TRANSHUMANISMO O NUEVA FORMA DEL CAPITALISMO

por: Max Murillo Mendoza

Los países capitalistas están por la cuarta y quinta revolución industrial. Nosotros no entramos ni a la primera: fundición de hierro y fábricas de rieles para tren. Es decir, probablemente no nos toque todavía las olas del transhumanismo. Paradójicamente nuestro atraso será la tabla de salvación, como en las crisis económicas mundiales. Es una hipótesis. Sin embargo, la constatación es real, pues el terrible atraso de nuestros avances en las ciencias duras y blandas, es preocupante. Nuestros debates siguen nomás en la segunda ola, en términos de Tofler, cuando el mundo e incluso la región ya están entre la tercera y cuarta ola. Los resultados nuestros en todos los campos de las ciencias, es brutal desde lo negativo: la inercia de la mediocridad y la bulla del show que reemplaza al pensamiento y la creatividad científica. 

Y el capitalismo no pierde el tiempo. A pesar de su profunda crisis sistémica, está sistematizando constantemente sus pasos, mejorando en muchos casos sus estrategias de dominio e imposición imperial desde todos los frentes: cibernéticos, robóticos, genéticos, etc. La practicidad de su naturaleza es la característica más letal. En esos niveles no hay debates hasta las calendas griegas sino búsqueda de resultados mundiales. Sus soldados a su servicio son reclutados en las mejores universidades del mundo, son los portadores de información de altísimo nivel. Pues no pierden el tiempo miserablemente. 

La pandemia simplemente aceleró sus propósitos de dominio. Ya nos dimos cuenta que el internet es el instrumento definitivo: educativo, productivo, económico, científico. Además de la profundización en la robótica, en la biogenética y las nanotecnologías como los chips, que son las llaves de las nuevas ciencias. Gran parte de lo hecho hasta la segunda ola ya es obsoleto, es decir sólo sirven para las tertulias de la nostalgia o las farras de desahogo existencial. Esos efectos en todo lo demás de las ciencias sociales son por supuesto profundos; pero por estos lados al parecer nadie se dio cuenta. Seguimos nomás en los debates de la segunda ola: industrialización del hierro y el carbón, ferrocarriles, matrices educativas masivas para la primera revolución industrial. Ni modo. Nuestras ciencias sociales eso nomás replican en sus textos. 

Nuestras universidades son feudos ideológicos, convertidos en agencias de empleo en ese sentido. No centros de investigación científica. No centros de velocidades en las versatilidades que necesitamos con urgencia por la sobrevivencia. Los miles de millones de dólares que el Estado otorga a estos centros, nadie sabe en realidad donde se utiliza. Los resultados son exiguos y poco competitivos, como autocrítica. El país camina por sus propios derroteros; nuestras universidades por otros caminos. Nunca hubo diálogo ni reciprocidades, ni objetivos ni estrategias comunes. Esta irracionalidad es normal desde tiempos inmemoriales. 

En estos escenarios nada interesantes, nuestras debilidades son notorias y están a flor de piel. Como país no tenemos centros de investigación estratégica de alto nivel. Que sean pues puntal de nuestras estrategias de Estado y Nación. Porque los debates están situados en lo obsoleto de las articulaciones superadas de las ciencias. Por lo visto, no hemos salido de esos esquemas tradicionales, que se siguen viendo como normales, como actuales en las decisiones de las realidades totalmente distintas de nuestras sociedades. 

El transhumanismo es la unión de las tecnologías más avanzadas posibles en la robótica, la inteligencia artificial y la biogenética, con la biología humana. En esa línea, la filosofía occidental sólo la está justificando: buscando el marco teórico para la construcción del ser humano perfecto. Semejante proeza ya es real. Hace mucho tiempo dejó de ser ciencia ficción. En unos años más tendremos en las calles de todo el mundo, seres humanos con fuerza física monumental e inteligencia superior al común denominador. Los primeros que aprovechan estas nuevas corrientes de las ciencias son los ejércitos imperiales. Porque los propósitos son totalmente claros, ahí la historia no ha cambiado mucho. 

Como hemos sido testigos quiénes somos la generación de transición entre las dictaduras militares, y la apertura democrática, como país no acabamos de encontrar nuestra identidad en los avances de las ciencias. En las ciencias sociales es absolutamente claro. Siempre con las excepciones que hacen la regla general, pues por ejemplo en la historia no tenemos increíblemente algún historiador de alguna escuela marxista de calidad. Así sucesivamente, porque el manejo de la información es caótica y que está en pocas manos, poco democráticas y tercermundistas. En definitiva no existe institucionalidad alguna como mundo de la historiografía. Las modas que llegan son importadas para lucimiento de unas pocas personas; la ausencia de debates científicos sólo hunde cada vez más alguna posibilidad de generar ciencia, investigación real y productiva y creación de ciencia historiográfica desde nuestras realidades. 

El arrollador avance de las nuevas olas de las revoluciones industriales, con sus propias epistemologías científicas, nos alcanzará algún momento. Como siempre nos encontrará en pañales, en justificaciones obsoletas de tertulia trasnochada. Pero no nos queda más camino que la adaptación, desde lo nuestro, ojalá con estrategias comunes siempre con la mirada social: de inclusión económica de los sectores más pobres y miserables. De los condenados de la tierra. En fin.

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