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viernes, 20 / mayo / 2022

Eva Braun: enamorada de Hitler y amante ignorada, eligió morir con él en el búnker

Compartió hasta el final, el suicidio, el destino de Adolf Hitler, destino sin virtud por otro lado. Su decisión, ni siquiera tuvo la épica de la heroína o el rasgo del amor, sino el sello de la sumisión y el delirio. Eva Braun no fue la Julieta shakespereana que, ante la muerte de Romeo, recurre a la daga. Por el contrario, aceptó siempre ser una figura secundaria en aquel escenario decadente del nazismo; se conformó con la extraña manera de amar del Führer, con sus desplantes, sus traiciones, su pasión indescifrable entre el amor y la muerte.

Ni siquiera tuvo Eva Braun la fascinación del enigma: era una mente simple y llana en un mundo complejo que le era ajeno, incomprensible y misterioso. Con dos intentos de suicidio a cuestas, se mató junto a Hitler a los treinta y tres años porque no tenía otro camino: lo había elegido en su primera juventud con el alma de un culebrón y no con el estoicismo de los griegos. Hasta la historia le fue infiel. Se casó con Hitler un día antes de matarse y pidió a quienes le rodeaban que la llamaran así, “señora de Hitler”. Pero el futuro la dejó en Eva Braun. Una desdichada.

Si su corta vida hoy se quita del hombro el polvo de la historia, es porque nació hace ciento diez años en Múnich, una de las capitales del nazismo, el 6 de febrero de 1912 y como Eva Anna Paula Braun. Era hija de un maestro de escuela y la hermana del medio de Franziska y de Margarete “Gretl”, que seguiría sus pasos en una alianza sentimental con la jerarquía nazi. Cuando tenía nueve años, sus padres se separaron y volvieron a casarse al año siguiente, por razones económicas, acosados ambos por la catastrófica economía de la República de Weimar, en la que un sello postal costaba un millón de marcos, y los alemanes empapelaban sus cuartos con aquellos papeles inservibles, o los usaban como alimento de las estufas invernales.

Se educó en el liceo católico de Múnich y más tarde en la escuela de comercio de las Hermanas Inglesas de Simbach am Inn, en Baviera, que es hoy un centro turístico vecino a Austria. Fue una estudiante más, sin altas calificaciones, ni bajas,famosa en cambio por su talento para el atletismo, una actividad que jamás dejó de lado. A los diecisiete años, Eva consiguió trabajo en el estudio fotográfico de Heinrich Hoffman: era la chica de los mandados, sólo que Hoffman no era un profesional más, sino el fotógrafo oficial del Partido Nazi. Tuvo la habilidad de aprender algunas de las virtudes de la profesión y de chica de la limpieza y dependiente pasó a trabajar como fotógrafa. Fue en ese estudio donde, en 1929, conoció a Hitler. La leyenda dice que se lo presentaron como “Herr Wolff – “Señor Lobo”, y que ella no lo reconoció, pese a que por esas fechas Hitler preparaba su asalto al poder: hacía seis años que había intentado tomar el poder a través de un golpe de Estado, había ido a parar a la cárcel, había escrito “Mein Kampf – Mi lucha” y era la cabeza del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. La leyenda también dice que ella fue a comprar cerveza y pastel de carne bávaro para el invitado, pese a que Hitler era vegetariano y no bebía alcohol, le deseó buen apetito y él quedó prendado de las piernas de la chica.

Eva era rubia, usaba pelo corto, tenía ojos azules, aspecto nórdico y una sonrisa siempre lista,casi un ejemplo de la raza aria a la que Hitler quería perpetuar como dominadora del mundo; pero eludía el compromiso de la mujer alemana con el ideal nazi: no quería tener hijos, vestía a la moda, se maquillaba, fumaba, un desafío para la época, le gustaban las fiestas, el jazz, el champán y los viajes. Todo eso latía detrás de una personalidad tímida, o de estudiada entereza. No la tenía. Pero la hija de Hoffman y su marido, Baldur von Sirach, la llamaron una vez“la chica más hermosa de Múnich”.

A la chica más hermosa de Múnich, que aquel día tenía diecisiete años, le tuvieron que explicar quién era el señor Wolff a quien le había deseado buen apetito. “Pero, ¿ni siquiera ves las fotos que tomamos¨? ¿No te diste cuenta quién es? Es Hitler, nuestro Adolf Hitler”. Tiempo después, Hoffman admitiría: “Ella era una cosita atractiva en quien, y a pesar de su perspectiva intrascendente y de su cerebro como una pluma, Hitler encontró en ella la relajación y el reposo que buscaba”.

Hitler no se portó como un señor reposado. Pese a la diferencia de edad, él tenía cuarenta, se ofreció a llevarla a su casa en su Mercedes Benz, invitación que ella eludió, pero de la que tomó nota. Para Hoffman, todo no iría más allá de una aventura; “Nunca, ni en su voz, ni en una mirada o en un gesto, Hitler se comportó de manera tal que sugiriera un interés profundo en ella”. Empezaron a verse más seguido entre 1930 y 1931.

Para entonces, con su carrera política en veloz ascenso, el partido nazi en las calles para imponer a palos sus ideas con la fuerza de choque de las SA, los camisas pardas, Hitler estabaenvuelto en un escándalo secreto que le podía costar la carrera: estaba enamorado con locura de su media sobrina, Geli Raubal. La relación había empezado en 1924, cuando Hitler tenía treinta y cinco años y Geli dieciséis. Vivían juntos en un departamento de Múnich, el refugio del Führer cuando no estaba de viaje. Era una relación tormentosa, cercada por los celos de Hitler y las ansias de independencia de Geli. ¿Pensó ella en dejarlo? Quiso viajar a Viena y Hitler se lo prohibió. El 18 de septiembre de 1931, Hitler ya conocía a Eva Braun, ambos discutieron con dureza y Hitler se fue con un portazo del departamento y encaró un corto viaje hacia el centro de la ciudad. Eso dice la historia oficial. La muchacha, de 23 años, se pegó un balazo con la pistola de Hitler.

La muerte de Geli Raubal cambió el carácter y la vida del entonces líder alemán. Hermann Göring, fundador del partido nazi, que sería más tarde comandante de la fuerza aérea del Reich, dijo quedespués de la muerte de Raubal: “Hitler perdió la última gota de humanidad que le quedaba”, que ya es decir algo. El Führer diría con los años que Geli fue la única mujer que había amado en su vida.

La que era una relación paralela tornó en unilateral: Eva Braun pasó a ser la pareja oficial de Hitler, que la mantuvo siempre oculta por una razón de propaganda, sostenida por el artífice de la publicidad nazi, Joseph Goebbels. Según esos designios, Hitler tenía un solo amor, una sola novia, una sola esposa: Alemania. Eva aceptó su papel secundario tal vez con alegría, pero seguro que con resignación. En 1932 su hermana menor, Gretl, se unió al estudio del fotógrafo Hoffman.

La relación Hitler-Braun fue complicada. Y, cuando no lo era, alguno de los dos la complicaba. Los constantes viajes del Führer la hicieron sentir abandonada, dejada de lado, olvidada. Hitler no era un tipo demostrativo, para decirlo de modo simple. Casi no hay fotos que muestren algún gesto de ternura entre ambos, ni siquiera cuando Eva se convirtió en su amante oficial.

El 10 de agosto de 1932 Eva se pegó un tiro en el pecho con la pistola de su padre. Falló, o quiso fallar: es más fácil acertar un tiro en el pecho que errar el blanco. El intento obró como un llamado de atención para Hitler: el suicidio de Raubal había sido tapado con velocidad y prudencia y sólo había habido un amago de escándalo. Pero un nuevo suicidio, de otra de las novias del líder, podía hacer caer las aspiraciones de Hitler, que sólo cinco meses más tarde se convertiría en canciller del Reich. Como fuere, Hitler entendió el mensaje enseguida. Tras la recuperación de Eva, y a fines de ese mismo año, ya eran amantes oficiales.

Cuando Hitler vivía en Múnich, algo que no sucedía muy seguido, ambos vivían en el departamento de él y, a menudo, como fotógrafa de Hoffman, Eva podía viajar en el séquito de Hitler. Pero no era una chica feliz. En 1935 inició un diario, o continuó otro del que no han quedado rastros, en el que muestra su descontento, su soledad, acaso su hastío, su desesperanza y, de nuevo, sus deseos suicidas. Uno de los fragmentos de ese diario dice: “El tiempo es delicioso y yo, la amante del hombre más grande de Alemania y del mundo, tengo que quedarme sentada en casa, mirando por la ventana. ¡Dios mío, si al menos él me respondiera! ¡Una sola palabra, en tres meses de ausencia! No hay esperanzas, ¿si alguien viniera a ayudarme!”.

Exageraba. En 1935 Braun tomó parte por primera vez de un congreso del partido nazi, en Núremberg, como parte del equipo del fotógrafo Hoffman. Allí estaba también la medio hermana de Hitler, Angela Raubal, la mamá de Geli, la chica que se había matado a los 23 años después de discutir con Hitler, que era su amante. Angela repudió la presencia en el congreso de la nueva amante del Führer y, pocos días después, fue despedida de su puesto: era ama de llaves de la residencia de Berghof, el famoso “Nido del Águila” alpino de Hitler, cerca de Berchtesgaden. No es posible saber si la aversión hacia Eva Braun fue la causa de su desgracia, pero desde ese instante, Eva Braun fue vista como intocable por el entorno de Hitler.

Otros fragmentos reveladores del diario de Eva Braun, del que sobrevivieron veintidós páginas, dicen: “11 de Marzo de 1935. Sólo quiero una cosa. Me gustaría estar gravemente enferma, y no saber nada de él al menos durante una semana. ¿Por qué no me pasa algo? ¿Por qué tengo que pasar por todo esto? ¡Si nunca me hubiera fijado en él! Soy muy desdichada. Saldré y compraré más polvos para el sueño y entraré en un estado como de medio sueño, y luego no pensaré más en ello (…) 6 de Marzo de 1935. Se ha ido a Berlín otra vez. Si simplemente no me volviera loca cuando él me ve tan poco… Después de todo, es obvio que no está realmente interesado en mí cuando tiene muchas cosas que hacer en política (…) 28 de Mayo de 1935. Acabo de mandarle la carta crucial. Pregunta: ¿Le dará alguna importancia? Veremos. Si no obtengo una respuesta antes de esta tarde, tomaré 25 píldoras y gentilmente caeré dormida en el otro mundo. Me ha dicho frecuentemente que está locamente enamorado de mí, pero ¿qué significa eso si no he tenido una buena palabra suya en tres meses?(…)”.

Eva tomó las veinticinco pastillas para dormir que, o no tuvieron a bien matarla, o fue rescatada a tiempo por los médicos. Hitler volvió a captar el mensaje. En agosto cedió a Eva y a su hermana Gretl un departamento de tres habitaciones en Múnich. En 1936, Eva empezó a acompañar a Hitler al “Nido del Águila”: tenía un departamento privado en la cancillería del Reich en Berlín, diseñada por el arquitecto Albert Speer.

Tal vez Hitler le prestara poca atención a Eva, hay que tener en cuenta que en esos días el Führer pensaba cómo dominar el mundo, cómo extender las fronteras del Reich hasta los confines de la URSS, cómo dominar a Inglaterra, cómo hacer prevalecer la raza aria, pura, por sobre cualquier otra raza y cómo eliminar a todos los judíos de Europa, unas once millones de personas. Pese a todo, dijo a su fiel asistente militar Heinz Linge, un joven SS de treinta y dos años: “Esta mujer vino a mí en un momento en que todos los demás me dejaban. No puedes creer lo que significó para mí”. Hitler fue más específico con el joven Linge y le dio a entender cuál era su futuro soñado: un Reich triunfante y él, el gran alemán, en un tranquilo y heroico retiro: “La señorita Braun es una chica muy joven, demasiado joven, para ser la esposa de un hombre de mi posición. Pero es mi chica, y por eso vivimos de esta manera. Pero un día, cuando deje de dirigir el Reich y me retire a Linz, a una casa con el servicio justo, me casaré con fraulein Braun”.

La vida sexual de la pareja es otro de los misterios de su tormentosa relación. En 1943, ya en plena guerra, Eva fue a ver al arquitecto Speer, con lágrimas en los ojos. “El Führer me ha dicho que me busque a otro. ¡Pues reconoce que ya no es capaz de cumplir como un hombre!”. Eva también vio al médico personal de Hitler, Theodore Morell que siempre dijo que la sexualidad de Hitler había sido normal. En su libro “The untold Story of Eva Braun – La historia no contada de Eva Braun”, Thomas Ludmark, profesor de la Universidad de Hull, Inglaterra, afirma que Hitler y Eva nunca tuvieron relaciones sexuales porque ella padecía el “Síndrome Mayer – Rokitansky – Küster – Hauser (MRKH)”, una afección del sistema reproductivo que deriva en un estrecho, o corto, canal vaginal que convierte a las relaciones sexuales en insoportables por lo dolorosas. Afirma Ludmark que Eva fue operada por el destacado ginecólogo nazi, el doctor Gustav Scholten.

Por el contrario, Heike Görtemaker sostiene en su libro “Eva Braun – una vida con Hitler”, que la pareja llevó una vida sexual normal; sus amigos y familiares recordaron que, en 1938, luego de la firma del Pacto de Múnich por el que Alemania se hizo con una región de Checoslovaquia, un año antes de la Segunda Guerra, Eva vio una foto del entonces primer ministro británico Neville Chamberlain sentado en un sofá del piso de Hitler en Múnich.Sobre esa foto, Eva escribió: “Si supiera lo que ese sofá ha visto…”.

Pese a ser una figura intocable del séquito de Hitler, Eva nunca incursionó en política, se mantuvo al margen de las decisiones de la guerra y de la marcha de la economía alemana. Nunca fue miembro del partido nazi y sus intereses corrían junto al deporte, la música y el cine. Sólo en 1943, cuando la suerte de la guerra se inclinaba del lado aliado, Hitler impuso serias restricciones económicas en su imperio que empezaba a descascararse, limitaciones que incluían una posible prohibición de cosméticos y otros “lujos” destinado a las mujeres. Albert Speer cuenta en sus memorias que Eva se dirigió a Hitler “muy indignada por lo que implicaban esas medidas para las mujeres alemanas”. Hitler entonces instruyó a Speer, que además era ministro de Armamento del Reich, para que paralizara por un tiempo la producción de cosméticos, en lugar de ordenar su prohibición total.

Muchas de las imágenes de Hitler el “Nido del Águila”, fueron tomadas por Braun, que despuntó en aquellos días su vocación por la fotografía y el cine. Fue una primera dama que jamás ejerció como tal: Hitler se lo impidió. Sólo en Berghof era respetada, aunque no del todo. El círculo más íntimo del Führer no hacía comentarios sobre Eva, pero temían que cualquier desaire los hiciera caer en desgracia. La excepción la ejercían las mujeres de tres jerarcas nazis: Annelies von Ribbentrop, Emmy Göring y Magda Goebbels, que la desairaban siempre que podían, y podían siempre, pese a las protestas de Hitler.

Emmy Göring era en especial muy cruel. Antes de casarse con el mariscal jefe de la Lutwaffe, Emmy Sonnemann había sido actriz y famosa y se había convertido en una de las anfitrionas favoritas de Hitler antes de la guerra. Era a ella a quien se conocía como “la primera dama” del Reich y era Emmy quien peor trataba a Eva Braun, a quien veía como una arribista. Magda Goebbels también despreciaba a Eva, pero por otras razones: los historiadores sospechan que estaba enamorada en secreto de Hitler.

Finalmente, la mujer de Göring dejó de ser invitada al “Nido del Águila” y Eva nunca le ocultó a su diario íntimo su dolor por saberse una amante ignorada. Se consolaba con unas fiestas a las que invitaba a jóvenes oficiales nazis, que la adoraban y le devolvían cierta energía perdida. Por lo demás, se aburría bastante, cambiaba su vestuario hasta siete veces al día, según su prima Gertraud Weisker que pasó junto a Eva los últimos meses de 1944, cuando el Reich se derrumbaba.

También se bañaba desnuda en el lago Koenigssee, que era una forma de honrar los principios nazis de culto al cuerpo. Hitler aborrecía un poco esas prácticas como aborrecía también el maquillaje de Eva y que fumara.

El final del Reich la sorprendió junto a Hitler. El 3 de junio de 1944, cuando ya los rusos enfilaban sus tropas hacia Berlín y tres días antes del desembarco aliado en Normandía, su hermana, Gretl se casó con el general Hermann Fegelein, que era oficial de enlace entre el equipo íntimo de Hitler y el jefe de las SS, Heinrich Himmler. La ceremonia permitió presentar a Eva Braun en actos oficiales, pero como “cuñada de Fegelein”.

En los días finales del nazismo, cuando ya Hitler vivía encerrado en su búnker de la Cancillería y los rusos habían entrado en los barrios periféricos de Berlín, Himmler intentó llegar a un acuerdo con los aliados. Furioso, Hitler hizo fusilar a Fegelein en los jardines de la Cancillería. Ni siquiera fue un fusilamiento con el rigor de los actos militares: lo ametrallaron por la espalda el 28 de abril de 1945.

Hitler ya había decidido suicidarse, Eva había decidido seguirlo y los dos habían decidido casarse. Por alguna razón, en su testamento político Hitler creyó necesario dejar constancia de que la decisión de morir con él es exclusiva de Eva. También definió, con crudeza, su relación. Llamó a su secretaria, Traudl Junge y le dictó: “Al final de mi vida, he decidido casarme con la mujer que, después de muchos años de verdadera amistad, ha venido a esta ciudad por voluntad propia, cuando ya estaba casi completamente sitiada, para compartir mi destino. Es su deseo morir conmigo como mi esposa. Esto nos compensará por lo que ambos hemos perdido a causa de mi trabajo al servicio de mi pueblo”.

El 29 de abril, el búnker de Hitler, la Cancillería y sus terrenos vecinos son el símbolo de la tragedia. Los cañones soviéticos hacen temblar el edificio. Las tropas del mariscal Gueorgui Zhukov están a menos de quinientos metros de la sede del Reich. Al amanecer, Hitler y Eva son marido y mujer. Ella casi escribe en el acta su apellido de soltera, es la costumbre. Tacha la primorosa B que había escrito y estampa su nueva identidad: “Eva Hitler”. Ruega al círculo íntimo que la llamen “Señora Hitler”. Pero el círculo íntimo debate en esas horas cuál es la mejor manera de suicidarse, si con cianuro, o con pistola. En el bunker las SS, enfundadas en los negros uniformes diseño de Hugo Boss, reparten primorosas cápsulas de fino cristal con el veneno: sólo hay que partir el cristal con los dientes. En las afueras del bunker, en los jardines de la cancillería, oficiales de las SS y generales de la Wehrmacht, repletos de alcohol, se vuelan la cabeza o intentan huir hacia allá, hacia donde suponen que avanzan las tropas americanas: cualquier cosa antes de caer en manos de los soviéticos. El orgulloso Reich que iba a durar mil años, que desató la más sangrienta guerra que recuerde el mundo, se despedaza en una borrachera de veneno, pólvora y desesperación.

Al día siguiente, Hitler y Eva se suicidan. Antes almuerzan, como no, unas patéticas pastas con salsa de tomate. Después, cerca de las tres de la tarde, se encierran en la oficina del Führer. A las puertas quedan dos fieles: el edecán Linge y el joven oficial de las SS Otto Günsche. Hitler les ordenó quemar su cadáver y el de Eva en un pozo del jardín de la Cancillería: ni muerto quiere caer en manos rusas.

Después, él muerde una cápsula de cianuro y se pega un tiro en la cabeza. Ella no recurre ya a los “polvos para el sueño”, como en 1935. Esta vez va en serio. Parte con los dientes el cristal de su cianuro y muere con la cabeza apoyada sobre el hombro de Hitler.

Por fin, todos sus sueños se han cumplido. Y duraron menos de cuarenta horas.

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