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jueves, 20 / enero / 2022

EL SIGLO XXI ARRASTRANDO MISERIAS DE LOS OTROS SIGLOS

por: Max Murillo Mendoza

La llegada del siglo XXI fue con la caída del muro de Berlín, y el inicio de la globalización: postmodernidad, neoliberalismo, culturalismos en auge y relativización de los conceptos universales de occidente. Siglo XXI que en nada tiene de tranquilidad, sino todo lo contrario. Pues la pandemia actual se debate en altos niveles mundiales, si el virus fue obra de algún laboratorio secreto; o si fue el salto del virus de un animal (murciélago) al humano, como defensa contra la destrucción de la naturaleza. En cualquier caso, el capitalismo está aprovechando para rebobinar su sistema, eliminar aquellos aspectos que ya no le sirven y fortalecer aquellos que le sirven, por ejemplo el control total de la humanidad en sus ciudades cibernéticas: transhumanismo.

Es cierto que occidente ha retrocedido. No es ya el centro del universo; aunque todavía tienen las patentes más importantes de la investigación y la ciencia: chips. El mundo ha girado a otros centros mundiales, como Asia en el comercio y las manufacturas y el despertar de África. Pero está por verse a donde nos lleva el devenir de la historia.

En Bolivia también se han producido acontecimientos importantes, que están moldeando de otras maneras el funcionamiento de las sociedades y sus culturas. Es un hecho constatado la invasión de la globalización: capitalismo salvaje. Lo cotidiano de nuestras ciudades es el desenvolvimiento de ese capitalismo individualista y brutal, que se expresa en los celulares y varios de los componentes de las nuevas tecnologías. Las nuevas generaciones, es decir los jóvenes no tienen los derechos consagrados de finales del siglo anterior. Se mueven en aguas agitadas de la sobrevivencia, del azar, de la inseguridad total y las modas de los gritos tecnológicos de la comunicación.

Existe enorme información circulando por el internet en Bolivia; pero paradójicamente la educación no tiene calidad. Seguimos nomás arrastrando la mediocridad profesional, universitaria y ni qué se diga de la educación secundaria. Con los lastres crónicos sin resolver las enfermedades de las normales rurales o citadinas, donde se reproduce bolivianamente la ausencia de calidad educativa, masificando la educación pero sin futuro y sin posibilidades de saltos cualitativos para las ciencias y las revoluciones científicas en Bolivia.

A pesar de los esfuerzos de los últimos tiempos; no encontramos sostenibilidad en la mayoría de los campos que se requiere, de las ciencias, del Estado, de la iniciativa privada, de la economía misma. Pues la pobreza y la miseria siguen siendo el argumento de lo cotidiano. Niños y mujeres siguen nomás en las calles de nuestras ciudades, mendigando lo que pueden para sobrevivir el día a día, por miles y miles a lo largo del país. Herencia de los anteriores siglos que no han variado en términos cuantitativos.

La ausencia de investigación estratégica, de intereses de Estado como suele ser en aquellos países donde las inversiones multimillonarias van precisamente a las investigaciones, en Bolivia no existe. Seguimos arrastrando esa costumbre casi innata de no utilizar las herramientas de las investigaciones, sean sociales y todo lo demás. Suponemos a partir de especulaciones y opiniones personales poco creíbles, sobre las condiciones de nuestras realidades. Ante la ausencia de investigaciones, las especulaciones personales o grupales son las consideraciones para el funcionamiento de casi todo en Bolivia. Por tanto, los resultados son nomás los que son desde los anteriores siglos.

Así sucesivamente, ya con más de veinte años de este siglo y nuevo milenio, seguimos nomás repitiendo los errores de los anteriores siglos, aun los avances políticos que hacemos pues vemos que no son nada suficientes. La inmensa pobreza de la mayoría de nuestras poblaciones, la inmensa ausencia de educación de calidad que condena a las nuevas generaciones al analfabetismo funcional estructural, la ausencia de consensos sociales que duren al menos 10 años en donde sea posible inversiones enormes, para empezar por fin a dar identidad en temas económicos al país. Y pues que también dichos consensos permitan investigaciones en el mediano y largo plazo en los temas estratégicos del país.

Estamos cerca del bicentenario, como fecha emblemática de la independencia; sin embargo, no sabemos realmente qué festejar. Las tontas horas cívicas repetirán como siempre las gloriosas palabras huecas, para seguir aburriendo a los niños y jóvenes por otro siglo más. Pero por ahora no hay nada que festejar en sentido de avances, de recordatorios que nos enorgullezcan de nuestra identidad, de nuestras conquistas económicas sostenibles, de nuestras ciencias y científicos, de nuestros intelectuales y pensadores que no existen hoy, en definitiva de nuestros avances en estos dos siglos de vida independiente. Si es que es así.

El siglo XXI corre inexorablemente, en medio de incertidumbres y dudas sobre el sentido de nuestra nacionalidad boliviana. Sumidos desde siempre en las miserias tercermundistas, en las miserias humanas de un país pobre económicamente, y varias de las veces pobre espiritualmente. Siempre insostenible, con el azar y la especulación como remedio a la mediocridad.

Las nuevas generaciones tienen todo que revisar, que reconstruir en sus tejidos sociales y colectivos. Pues construir institucionalidad y Estado es tarea de generaciones, en el caso boliviano tarea inconclusa que cuesta vidas y sigue condenando a los más pobres, a los desamparados de siempre. A los condenados de la tierra. Bolivia merece más que estos mitos de la tragedia. En fin.

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