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jueves, 11 / agosto / 2022

Intercambio o pago con «conchitas», cuando la fiesta de Santa Anitas de Tarija no era con fines lucrativos

Los primeros barrios de Tarija ya van a iniciar Santa Anitas, una tradición que atrae a los niños y niñas pues pueden demostrar su talento en la gastronomía o las manualidades, pero, antes esta feria no era lucrativa sino más bien, de entretenimiento pues la moneda corriente eran las «conchitas».

Escribe René Aguilera Fierro que como anécdota, hasta la década del año 1950, eran válidos los billetes cortados por la mitad como moneda de transacción. A partir de aquella primera experiencia, en los subsiguientes años en ocasión de celebrarse el aniversario de creación del Colegio “Santa Ana”, se repetían estos juegos escolares con inusitado colorido e interés, progresivamente los bazares se ampliaron a mayores ofertas.

Para el efecto jugó un rol importante la creatividad e imaginación de los niños, así como la voluntad de los padres de familia en cooperar, esto permitiría extenderse a mayor cantidad de alumnos. Estas celebraciones eran todo un acontecimiento para la población infantil y juvenil, ya que durante estos festejos podían asistir visitantes externos, los que implícitamente se convertían en parte del juego.

Esta interesante actividad, según Aguilera Fierro, motivó a los niños a instalar en sus domicilios sus propios bazares a fin de alternar y distraerse con los amigos del barrio, luego fueron emulados por otros niños y finalmente resultó que la Fiesta de Santa Anita se había extendido por los cuatro barrios de la ciudad, siempre alentados por niños y padres de familia.

De acuerdo al escritor, el año 1892, por iniciativa de los vecinos de la Calle Cochabamba, conocida por aquel entonces como Calle Ancha, apelativo que aún se conserva en ciertos sectores de la población y en la historia de la ciudad, los vecinos levantaron frente a la Capilla de San Roque, los primeros puestos de miniaturas, coadyuvando con sus hijos en la elaboración, fabricación y venta mediante el juego.

La modalidad era la misma, los botones de conchas se los llamaba simplemente “Conchitas” y la festividad “Santa Anita” en alusión a las cosas y objetos pequeños que se vendían. Éste fue un acontecimiento novedoso para el barrio y la ciudad. Con el transcurso del tiempo se fueron destacando artesanos y personas hábiles en la fabricación en miniatura, tales como muebles, camioncitos, autitos, masitas, dulces, ancucos, empanadas, aros para rodar, trompos, sellos, bolillas de arcilla y otros.

El día 25 de Julio era un adelanto a la festividad, los niños adornaban las calles con sus surtidas “ventas”, en las transacciones no había lucro ni comercio, la compensación estaba en la alegría y la emoción de adquirir, canjear y hacer alarde de tenencia de mayor cantidad de “conchitas”.

El día de la fiesta, el 26 de julio era una verdadera algarabía en la población, chicos y grandes eran llevados por la curiosidad; motivados por la participación masiva, los niños intervenían en el canje como sana distracción. Tiempo después, la ubicación de los bazares se trasladó detrás de la iglesia abarcando la Calle Cochabamba entre las calles Campero y General Trigo, mientras que la explanada se convertía en Plaza “Narciso Campero”, adyacente a la Plaza de Toros.

De acuerdo a Aguilera Fierro los botones de conchas eran adquiridos en el comercio por cantidad y servían de moneda oficial en la Fiesta de Santa Anita, pasada la celebración, los depositarios guardaban los botones para el año siguiente. Pero estos festejos decayeron durante la Guerra del Chaco y cuando menos se esperaba, los canjes se efectuaban por dinero, modalidad que se fue imponiendo a través del tiempo.

En el año 1892 fue muy importante para la cultura chapaca, puesto que a partir de agosto, las calles de Tarija daban cabida por primera vez a la agrupación de “Los Chunchos” de San Roque.

Con el objeto de rescatar la tradición oral, el escritor indagó sobre algunos protagonistas de la época que por su edad, el tiempo y participación continua, se habían convertido en testimonio viviente de la otrora festividad de Santa Anita.

Reunidos los relatos Aguilera Fierro conformó un valioso caudal de información del pasado. Entre los personajes tenemos a la señora Bernarda Uriona de Gallardo que a sus 86 años, aún recordaba los pormenores de la Fiesta de Santa Anita, el trueque de “conchitas” por juguetes, comidas y masitas, así también estuvo el Carpintero Lorenzo Castillo que fabricaba mesas, roperos y camiones en miniatura; la señora Francisca Zárate de Molina, más conocida como doña “Panchita”, que en el año 1987 mediaba los 90 años de edad, y con toda lucidez se refería a los trueques que se realizaban en la plaza Campero.

Por entonces se trataba de una explanada vacía, frente a la “Capilla” de San Roque, allí doña Panchita deleitaba a niños y grandes con variedad de masitas. En este mosaico de personas que contribuyeron con su esfuerzo al engrandecimiento de la festividad, se encontraba doña Jacoba Panique y Eleuteria Espíndola con sus riquísimas alojas, Luisa Herrera con sus célebres saquitos de arroz, fideos, yerba, azúcar, harina y cestos de variados productos a la manera de Santa Anita.

También se recuerda a las señoras Mercedes Camacho y Atanasia Salinas con sus virques de Chicha que expendían en pequeños mates. La señora Lola Sánchez tenía la especialidad de elaborar una variedad de ricos panecillos, eran los primeros en terminarse en el canje. “Este recordatorio es un homenaje a tantos ciudadanos anónimos que hicieron posible esta fiesta, particularmente, aquellos campesinos que llegaban hasta la plaza Campero con sus productos, como ser yacones, ajipas, coime, artesanías consistentes en platos y ollitas de barro, hoy se las conoce cómo de arcilla”, explica el escritor.

Cuenta que las casas comerciales de Tarija, con mucha anticipación se proveían de “conchitas”, en realidad los Botones de Concha, era parte de los productos importados. Estas tiendas pertenecían a los señores: Juan y Moisés Navajas, José Zamora, Juan de Dios Trigo, Ludovina Navajas, Carlos Blacutt y otros comerciantes que no lucraban con este accesorio de sastrería, más al contrario, eran objetos que se expendían a muy bajo costo.

“El burgomaestre, don Isaac Attie, abanderado por su laboriosidad, voluntad y entrega a Tarija, contribuyó en gran medida al desarrollo urbanístico y arquitectónico de la ciudad, así lo testimonian sus obras, es digno ponderar su grande amor que le profesó a la tierra chapaca. Entre otras labores que le tocó desempeñar estuvo la de colaborar para que pudiera crecer la Fiesta de Santa Anita, dispuso que se dieran las mejores condiciones para la celebración de los festejos anuales; lo había hecho antes y lo hacía en momentos cuando la patria se debatía en una guerra injusta con el Paraguay”.

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