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miércoles, 18 / mayo / 2022

CAMBIO Y CRISIS CLIMÁTICA COMO CRÍTICA A LA MODERNIDAD 

por:  Max Murillo Mendoza 

En los años 70 del anterior siglo ya era evidente el cambio climático; pero el mundo todavía estaba enamorado de la modernidad y sus supuestas virtudes. Capitalismo y socialismo buscaban a como dé lugar el progreso y desarrollo en sus zonas de influencia. Es decir, la industrialización era la panacea total como respuestas a las necesidades humanas. La competencia mundial era ser el país más industrializado posible, como consecuencia inmediata: ser el país más civilizado y desarrollado. Pues no había por donde perderse en la historia universal. Dichos protocolos del progreso y desarrollo eran las religiones que se tenían que implantar, para conseguir la tierra prometida en este planeta.  

Hoy dichas evidencias de los años 70, son más que fotografías que nos retratan la degradación total de la naturaleza, su lenta muerte y agonía ante la destructiva modernidad. Los resultados son elocuentes cuando las crisis climáticas simplemente nos adelantan lo que se viene: tornados destructivos, vientos huracanados, lluvias descontroladas e incluso terremotos. La desaparición de especies animales en los ríos, mares y selvas, como la desaparición de lagos naturales y nevados, son resultados de la modernidad humana y su modelo de desarrollo de acumulación de riqueza a toda costa. Pensamiento aún vigente, incrustado en todas las culturas e ideologías en competencia a lo largo del mundo.  

El modelo de desarrollo imperante ha succionado todo lo demás. En nuestro caso incluso a las ciencias sociales, como la historia, que siguiendo esos pasos es lo más tradicional que hay. Aun sus intenciones revolucionarias, que sólo siguen esas huellas inconscientes. Porque epistemológicamente nunca han propuesto temas de investigación realmente alternativos, al menos sospechas distintas a lo imperante. La ideología del progreso y desarrollo sigue siendo la religión más importante. Alrededor de ello se elucubran todo lo demás, sin hacer diferencias filosóficas ni siquiera en los planteamientos.   

En estos tiempos de incertidumbre mundial, los países ricos que tienen las patentes del modelo de desarrollo desde el siglo XVI, empiezan a vislumbrar caminos como la inteligencia artificial para buscar salidas a este bochorno  y agotamiento del modelo. Pues ya no hay respuestas a las preguntas más importantes de esta época. Sólo la inercia del engaño y los números macroeconómicos, como costumbres de calma psicológica.  

En esa línea también dibujan las posibilidades de viajes interestelares, como respuesta a las profundas crisis sistémicas. Pero, oh sorpresa, esa posibilidad sólo será para un pequeño puñado de ricos y elitistas de siempre, que en el fracaso ciertamente sueñan con abandonar el barco para ir a contaminar otros mundos. Y miles de millones de habitantes de este mundo, seguirán pagando los platos rotos del modelo de progreso y desarrollo, viviendo en el valle de lágrimas que precisamente han convertido a la vida con el tipo de economía vigente: de acumulación egoísta al infinito.  

Es cuestión de tiempo, de poco tiempo. Pero la humanidad no aprendió de sus experiencias, porque nunca hubo actitudes políticas realmente con espíritu humano, colectivo, para cambiar el ritmo destructivo del progreso. Los encuentros mundiales no sirven sino hay el empuje de la sociedad civil, porque los intereses corporativos son poderosos. Y la política no ha encontrado otras vías científicas para modificar sus acciones, es también la misma caja de resonancia del modelo desde el siglo XVI. Así, tenemos nomás el apocalipsis en las puertas de lo que se llama vida moderna.   

Los esfuerzos científicos de alternativa aún son débiles a lo largo del mundo. Ya existen desde todos los rincones; pero no tienen las fuerzas ni las aceptaciones necesarias, pues el modelo es una ideología poderosa que ha penetrado en las consciencias de incluso los más pobres: acumulación material y de riqueza a cualquier costa. Eso es destrucción cotidiana de la naturaleza y su entorno. Todo el mundo quiere poseer autitos, casitas, y terrenos, es decir seguir destruyendo a pasos agigantados el mundo. Esa ideología de la acumulación al infinito es muy poderosa y recorre contaminando con su poder a todas las culturas del mundo, a todas las ideologías y las costumbres.  

Ahora tenemos certezas absolutas de la destrucción total. Ya no hay dudas al respecto. Se trata de tomar consciencia sobre el presente y futuro. Se trata de cambiar las reglas de juego en las ciencias, en las tecnologías, en las teorías y las hipótesis para cambiar radicalmente los enfoques de las investigaciones. Quizás rebobinar totalmente lo hasta ahora hecho, y empezar de nuevo con la aventura de las ciencias. Porque todo tiene el enfoque de la acumulación de riqueza al infinito, que deviene desde el siglo XVI y nada ha cambiado.   

Ciertamente, como consuelo generalizado, no todo ha sido malo en la modernidad. La lista es larga; pero sus resultados y efectos más importantes son desastrosos y perversos para la humanidad. El deber de la especie humana es volver a recapacitar sobre el sentido de su existencia. Eso es reconocer sus errores, para volver a empezar un nuevo ciclo en la tierra, donde la vida no sea un valle de lágrimas, o un fracaso rotundo de la existencia humana.   

Y la historia deje de ser sólo lo teleológico y eco de la modernidad, sino la escritura de una nueva era, donde los pueblos por fin sean dueños de sus propios destinos, junto a la naturaleza y su profunda sabiduría.  

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