidad el dictamen. El 25 de marzo de 1972, el vicecónsul envió uno de sus varios informes sobre Soruco y de más de una treintena de exiliados al subsecretario de Relaciones Exteriores Jaime Tapia Alipaz.

“Señor Subsecretario – dice Sejas en el informe- me es grato saludarlo y llevar a su conocimiento el informe que adjunto a la presente, sobre las actividades que desarrollan los exilados políticos de extrema izquierda que se encuentran en el norte argentino”.

El equipo de Sejas, que logró el apoyo de la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse (1971-1973), montó un aparato de seguimiento con los organismos de seguridad argentinos.

Identificó a la Residencial Haquin como el centro de encuentro de los “exiliados políticos” y registró en su nómina a Orlando Vaca Diez Pintado, Bismar Kleiguer, Mario Mojica, Tomas Cabrera, Nilo Soruco y otros tantos bolivianos.

El informe de Sejas es tan preciso que asegura “que varios de ellos visitaban casi todos los días el aeropuerto de Salta”, donde llegaba un avión proviene de Santa Cruz y descargaban “paquetes, diarios y cartas”.

“Se tiene conocimiento que en el Residencial Camiri de esta ciudad se encuentra un pequeño grupo de exilados políticos donde se cree que están realizando reuniones de tipo conspirativo. Al respecto se solicitó́ la colaboración de los organismos de seguridad argentinos para la vigilancia de los grupos de extrema izquierda, pero lamentablemente hasta la fecha no han facilitado ninguna información”, refiera Sejas en uno de los documentos desclasificados por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Bolivia en 2016.

TRAS LOS PASOS

Sejas instruyó a sus funcionarios no dejar ningún espacio a duda de su labor, por ello, cada reporte detallaba con precisión el nombre, procedencia, trabajo y relación de los “políticos de extrema izquierda” que se encontraban en el norte Argentina.

Por ejemplo, uno de los reportes señala: “Edmundo Casanova Olarte C.I. No. 1.218.862 La Paz, boliviano, 35 años, casado, empleado, miembro del P.C.B. desempeñó funciones como dirigente sindical de los trabajadores ferroviarios. Asistió al congreso de la Federación Internacional de Transportes realizada en Europa.

Asistió también a la O.I.T. en seminario realizado en la ciudad de Bogotá, Colombina. Fijó residencia en la zona de San Salvador de Jujuy en la Calle Tte. Tuco s/n.

Fue entregado por el DIC de Yacuiba el 20 de noviembre de 1971, solicitando asilo político”.

De Socuro, el informe recuerda que “fue miembro de la COD y la Asamblea del Pueblo” y advierte que “tiene muchos comunicados contra las FF.AA. Es militante activo del P.C. Pekinés” y que “no fijó domicilio”.

Además de reportar el seguimiento de las actividades de los exiliados, el vicecónsul estableció una categorización de éstos que iba de “extremista”, “pekinés de línea dura” y “elemento muy peligroso”, todo para que la dictadura preste mayor atención a sus movimientos.

Por ejemplo, el pintor Oscar Alandia Pantoja, hermano del muralista Miguel Alandia Pantoja, fue ubicado por Sejas en el grupo de los “extremistas”.

En tanto, Gustavo Ortiz Medina, exintegrante de la Central Obrera Departamental (COD) y de la Asamblea del Pueblo, además de militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), fue definido como “un elemento sumamente peligroso”. Esa misma categoría recibió el exprefecto de Tarija, Julio Jorge Calvo.

Mientras que a Roberto Medina, militante del Partido Comunista (PC), lo definieron como “pekinés de la línea dura” y como un “enemigo acérrimo de las Fuerzas Armadas”.

Luego del reporte de Sejas, la dictadura ordenó al embajador boliviano en Argentina Alberto Guzmán Soriano, “solicitar al gobierno de ese país, mediante gestiones confidenciales, que” “los elementos extremistas” “sean residenciados en lugares alejados de nuestras fronteras”.

Sin embargo, el gobierno argentino no atendió la solicitud. En una carta, el ministro de Relaciones Exteriores, Mario Gutiérrez Gutiérrez, le reclamó al embajador Guzmán Soriano: “El despacho a mi cargo ha recibido informaciones dando cuenta de los desplazamientos de elementos adictos al régimen depuesto en agosto pasado (de 1971), de conocida filiación izquierdista, en las zonas del norte argentino, cercanas a la frontera con Bolivia”.

“Estos hechos causan preocupación porque parecería que las autoridades policiales argentinas no ejercitan el control deseado sobre estos elementos, peligrosos por su activismo”.

“Esta actitud de tolerancia contradice la que se tenía en tiempos del Presidente (Arturo) Frondizi, cuando me encontraba de exiliado junto al Dr. Gonzalo Romero, y mediante Decreto del Poder Ejecutivo se nos fijó residencia en Buenos Aires”.

El seguimiento que aplicó la dictadura tenía uno solo fin: la desaparición de los exilados. Soruco, en cambio, fue apresado en 1973, luego de recobrar su libertad volvió al exilio. Esa vez se fue a Caracas, Venezuela, y desde ahí continuó incomodando al dictador. Escribió “La Caraqueña”, el himno de los exiliados. Cuando la noche oscura de las dictaduras dejó el cielo boliviano, Soruco volvió a su tierra con la guitarra en la mano. Eso sucedió a inicios de la década de los 90.

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