Temor a un baño de sangre en Ucrania en medio de masivos bombardeos y pérdidas civiles

La ofensiva de Rusia en Ucrania, con bombardeos masivos y acusaciones de «crímenes de guerra», empieza a recordar las imágenes de las guerras siria o chechena y hace temer que se desencadene la temible apisonadora rusa.

Vuelven las imágenes de Grozny en Chechenia o de Alepo en Siria, estas dos emblemáticas ciudades aplastadas y reducidas a cenizas por los bombardeos rusos en 1999 y 2016, aunque los analistas recuerden que las situaciones y el contexto son distintos.

«Como si fuera otra vez Alepo», tuitea el especialista de Siria en el Middle East Institute, Charles Lister, ante las imágenes de Járkov bombardeada.

Varias otras ciudades como Jerson o Mariopol, en el sur, están sometidas a intensos bombardeos, y el presidente Volodimir Zelenski ha denunciado, como varias ONG y dirigentes occidentales, «crímenes de guerra» y acusa a Moscú de querer «borrar» a Ucrania.

A su vez, Vladimir Putin alega que Kiev perpetúa un «genocidio» en los territorios prorrusos del este del país.

Organizaciones como Amnistía internacional y  Human Rights Watch denuncian desde hace algunos días el empleo de armas como las bombas racimo (prohibidas por la convención de Oslo desde  2010) en zonas civiles, y denuncian «crímenes de guerra», basándose en fotos y videos.

«Los crímenes de guerra a escala industrial no son algo nuevo para Putin. Nunca se preocupó por las víctimas civiles cuando bombardeaba hace más de 20 años a los ciudadanos rusos de Chechenia o, años más tarde, los hospitales en Siria» se indigna el campeón de ajedrez ruso exilado, Garry Kasparov en Times Radio.

«Comenzó en Járkov. Ahora seguirán con el escenario checheno», se preocupa por su lado Alexandra Prys, portavoz de la embajada ucraniana en París

Inicio inusual

La ofensiva contra Ucrania, lanzada el 24 de febrero, empezó de manera inusual para la doctrina estratégica rusa, según  Elie Tenenbaum, del Instituto francés de relaciones internacionales.

Entonces Moscú «retuvo sus golpes» y evitó daños colaterales, usando «en los primeros días sus capacidades modernas, con bombardeos a distancia con sus misiles de crucero y balísticos Iskander», armas probadas en el «laboratorio sirio».

«Pero (…) se encontraron con la resistencia ucraniana» explica el investigador, constatando que el ejército ruso retornó a sus «fundamentos»: fuego de artillería y apoyo aéreo masivos.

«Su mayor potencia de fuego son las bombas no guiadas. Eso puede aplastar a las fuerzas ucranianas, y provocar gran número de víctimas civiles. Las cosas pueden degenerar en lo peor y más brutal y violento de lo que es la guerra» augura.

Los rusos «¿irán hasta los extremos que utilizaron en Alepo o Grozny? No creo que haya una reticencia particular en el seno del Estado mayor ruso en provocar víctimas civiles, pero ya es otra cosa si hablamos de los soldados, que tienen una proximidad con la población ucraniana y pueden interrogarse sobre la legitimidad» de la invasión, opina Tenenbaum.

«Ucrania, para los rusos, no es como Siria, es mucho más complicado para ellos lanzar ahí bombas, es una población cercana, algunos son familiares. Es por eso que Putin los trata de nazis, porque los rusos no perciben como enemigos a los ucranianos» analiza un diplomático europeo.

Los paralelismos con Chechenia –Grozny fue devastada en la segunda guerra (1999-2009)– y con Siria  –donde la aviación rusa intervino masivamnete para salvar a su aliado Bashar Al Asad ante la rebelión– deben ser matizados, subraya el investigador.

«En Chechenia, Rusia estaba en su territorio, y su ejército no tenía nada que ver con lo que es hoy, profesionalizado en un 50%. En Siria, el contingente terrestre ruso fue muy limitado, y en el terreno eran las fuerzas sirias, el Hezbolá o las milicias la carne de cañón» recuerda.

En cambio, en Ucrania hay decenas de miles de soldados rusos implicados, y el adversario ucraniano dispone de medios y de un masivo apoyo internacional, lo que no era el caso en Chechenia o en Siria./afp