La educación es la herramienta y la argamasa que fraguan el sentido político de la sociedad

A la educación los griegos la conocían como paideia. La paideia era, para los antiguos griegos -Siglo V ac-, el proceso de crianza de los niños, entendida como la transmisión de valores (saber ser) y saberes técnicos (saber hacer) inherentes a la sociedad. La paideia se centraba en los elementos de la formación que harían del individuo una persona apta para ejercer sus deberes cívicos. Bajo el concepto de paideia se agrupan elementos de la gimnasia, la geometría, la gramática, la retórica, las matemáticas y la filosofía, que se suponía debían dotar al individuo de conocimiento y cuidado sobre sí mismo y sobre sus expresiones. El primero en configurar la paideia como un humanismo cívico integral fue el orador y pedagogo griego Isócrates. La educación, es un aspecto que involucra toda una historia y una evolución del cosmos, que ha permitido avanzar, a veces revisando los hechos del pasado, deteniéndose en ellos, posibilitando construir, crear e innovar, conservar y salvaguardar hasta la vida. La educación comporta la brillantez de la mente humana. Plantea una perspectiva de educación y formación de manera integral, que piensa al hombre como ser individual pero también como ser que se desenvuelve en comunidad. Involucra el histórico desarrollo del origen del cosmos, de muchas cosas que hoy da cuenta de las cualidades del hombre que se ha podido conocer, transformar, adecuar y evolucionar. En la paideia existen ciertos principios o valoraciones conceptuales que sientan las dimensiones del ser humano, sus potencialidades naturales o bases ontológicas a explorar y desarrollar a través del ejercicio del pensar, de su relación con él, sus iguales y la naturaleza, evidenciando así, un constructo intelectual y de persona fraternal, que debe fortalecerse desde los procesos de enseñanza aprendizaje.
La educación permite en términos políticos, la creación y construcción de una cultura democrática, de una justicia democrática: su objetivo consiste en promover el reconocimiento de lo humano por lo humano, confrontándose con el ideal de libertad. La tarea de la educación democrática reside, pues, en la formación de individuos autónomos capaces de gobernar y de ser gobernados, pues “los hombres no nacen civilizados, sino que se hacen” (Spinoza). De hecho, una sociedad democrática representa una inmensa institución de educación y auto educación permanentes de sus ciudadanos. Una sociedad democrática es una sociedad reflexiva, una comunidad de dialogo crítico y creador.
La educación política, desde el punto de vista de la enseñanza -formación y capacitación- consiste en la transmisión critica de ideas y saberes -el legado humanista- que vale la pena conservar, conocer y compartir. Se trata también de moldear el imaginario radical de los individuos con el objeto de hacerles aptos para la vida civilizada. El aprendizaje democrático no rehúye el esfuerzo de atención paciente imprescindible para recibir tradicionalmente la enseñanza, pero el objetivo de ésta se dirige a la integración social de los individuos capaces de crear libremente nuevas formas de existencia humana. La educación -en política formación y capacitación- supone añadir lo humano a lo humano, socializar el desenfreno del lenguaje infantil y prevenir el adocenamiento de la mutilación social de la imaginación. El fruto de la educación, el individuo autónomo, se define, asimismo, como la persona capaz de hacer promesas, de recordar y prever, de comprometerse en el gran arte de la democracia. Se trata de crear entre todos un tiempo y un espacio públicos simbólicos, donde la interrogación filosófica tenga cabida en la asamblea democrática: en la vida misma, individual y colectiva, en los escenarios institucionales de una democracia de convivencia madura.
La educación democrática es humanista y narrativa, histórica y social, pero no descarta tampoco, las enseñanzas del cuerpo. Se trata por tanto de lograr el fin de la vida buena, no algo mejor que la vida como pretende la religión o la tecnología, sino una vida mejor. De hecho, la educación expresa el arte humano ético político de institución autónoma de la sociedad, un arte que consiste en tratar a los hombres y a las cosas de un modo distinto a la dominación. Dicho arte amplía la creación de la Verdad y de la Justicia con las nociones de belleza y sabiduría, que no pueden remitirse a nada concreto predefinido por ningún capricho cualquiera sea su naturaleza, en este caso, política e ideológica, como la que transcurrimos hoy. La educación democrática debe adquirir una orientación cosmopolita, cuya enseñanza principal subyace nuestra humanidad compartida. Pues la democracia constituye una comunidad de desarraigados, dispuesta a acoger “huéspedes inesperados”. La democracia política instituye la hospitalidad ética. Los griegos consideraban que el lazo que unía a todos los hombres era la amistad, término que sirve para traducir la philía griega, que se define como el amor soberano y el sentido común que mantiene unidos a los hombres mediante el afecto y la valorización reciprocas.
La educación democrática, incorpora la empatía y la complementariedad como soportes sustanciales para comprender y practicar, construyendo, todos, el desarrollo político que conlleve el desarrollo económico, social, humano, jurídico, de doctrinas e ideologías repensadas en lo colectivo, socialmente cohesionado por principios y valores. Conceptos que se contraponen en positivo a la manipulación de las mentes, tal como sucedió en la Alemania nazi, que perpetraron los crímenes más horrendos del último siglo, que indujeron a gran parte de su población, sometida por un lavado cerebral, a justificar lo injustificable, producto de una figura enfrentada por ser catalogada como “los otros”, “los enemigos”, a los que había que destruir, necesariamente, aun cuando fueran sus iguales, sus semejantes: fascismo de cambio. Se vive actualmente “la realidad” de la propaganda que suele ser confundida por la vox populi con la publicidad, aunque son diferentes. Joseph Goebbels fue ministro de propaganda nazi del criminal III Reich, llegando a ser considerado por algunos politólogos como el padre de la propaganda política moderna, donde sus once principios de propaganda dictan una serie de recursos propagandísticos que siguen hasta hoy utilizadas, basada entre algunos elementos: si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan; las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de las acusaciones; la propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, pero siempre convergiendo sobre un mismo concepto y un largo contenido de respaldos o patrones.
La masacre de 5 millones de judíos y no judíos ¿Cómo fue posible? ¿Qué mecanismos intervinieron para que tanta gente hiciera lo que hizo, por ejemplo, una señora alemana de clase media, que “quería ver solamente lo bueno” del mensaje y arengas del jefazo Hitler y que a los demás “simplemente les daba la espalda”, -inocentemente-, mientras las masacres se sucedían? preguntémonos. Y, pensemos aún más lejos, ¿Qué resortes profundos del ser humano se tocaron y manipularon para desencadenar por doquier las más brutales matanzas? Adolf Hitler y sus secuaces fanáticos no pretendieron acobardar a la totalidad del pueblo alemán y conseguir su sometimiento, sino que intentaron ganárselo mediante la creación de imágenes populares, ideales y fobias profundamente enraizadas en la población de su país. Esta lectura nos da certeza de creer, tal como investigaciones y análisis de lo sucedido en esta conflagración intentan explicar, es que, individuos situados en todos los niveles de mando tuvieron importancia como parte de una estructura de esa “Maquinaria para el Exterminio”. De ahí, que su historia no es sólo un análisis abstracto, de lo que ocurrió militarmente, sino es un retrato de los hombres -sea cual fuere su nivel jerárquico- que hicieron la guerra, sumadas a lo sucedido y obrado por otros componentes sociales de la Alemania nazi y no considerada, precisamente nazi, pero que obraron en función de la implantación del nazismo, cruel y criminal.
La educación y formación política para la democracia refuerza institucionalmente la inmortalidad simbólica de una vida significativa, puesto que la democracia no surge del miedo a la muerte sino del amor a la libertad. Nosotros los mortales no hemos nacido para la muerte, sino que al nacer ya hemos vencido una vez sobre ella: nuestro destino no es la muerte común, sino la individualización política de nuestros proyectos vitales. La democracia promueve la libertad compartida, cuyo anhelo de inmortalidad se resume en la pura alegría de vivir. En una verdadera democracia la fama o excelencia ha de seguir vinculada a la búsqueda de la verdad y al logro de la justicia social. Pues de lo que se trata es de la victoria de la vida sobre la muerte, del triunfo de la libertad contra la tiranía.

POR: EDUARDO CLAURE

spot_img

Artículos Relacionados

LAS MÁS LEIDAS