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martes, 28 / junio / 2022

La difícil vida de Isabel II como madre: 70 años de un reinado indiscutible que ensombreció la relación con sus hijos

Si de algo no dudan los británicos es que Isabel II es una gran monarca. Seguramente si algún curioso les pregunta si la aman/respetan como reina la mayoría contestará con un rotundo sí, pero si la pregunta muta a si la elegirían como madre, quizá el “sí” cambie por un “no sabe no contesta”. Repasando un poco su vida la conclusión podría ser que como madre fue una gran reina. El mismo Carlos dio una pista de esto cuando en un documental por los 60 años del reinado de su progenitora afirmó sin titubear: “El jubileo de Diamante nos da la oportunidad de celebrar con orgullo todo lo que la Reina significa para nosotros, ya sea como nación o como uno de sus hijos”. Sus palabras dejaron bien claro que, al menos él, siempre se sintió más súbdito que hijo.

Isabel tuvo cuatro hijos: Carlos, Ana, Andrés y Eduardo. Con cada uno de ellos, como casi todas las madres, estableció un vínculo distinto y único, pero como pocas madres su “trabajo” muchas veces ensombreció ese vínculo. Alcanza con un ejemplo. Isabel se casó enamorada de Felipe pero que como reina aceptó/impulsó que su primogénito se casara por obligación con Lady Di, una muchacha dulce y sumisa que con el tiempo sería amada por su pueblo pero jamás por su marido.

Carlos, el malquerido

El 14 de noviembre de 1948 en una habitación del palacio de Buckingham, nacía Charles Philip Arthur George, hijo mayor del duque Felipe de Edimburgo y en ese entonces, la princesa Isabel. La heredera al trono británico se había casado enamoradísima el año anterior. El primogénito era una muestra de ese amor y el tercero en la línea de sucesión al trono. Dos horas y media después del parto, Isabel aceptó resignada que se lo sacaran de sus brazos para ir a presentar al bebé ante tíos y abuelos sino ante los miembros de la Corte.

Cuatro semanas más tarde, Carlos fue bautizado con agua del río Jordán. Con solo 22 años, Isabel se sintió feliz con su rol de madre y no dudó en amamantar al bebé durante dos meses, pero se contagió de sarampión y tuvo que desistir.

En 1949 Felipe e Isabel se instalaron en Malta. Al año siguiente, Carlos recibió a Ana, su hermana. Todo parecía maravilloso. Tres años después el panorama había cambiado. Con la muerte temprana del rey Jorge, Isabel asumió el trono. Sus hijos todavía recuerdan que su madre “nos venía a bañar con la corona puesta para practicar. Era muy divertido”. La coronación fue el 2 de junio de 1953 en la Abadía de Westminster.

Las obligaciones de reina se impusieron a las de madre; Isabel como jefa de la Mancomunidad de las Naciones comenzó largas giras. Dejó a sus hijos al cuidado de institutrices y partió. Al volver de su primera travesía y luego de seis meses no ver a su mamá, Carlos intentó escapar de su niñera para saludarla pero ella con un seco ademán le indicó que esperara su turno.

De los primeros ocho cumpleaños que Carlos festejó, sus padres solo estuvieron presentes en dos. Ante otras personas el hijo solo podía dirigirse a su madre con un“Su Majestad”. Alguna vez Diana aseguró que lo único que Carlos aprendió sobre el amor de parte de sus padres fue “a estrechar las manos”.

En tiempos donde la fortaleza física y la habilidad para los deportes eran sinónimo de hombría, Carlos carecía de ambas. El primogénito prefería un buen libro, la poesía y el teatro, algo que enfurecía/frustraba a su padre que lo trataba con dureza y sarcasmo ante el silencio de su madre. Isabel también aceptó que su hijo de 9 años fuera pupilo al colegio Cheam lo que lo convirtió en el primer heredero educado fuera del Palacio, pero también lo obligó a comunicarse con sus padres por carta y compartir con ellos solo el período de vacaciones.

En 1957, el hijo se enfermó o quizá somatizó su tristeza. Fue internado para una amigdalectomía y contrajo gripe asiática. Sus padres no lo visitaron porque estaban de gira real por Canadá. Eso sí, le enviaron una carta de despedida. Tres años después se enfermó de sarampión y también la transitó en soledad. Sus padres estaban de gira por la India.

Isabel también aceptó cuando Felipe decidió inscribir a Carlos en Gordonstoun, un estricto instituto que el heredero vivió como “una prisión”. La palabra bullyng no existía y el maltrato escolar se consideraba parte de la vida. Sus compañeros pronto olvidaron que sería su rey, se burlaban de sus orejas y de su falta de habilidad deportiva. Carlos escribía cartas semanales a su familia pero nadie lo ayudó.

A los 17 años, Isabel anotó a su hijo en la escuela Geelong Church of England. El detalle es que quedaba en Australia. En los seis meses que duró su estadía, Carlos participó en 50 compromisos oficiales y logró vencer su timidez para interactuar con la gente. Al volver al Reino Unido volvió a ser el muchacho tímido e introvertido.

En 1980, Carlos comenzó su noviazgo con Lady Diana Spencer. A Isabel la candidata le parecía “encantadora y apropiada”. Apoyó la boda pese a que seguramente sabía que su hijo estaba enamorado de otra mujer. Cuando comenzaron los problemas matrimoniales, según Diana le contó al biógrafo Andrew Morton, durante una conversación con la reina, “me indicó que la razón por la que nuestro matrimonio se había ido a pique era porque el príncipe Carlos lo estaba pasando muy mal con mi bulimia”. Del matrimonio sin amor nadie dijo nada.

Los problemas matrimoniales empeoraron y el escándalo ya no se pudo ocultar, la reina se cansó y el 12 de julio de 1996, su oficina de prensa anunció la disolución “amistosa” del matrimonio entre Carlos de Inglaterra y Diana de Gales.

Durante años, Isabel se negó a aprobar la relación de su hijo con Camilla Parker Bowles, su gran amor. Según versiones la acusaba de “ser una mujer malvada”, de haber arruinado el matrimonio del heredero y le vedó la entrada al Palacio. No importaba la felicidad del hijo, la Corona había sido humillada. Cuando su hijo cumplió 50 años, la reina no fue al festejo porque estaba Camilla.

En 2005 Carlos se casó con la mujer que amaba, pero Isabel pegó el faltazo a la ceremonia. Tuvieron que pasar dos años para que reina y nueva nuera protagonizaran un primer acto público juntas.

Como reina Isabel logró el récord de permanencia en el trono; como heredero al trono, Carlos es el miembro de la monarquía británica que llevó la espera más larga. En 2004, Carlos se animó a decir “Nadie sabe lo infernal que es ser el príncipe de Gales”. Hoy Carlos sabe que si accede al trono su corto reinado no hará historia. Según dicen, no le importa. Aprendió a vivir el presente y a aceptar su rol más de súbdito que de hijo.

Ana, la compinche

Anne Elizabeth Alice Louise nació el 15 de agosto de 1950. Como Carlos pasó su infancia entre niñeras y sin ver mucho a su mamá, pero a diferencia de su hermano mayor, ella siempre mostró un carácter alegre y decidido. Si su padre hacia un comentario sarcástico, lejos de intimidarse le retrucaba.

Con su madre pronto la unieron dos cosas: su amor por los caballos y el sentido del deber. Experta jineta, Ana fue el primer miembro de la monarquía en competir en los Juegos Olímpicos, en 1976. También se la considera “la más trabajadora de la familia real” ya que suele asistir a 500 compromisos públicos al año. Lejos de victimizarse ella responde con humor bien british que solo lo hace porque “no le gusta estar mucho en Londres” para luego aclarar al mejor estilo de su madre que “cualquier royal debería sentirse honrado de que una institución los invite a lo que sea” y que la irrita “no hacer las cosas como es debido”.

Otro rasgo que une a madre e hija es que ninguna es una “fashion victim”, al contrario no se dejan llevar por modas. Ana es una pionera de la moda sostenible y reutiliza prendas que llevó hace más de 35 años. “Si está hecho correctamente y tiene un aspecto clásico, puedo usarlo hasta el infinito. La austeridad fue parte de mi crianza”, expresó alguna vez. Dicen que Isabel suele pedirle consejos a su hija sobre ropa ya que la princesa es experta en modernizar su vestuario sin romper las reglas del protocolo.

Ana vivió amores apasionados. Richard Meade era un deportista bastante mayor que la princesa comenzaron un romance, pero la reina desaprobó su relación y, finalmente, se separaron. En 1973, se casó con Mark Pillips. Cuando nacieron sus hijos (Peter y Zara) la reina aceptó que su hija rechazara el ofrecimiento de darles un título real para criarlos sin la presión nobiliaria. Isabel también aceptó el divorcio de su hija sobre todo al saber que Mark tenía una hija extramatrimonial y no se opuso a su nuevo matrimonio con Tim Laurence.

En plena pandemia fue Ana con 69 años que le enseñó a su madre de 94 a realizar videollamadas demostrando que a diferencia de su hermano mayor se siente más hija que súbdita.

Andrés, el favorito

El 19 de febrero de 1960, doce años después del nacimiento de su primogénito, Isabel volvía a ser madre, pero esta vez todo era distinto. No solo porque ya estaba más experimentada, como monarca también y sobre todo porque la crisis matrimonial por las infidelidades de Felipe quedaba atrás. Su felicidad era plena y ese bebé una bendición, así se lo expresó a su primo: “El bebé es adorable… en general, todos lo vamos a consentir terriblemente, estoy segura

Sin la obligación de las largas y protocolares giras por los países de la Commonwealth, Isabel disfrutó de la crianza de Andrés. Le contaba cuentos a la noche, le enseñó el abecedario y la hora. Andrés como su hermano también fue alumno pupilo, pero su mamá solía asistir a los torneos escolares o lo visitaba entre semana.

Como Carlos, Andrés fue enviado a la escuela Gordonstoun. Allí no fue popular entre sus compañeros, quienes lo describieron como “soberbio” y “cabeza dura”. Solía molestar a todos y uno de sus pasatiempos era patear perros o caballos, algo que Isabel toleraba.

En 1978, Andrés ingresó en la Marina Real Británica. Cuatro años después participó de la guerra de Malvinas como piloto de helicópteros. Al terminar el conflicto, Andrés volvió convertido en un héroe para los británicos. Como monarca, Isabel estaba orgullosa de su súbdito; como madre estaba aliviada con el regreso del hijo. Según asegura el biógrafo Andrew Morton desde ese día: “A donde quiera que va, todavía sigue llevando en su bolso una foto del príncipe Andrés del día que regresó de la guerra”.

En 1986, el príncipe Andrés se casó con Sarah Ferguson, pero su matrimonio fue un fracaso y en 1992 se divorciaron. Poco a poco, el príncipe héroe se convirtió en el príncipe desastre. Se supo de su nulo apego a las tareas protocolares, sus malos modos con las personas que trabajaban con él, sus gastos extravagantes y su amistad con traficantes de armas y dictadores. Isabel toleraba todo, pero si uno de esos amigos es Jeffrey Epstein, quien estaba preso por violación y tráfico de menores, la cosa cambia. Una cosa es que tu hijo favorito sea un carismático “cabeza hueca” y otra muy distinta es que sea acusado de abusos sexuales.

La reina intervino y obligó al príncipe a retirarse de la vida pública, pero dos días después la madre no dudó en salir a montar a caballo con su hijo por el castillo de Windsor y dejarse fotografiar. Un gesto que pareció confirmar que Andrés seguirá ocupando su rol de favorito haga lo que haga y pese a quien le pese.

Eduardo, el desapercibido

El cuarto y último hijo de la reina Isabel nació el 10 de marzo de 1964. Sin la presión de ser el heredero, la única niña o el preferido desde chico aprendió que no sería el foco de atención de su madre. Lo supo la vez que en su cumpleaños desayunó con su mamá y ella no le dio un regalo, ni lo felicitó porque no recordaba la fecha. Cuando un ayudante le advirtió de su descuido, Isabel solo le telefoneó “apresuradamente” y le hizo llegar un regalo.

Según la biógrafa Ingrid Seward, el príncipe Eduardo creció en el palacio de Buckingham sintiéndose “solo y desplazado” por sus otros hermanos. No solo era el menor de la familia también ostenta un título menor. Carlos y Ana son príncipes, Andrés es duque y él apenas conde. Como sus hermanos varones entró a la Marina Real pero abandonó en mitad de la instrucción, algo que desilusionó a su madre. Inició una carrera como productor televisivo lo que no solo enojó a la reina sino a toda la familia.

Desde 1999 está casado con Sofía Rhys Jones que salvo por su parecido físico con Lady Di no le acarreó ningún otro disgusto a la monarca. Por opción o por descarte, Sofía se convirtió en su nuera favorita. La reina aprecia su discreción, su trabajo en 70 organizaciones benéficas y por supuesto, su amor por los caballos. Una muestra de su cariño la dio cuando Sofía tuvo un parto complicadísimo, Isabel desobedeció protocolos y fue al hospital a visitarla.

Cuando Eduardo cumplió 55 años, Isabel le hizo un regalo muy especial. Le concedió el título nobiliario de Conde de Forfar además del que ya poseía como Conde de Wessex. No sabemos si era lo que quería pero siempre es mejor una reina que te regala un título de conde que una madre que se olvida de tu cumpleaños.

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