EL CONTENIDO FILOSÓFICO, EL VALOR POLÍTICO DE LA DEMOCRACIA Y, EL PORQUÉ DE SU RECUPERACIÓN

Sobre la interrogación filosófica y la revolución democrática desde un punto de vista radicalmente autonomista surgen varios problemas: ¿Qué relación hay entre la actividad intelectual filosófica y el régimen político democrático? ¿El deseo y la exigencia filosófica de lucidez acompañan a la auto institución explicita de la sociedad? Cuales son entonces las características profundas, acaso ontológicas, ¿tanto de la filosofía como de la democracia? En primer lugar, La idea de la democracia, plantea la crítica a todo régimen político en el que persista la separación entre gobernados y gobernantes, a la sazón del momento actual boliviano: políticos en el poder pertrechados en la “Casa del Pueblo” donde un abismo los separa del ciudadano de a pie. En segundo lugar, la democracia propone como exigencia filosófica y política la creación de una democracia local que haga efectiva la posibilidad de una sociedad autónoma de individuos libres. En tercer lugar, la idea de autonomía que subyace en la idea trágica de la democracia supone, en las actuales condiciones, un rechazo vigoroso y razonado tanto del dominio tecno científico como del económico en que dicho dominio suele justificarse -economía plural comunitaria, CPE Art.306, 307, 308, 311 y 351- esta vocación universalista, cierra el paso a las ambiciones nacionalistas. El deseo de una comunidad cuasi universal de individuos autónomos agrupados en sociedades autogobernadas -conscientemente auto constituidas- implica poner por delante de la gestión económica la exigencia igualitaria de la política. ¿Los rugidos autonomistas, implican esa igualdad política…?

El tema central de la coyuntura política boliviana es la Justicia. ¿Qué es la justicia? ¿Cuáles son sus valores? En primer lugar, establezcamos un criterio de justicia mediante la creación de esferas donde poder reconocernos en nuestro ideal de libertad. La justicia, designa una cuestión siempre abierta, que rechaza las pretensiones de la razón única. Implica pues, la creación y el reconocimiento de un espacio donde la pluralidad de opiniones instiga mediante actos y palabras, la igual participación ciudadana en asuntos comunes -la CPE dividió, discriminó, separó, no unió-. La justicia no encarna la verdad del ser ni hace efectiva ninguna episteme. La justicia, define el sentido político de la sociedad, el sentido y fin de la convivencia política. Este sentido surge de una creación, implica una apertura ontológica, una revolución democrática. Además, puesto que surge de la común búsqueda de la verdad de la filosofía, la justicia otorga un criterio de la realidad humana -cordura- y una pauta para el reconocimiento de lo humano por lo humano: todos somos personas. Los valores de la actividad política, y la prudencia, es lo principal de ellos, nacen de su entraña ética, del reconocimiento de la impotencia que produce la ruptura de la omnipotencia monódica y que da lugar a la potencia verdaderamente humana: a la libertad. Pero esta potencia carece de medida exacta: en ella reside toda la dignidad humana, ligada al contento de sí y al misterio autentico de lo humano. Esta Libertad, es frágil y propensa a diluirse, hoy por hoy: calvario del ex Administrador del FONDIOC que denunció corrupción del directorio y desde 2013 tiene 256 procesos y permanece detenido; la “convicta” ex primera mandataria Añez; ex magistrado Cusi o, Branko Marincovich, etc.

En este contexto, el dominio es la relación vertical entre gobernantes y gobernados. La política es una forma de dominio que emerge al separarse la esfera pública de la esfera privada y de la violencia. La política es la actividad que hace posible a los hombres perseguir afanosamente sus fines sea como empresa -personal o colectiva- para asegurar entre los hombres la vida en el sentido más amplio. La política es la esfera donde es posible entablar el diálogo entre personas libres e iguales y en el cual hay palabra y acto. Por ello la pluralidad es la condición de toda vida política. Por otro lado, el poder es la capacidad humana para actuar concertadamente, es decir, una relación consensual entre los hombres. El poder nunca es una propiedad de los individuos: pertenece a un grupo y existe mientras éste se mantenga unido en una especie de acción colectiva continua. Ahora, la autoridad es la situación en la que se atribuye reconocimiento a quienes se debe obedecer, asumiendo que ambos ocupan un lugar predefinido y estable y que no es necesaria ni la persuasión -orden de iguales- ni la coacción. Esta última implica la violencia, es decir, el uso de medios materiales e instrumentos para coaccionar o matar en el contacto entre los hombres. En este sentido, el poder es una capacidad humana, la autoridad es la situación que se da en el mundo pre-político, (por ejemplo: la familia, la relación profesor-alumno, la iglesia o comunidad religiosa) y la violencia acontece en la experiencia apolítica: como el estado de la naturaleza, o la guerra. El MAS-IPSP, decidió la violencia y la intolerancia por la paz y la persecución por la convivencia.

En este sentido, seamos enfáticos: la violencia no es poder, es más bien un medio apolítico o pre-político. En sentido contemporáneo, el gobierno constitucional -experiencia máxime moderna- es esencialmente un gobierno limitado y controlado por sus gobernados en cuanto a los poderes y al uso de la violencia. Este control se ejerce en nombre de la libertad o de la sociedad, poniendo límites al espacio estatal de gobierno para permitir la libertad fuera de éste para hacer política, lo que no sucede. Asimismo, señalar que hay una consecuencia histórica de las necesidades: es cierto que tanto una monarquía como república pueden ser gobiernos constitucionales -ambos casos, como formas de gobierno limitado- pero es en la república donde desemboca la exigencia política el deseo de la libertad frente a la opresión del “Estado Plurinacional, refundado”.

Las formas específicas de gobierno engloban a la monarquía, la aristocracia, la democracia, la tiranía, la oligarquía y la oclocracia, pero también se utiliza para dar cuenta del despotismo, la dictadura, la república y de forma tardía: la burocracia. Aunque todas estas formas son diferentes, cada una surgió en un momento histórico específico, por lo que están basadas en experiencias fundamentalmente diferentes y que han permanecido a lo largo de la historia de la humanidad al margen de sus derrotas temporales. A pesar de las diferencias entre ellos, todas las formas específicas de gobierno comparten dos aspectos. Por un lado, tienen la necesidad de ser guías para el comportamiento de sus ciudadanos. Por el otro, dan cuenta de disposiciones referentes a la relación de estas formas de gobierno con dos criterios clave: el derecho y el poder.

A estas alturas de nuestra historia reciente, la política ha perdido su filosofía y la filosofía no ha sido considerada en la política. Falsos paradigmas se anteponen al desarrollo político boliviano, se anteponen consignas, santo y señas, circunloquios y perífrasis sustituyen razonamientos nomotéticos. A la deriva se halla la posibilidad de reencontrar la democracia y la política: reales -paradigmáticas- mientras, la “clase política”, no reaccione con razón y voluntad para su recuperación. Mientras esto sucede, se tratan normativas que destruyen la institucionalidad y violan la CPE; existe una tragedia del sistema judicial; seis federaciones de cocaleros del trópico cochabambino deciden una agenda para el poder ilimitado; el ministro de gobierno niega la existencia de grupos armados al margen de la ley y califica de “democrática” la jornada violenta y la toma de las oficinas de ADEPCOCA en un espurio “congreso” de cocaleros de Yungas; continúa la ruta a la dictadura a través de un proceso policiaco judicial; sin una voluntad compartida de cambio, no puede haber ningún proceso de democratización -como mensaje para la “clase política”- pues su terquedad de no conversar como ”oposición unida” rumbo a las elecciones coincidentes con el Bicentenario, imposibilita arribar a una democracia recuperada. En el siglo XX Mussolini y Hitler transitaron la vía electoral. Lo mismo las autocracias del siglo XXI. A diferencias de las dictaduras militares del pasado, las autocracias modernas se sirven de las elecciones para asaltar el poder: Putin, Erdogan, Orban, Lucazenzko, Maduro, Ortega, y tantos más, son autócratas electorales, digamos electoralistas. ¿Y, la “oposición” de demócratas, han pensado en: por qué recuperar la democracia….?

 

por: Eduardo Claure

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