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martes, 28 / junio / 2022

TURBULENCIA Y CONSTANCIA DE LA HISTORIA

por: Max Murillo Mendoza

Benedicto o Baruch Spinoza, uno de los  filósofos políticos de la temprana edad moderna allá en la Holanda del siglo XVII, fue el padre del método crítico histórico para el estudio de la Biblia, y de otros textos que en aquella época ya eran considerados sagrados en el sentido totalitario, es decir intocables. 

A partir de esos trabajos, Spinoza construyó el fundamento metodológico sobre el cual más tarde levantaría la crítica histórica. En sus aportes se examinan los trasfondos políticos de la crítica bíblica, colocando así la obra de Spinoza en su contexto socio-histórico. La Guerra de los treinta años y la agitación política en la República holandesa proveen el trasfondo próximo de la teoría política de Spinoza, por lo que sus obras estuvieron prohibidas no sólo por la iglesia sino por el poder político también. Felizmente se hizo justicia, cuando en los siglos posteriores se difundieron y  se recuperaron dichos aportes, como ejemplos del ejercicio crítico en las ideas y la intelectualidad. 

Pues sí, la gran ausente del siglo XXI es la crítica. Aquella que fue necesaria en todas las épocas y gracias a ella se produjo avances importantes, en las ciencias y las ideas. La crítica que produce miedo en las mentes escolásticas y poco productivas, de todas las ideologías cuando estas se hacen biblias (en el sentido cerrado y totalitario) y verdades absolutas: repetitivas y ciegas.  

De estos peligros aquel gran filósofo de origen español, Spinoza, ya alertaba en el siglo XVII pues sus libros fueron condenados y prohibidos, simplemente porque reflexionaban críticamente contra las ideas religiosas y políticas de su época. Hoy las condenas a las ideas críticas, son constantes y es el sello de la ausencia de propuestas nuevas precisamente en la política, en las ciencias y el devenir de la historia.  

En aquella Europa de la modernidad campante, tenemos teatros de operaciones guerreras desde hace siglos como el lenguaje más constante en la resolución de sus problemas. De sus diferencias sean estas culturales o políticas. Los europeos no terminan de entender que no son el centro del universo, sino sólo una parte por cierto importante. Y que existen otras partes en el universo importantes, por su naturaleza y características distintas.  

Las mentalidades guerreras sólo confirman las certezas de la ausencia de crítica. Ignorancia suprema aún se trate de supuestas culturas modernas. Esa repetición de constantes en la historia europea son por demás preocupantes. Dijimos varias veces: aquel pueblo alemán considerado como el más educado y culto, civilizado y moderno, demostró en la segunda guerra mundial que al mismo tiempo era el más salvaje y brutal, con los campos de exterminio masivo de judíos y otras nacionalidades. Todo el poder del conocimiento al servicio de la maldad más aberrante. 

Pero por estos lados del mundo, las cosas no son muy distintas. Los contextos sociales son distintos. Los coletazos de la pandemia simplemente han sido terribles y mortales: muerte por todos lados, crisis económica galopante, ausencia de trabajo e incertidumbre total sobre el presente y futuro de nuestros países. Eso ha provocado crecimiento de la violencia familiar, social, callejera y política.  

Otra vez, en estos tiempos sin crítica, son los jóvenes los que llevan la peor parte. Además de la explosión de las enfermedades mentales, fruto de la brutal pandemia, son los jóvenes quiénes han recibido con furia la peor parte. No sabemos los alcances de estas enfermedades; pero son terribles. El corte de los sistemas educativos y su profunda crisis, ha sido otro ingrediente de la violencia estructural contra los jóvenes. Por tanto su presente es sombrío y su futuro no existe, sino en los tontos discursos de ocasión. 

Estos tipos de violencia estructural, no están siendo atendidos con prontitud por la ausencia de información científica. No somos precisamente el país acostumbrado a la información científica sino solo discursiva y totalmente ideológica, es decir absolutamente relativa y poco objetiva. Nos movemos en un mar de suposiciones acríticas, con opiniones personales sin bases y sin contenidos informativos científicos. En definitiva, nuestras violencias devienen de historias desde hace siglos. Por eso son estructurales e históricas. Históricamente sin crítica política y científica. 

El siglo XXI está siendo el siglo de las turbulencias históricas más cavernarias posibles. Las mentalidades guerreras e ignorantes son las que llevan la batuta de la historia. Los discursos lo ponen los mediocres y vividores de la política. La ausencia de crítica  en el cotidiano de la convivencia social, se ha hecho religión. Las masas sólo consumen internet y celular, ante la falta de crítica e información real y científica.  

Los países pobres como el nuestro sólo repiten los ecos de las tragedias del norte. Desde el siglo XVI no somos capaces de crear alternativas reales a las historias tradicionales. Las ideologías que se han importado desde aquellas realidades, no son han servido para nuestras necesidades. Es decir, nos sigue faltando el condimento crítico desde nuestras propias realidades, para saldar cuentas contra lo importado y poco productivo condimento en nuestras historias. 

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