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sábado, 24 / septiembre / 2022

EDITORIAL: costumbre poco edificante

Los caudillos, para ser recordados, suelen mandar que se erijan monumentos, estatuas, museos, plazas, calles, avenidas y colegios –cuando no ciudades– que lleven su nombre. Este culto a la personalidad fue expuesto sin límites en la era del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, que pretendió que la capital de su país sea llamada por siempre Ciudad Trujillo. El dictador Josef Stalin, en 1925, cambió el nombre histórico de la ciudad rusa Tsaritsyn, que llevó ese nombre durante más de tres siglos, y la rebautiza como Stalingrado. A la disolución de la Unión Soviética, fue nominada Volvogrado. Luego, cientos de estatuas de Stalin fueron retiradas de las ciudades rusas.

Una imagen recorrió el mundo a la caída del dictador iraquí Saddam Hussein, mostrando cómo se desmontaba su enorme estatua en Bagdad. Fueron muchos los monumentos derribados: un busto del filipino Ferdinand Marco, de 30 metros de alto; los monumentos de dictadores como Kabila en la República Democrática del Congo, de Kim Il Sung y Kim Jong Il, en Corea del Norte, y un muy largo etcétera.

Esta tendencia se repitió en países de nuestra región: Ciudad Evita Perón, Provincia Perón, Aeropuerto Presidente Stroessner, calles y avenidas de ciudades bolivianas bautizadas con nombres de presidentes en funciones, y otras que pretenden homenajear a personas con dudosos méritos. A otros les dedicaron bustos y hasta un museo en ‘el medio de la nada’ y hoy en día tenemos polémica deportiva por una copa/campeonato que lleva el nombre de un ex mandatario.

Todo esto también fue imitado por delincuentes que edificaron mansiones enormes, como la del narcotraficante colombiano Pablo Escobar que instaló en la suya un zoológico con especies exóticas, lo que fue imitado recientemente por un sindicado de haberse cobrado la vida de tres policías y tener nexos con el narcotráfico y se encuentra recluido mientras se realiza una investigación policial/judicial.

¿Se trata de vanidad de los poderosos? Algo de eso hay. Pero también es fruto de la obsecuencia de segundones para complacer al caudillo. Así, se convierte en un asunto político: los partidarios del elegido erigen monumentos, exhiben bustos, nominan calles y avenidas en su honor, y los opositores de turno protestan. Todo hasta que se invierte la situación, y a comenzar de nuevo.

Una ley que prohíba estos homenajes en vida, y que exija que los honrados con esas muestras de gratitud de la ciudadanía sean realmente merecedores de la distinción, podrá acabar con esta costumbre poco edificante.

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