LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN Y LA GLOBALIZACIÓN 

por: Max Murillo Mendoza 

Los inicios de los años 90 del anterior siglo, estuvieron marcadas por la caída del muro de Berlín que significó el derrumbe de los socialismos reales europeos. Eso mismo fue el inicio de la era de la globalización capitalista. Es decir, de la era de la imposición de los mercados capitalistas a todo el mundo. Entonces los llamados países centrales comandaban con el 90% del poder financiero mundial, pues eran los dueños de la globalización. Hoy apenas llegan al 25% del  mercado total. Las cosas han cambiado considerablemente, porque varios países que aquellos años eran aprendices del capitalismo, hoy son casi los dueños: China, Corea del Sur, Sudáfrica, Rusia, Turquía. También llamados emergentes como Brasil, que aprendieron de las mañas del capitalismo central y disputan el poder palmo a palmo. 

Por aquellos años, eran las izquierdas que se oponían a la globalización. Desde distintas vertientes y colores ideológicos a lo largo del mundo. Hoy quiénes se oponen a la globalización son más bien las derechas y ultraderechas, a la cabeza de Trump, que consideran a la globalización como antinacional, es decir que se roban las riquezas y la tecnología de los países centrales para llevar a otros lados del mundo. Con ese discurso simplista, por ejemplo Trump ganó la presidencia en los Estados Unidos. Paradojas de la historia. 

Pero los resultados de casi cuarenta años de globalización son la destrucción del medio ambiente, con la contaminación de mares, ríos, selvas, montañas y valles, lo que en definitiva es crecimiento de la pobreza. Pues a mayor riqueza de la globalización, no sólo se incrementaron los bolsones de pobreza, sino de miseria por todo el mundo. Incluso los Estados Unidos como centro del capitalismo tiene 53 millones de pobres, de marginales que viven en las calles sin ninguna protección de su sistema.  

Los globalizadores y teóricos del triunfo del capitalismo (Fukuyama), proclamaron por los años 90 la llegada de las buenas nuevas democráticas: liberalismo socializado como globalizado, para el bien de la humanidad. La muerte de los meta relatos: socialismo – capitalismo, dio lugar sin duda alguna a la relativización de la política y la ideología. Era el triunfo del postmodernismo. Los escenarios de las discusiones habían cambiado. Las nuevas generaciones como en Bolivia, empezaron a alimentarse de imaginarios supuestamente democráticos, lejos quedaban las apuestas por las revoluciones o cambios radicales. Ciertamente los escenarios empezaban a nutrirse por nuevos insumos e ideas postmodernas. 

Sin embargo, a estas alturas del partido se han agudizado los problemas sociales por todo el mundo. La miseria de nuestras calles latinoamericanas, no precisamente condice con las supuestas bondades del liberalismo. Si bien la macro economía ha crecido a lo largo del mundo, la micro economía sigue nomás en la pobreza extrema con miles de millones de pobres. Almas que no se han beneficiado de aquellas promesas y bondades de la globalización. Si a eso sumamos el crecimiento exponencial del narcotráfico, de las finanzas oscuras de los países capitalistas ricos, de la venta de armas, del tráfico de humanos en la prostitución o en la esclavitud laboral, simplemente quedamos pasmados por el fracaso mundial de la globalización. 

Hoy las dudas nos saltan al rostro, a lo largo del mundo constatamos la magnitud de los problemas. Ni siquiera los avances más espectaculares de las nuevas tecnologías y las ciencias, cubren de esperanzas en los miles de millones de pobres. En realidad dichos avances son un insulto a las necesidades primarias que siguen estando ausentes: alimentos, vivienda, trabajo y educación. Las herencias de la modernidad en este sentido se han destruido, se han esfumado hace tiempo. 

La caída del muro de Berlín fue uno de los acontecimientos centrales de la entrada al siglo XXI, definió precisamente lo que será la globalización. Pero definitivamente, estos terremotos históricos no han cambiado en mucho la vida cotidiana de miles de millones de pobres, que con las consecuencias del cambio climático, es decir con la aceleración de la industrialización del mundo que es la destrucción de selvas, bosques, contaminación de ríos, mares y lagos, simplemente se acelera el apocalipsis de cientos de miles de miserables, de pobres como resultados de los experimentos ideológicos e industriales.  

El mundo globalizado con la modernidad; luego con la postmodernidad, sólo ha favorecido a un pequeño puñado de familias y grupos de élite mundiales. Las migajas de la mesa del disfrute moderno y postmoderno, no han llegado siquiera a las periferias industriales de los países centrales. Por tanto, es urgente pensar en alternativas reales y desde todo punto de vista más humanos, en alternativas económicas que lleven por fin algo de esperanza a las mayorías mundiales.  

Como anécdota, estos elementos importantes como hechos históricos, no están reflexionados ni por asomo por la historiografía boliviana, sumida desde siempre en  una crónica crisis famélica y desnutrida intelectualmente. Sólo acudiendo a coyunturales desenlaces periféricos, como sobrevivencia económica o moda discursiva ideológica pequeño burguesa. El fenómeno de la globalización, fueron  elementos que han definido épocas y situaciones considerablemente influyentes en Bolivia;  pero esa es la dura realidad de la historiografía boliviana. No podemos pedirles mucho. Ni modo. 

La pandemia está cerrando un ciclo de la historia global humana.  Y está abriendo otro totalmente distinto. Desde el sur es una oportunidad para ofrecer alternativas de vida, como experiencias de resistencia a la contaminación mundial y de ciertas formas de organización, desde los recuerdos de los Estados prehispánicos. De aquellas lógicas que funcionaron bien; no de las experiencias imperiales de conquistas y muertes. 

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