AQUEL PROLETARIADO MINERO: ENTRE EL MITO Y LA REALIDAD 

Max Murillo Mendoza 

Octubre recuerda aquellos apoteósicos eventos de 1952, cuando mi abuelo don Justiniano Mendoza fusil en mano, junto a sus compañeros, recibieron a Víctor Paz en los campos de María Barzola para la firma de la nacionalización de las minas. Las fotos de aquellos hechos son impactantes, como poses de película para la historia. Milicias obreras que sellaban su presencia con letras de molde, y cambiaban para siempre el curso de la historia en Bolivia. Así entrábamos en el mito de las revoluciones en América Latina, después de México que tuvo lo suyo en 1910.  

Ese legendario proletariado, curtido en décadas de experiencia ya desde el siglo XIX, culminó su proeza precisamente en la revolución de 1952. Desde ahí, poco tiempo después sufrirá derrotas y traiciones, reveses que se profundizarán con las dictaduras militares, hasta terminar su ciclo glorioso en 1985. Año de la marcha por la vida. Mi padre, partícipe de ella como dirigente de Catavi, en compañía de  otros cerraban con dolor lo que fuera otrora el poderoso movimiento minero boliviano. 

El neoliberalismo, imposición de los acuerdos mundiales capitalistas de 1979 (Consenso de Washington), definió la muerte del proletariado minero en 1985. Es decir, el cierre de la minería nacionalizada con el consiguiente despido de 26.000 trabajadores. La diáspora y tragedia de los mineros fue simplemente dolorosa. A lo largo del país, tuvieron que buscar otros tipos de vida con las humillaciones de buscar trabajos distintos, de buscar destinos distintos en distintas realidades. Esa agonía de la tragedia no está investigada, porque el peso del mito pudo más que la dura realidad. Incontables sufrimientos se reportaron en aquellos años, de las familias mineras migrando con todas sus cosas a cuestas por todo el país.  

También es cierto que muchos mineros fueron ingredientes en las luchas sindicales y sociales de otros lugares y destinos del país: Chapare, El Alto La Paz. Experiencias que se desplegaron políticamente en las duras épocas neoliberales. En suma, aquella muerte lenta y dolorosa del proletariado minero del 52, no ha merecido reconocimientos del país por el cuál sacrificaron incluso sus vidas mismas. Pues las ganancias de las empresas nacionalizadas, sirvieron para la integración económica y social de todo el país. 

La distancia en el tiempo tiene que convocarnos a mirar esos hechos, con ópticas que nos permitan sacar conclusiones en lo posible objetivas. Sabemos bien, gracias al gran  historiador marxista inglés  E. P. Thompson, que una clase social es lo que ha sido su historia. Es decir su coyuntura: cosmovisión, costumbres, ideología. La guerra fría, la revolución cubana, la experiencia política propia, le dio una identidad nítida a ese proletariado minero mezcla explosiva de indio y marxista occidental. Ciertamente con sus luces y sus sombras. Como todo en la vida. 

Zavaleta le dio el matiz ideal, con su admiración benedictina y religiosa, postrándose ante semejante escultura de la revolución y los cambios sociales. Y pues la ausencia de estos largos años de ese proletariado minero, han dejado un vacío por demás nostálgico. Que los recuerdos de sus hechos sólo nos llenan las ganas de ver otro movimiento obrero, con características similares pero en estos distintos momentos. Porque todos somos hijos de nuestro tiempo. 

El historiador desaparecido hace poco, Gustavo Rodríguez, nos dejó excelentes balances de los estudios acerca del proletariado minero boliviano. Entre los enormes vacíos que todavía hay, y tiene que haber por supuesto, por ejemplo en el siglo XIX. Lo que él mismo estudió y escribió son enormes obras de arte historiográfico, como modelos de análisis sobre esta clase social. Quizás sea, después de Zavaleta, el teórico más importante por el momento sobre la complejidad del proletariado minero.  

El mejor homenaje que podemos realizar, a la clase social revolucionaria del 52, es respetando su legado y mensaje al país profundo: que las condiciones sociales para el cambio, siempre están dadas en Bolivia; pero requiere de la voluntad política. Como la que tuvo ese proletariado minero en 1952.  

Ese legado le pertenece al país. No debe ser utilizado en intereses mezquinos y particulares. Como muchas veces vemos. Ese legado histórico también, por sentido común, debe ser sometido al balance necesario de sus pros y contras. Porque las experiencias humanas sólo sirven cuando son transparentes y claras, cuando muestran sus virtudes en función de los demás. Como lo hizo el proletariado minero. Aquella entrega y sacrificios inmensos, fueron hechos en función del país: integración económica, calidad de vida común y colectiva.  

Octubre nos recuerda ciertamente una parte importante de nuestra historia. En el caso de la historia minera, la de nuestros abuelos y padres. Que entre errores y aciertos, aportaron a los procesos de luchas sociales que hoy continúan con creces otros sectores sociales. Pues nuestro homenaje, desde los palcos de cualquier rincón, a aquella generación de la revolución del 52 que nos delegan otras tareas a cumplir, bajo ese espíritu de entrega al país profundo. 

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