INACEPTABLE CONCEPTO EN DEMOCRACIA: LA POLÍTICA COMO ESTADO DE GUERRA

La política es ontología y, por lo tanto, violencia y opresión, según lo evidencia el escenario político boliviano en función de un objetivo totalitario. Ontología y política, son las dos caras de una misma moneda. La primera es la posición teórica que desconoce la presencia de los otros, los no indígenas originarios campesinos. La segunda es la facticidad de un estado de guerra que suprime con la violencia la dignidad del ser humano, o sea, injusto y totalitario.

Podemos afirmar que se desenmascara y denuncia lo oculto de una identidad que reduce al otro, a costa de eliminarlo, abatirlo, ya no con indiferencia desde el poder, sino con expresiones extremas de formas de eliminación (Hotel Las Américas, Chaparina, ataques a pueblos indígenas marchistas, ecocidio en la Chiquitania, Tipnis, ataque al ex Defensor del Pueblo, el incendio de su casa y de otra periodista, hordas de Sacaba y Senkata, aparición de grupos de choque armados “Los Satucos”, “Columna Sur”, los “Guerreros Samurais”, elEjército guerrero“Wila Lluch’us” -gorros rojos-,que en el Facebook aparecen como Egwill, que amenazan abiertamente a Amparo Carvajal, presidenta de la APDHB), como los genocidios y masacres en varias partes en el mundo: holocausto antisemita, Utus y Tutsies, los Balcanes, talibanes en Afganistan y así. Son solo acontecimientos especiales en los cuales, esos secretos se revelan con mayor espectacularidad. Pero no por excepcionales son, en lo que suponen y representan, algo menos cotidiano, es decir, no expresan algo cualitativamente diferente a lo que determina una buena parte de los pensamientos y los comportamientos de los individuos en su vida ordinaria de cada día, contra “la oposición, el imperio y sus lacayos”. Los genocidios -menores en nuestras latitudes- son solo el altavoz de una actitud que determina todo el horizonte de la historia recientemente transcurrida los tres últimos lustros. El núcleo de esta figura constituye esa tendencia a reducir a los otros, como algo connatural al “modo de pensar originario”.

Si un sector de la clase política, está dominado espontáneamente por el deseo del poder, alejado del amor a la vida, centrado en el yo y no en el deseo de la felicidad común y más bien alejada de servir al objetivo de una mejora de la naturaleza humana como desarrollo de la tolerancia, de la convivencia comunitaria en paz, de la cooperación, la complementariedad y ayuda reciproca, del respeto y la responsabilidad hacia el otro, y más bien se ha convertido en un expediente de sofisticación y trasposición de la violencia, en fin, en una instancia ideológica perversa al servicio de la política. Librarse de esta violencia y estado de guerra, no puede ser a su vez, únicamente reducida a una tarea política partidaria. El poder es una estructura de dominio universal a la cual no se puede hacer frente más que con una estrategia radicalmente no política, trabajada y accionada colectivamente por una sociedad democrática y cohesionada.

Un pasado inmemorial determina, en última instancia, la situación actual de Bolivia, y hay una línea sustancial, en lo que se refiere a esa estructura y dinámica del poder, entre pasado y presente. En ese transcurso, debimos aprender y practicar, la noción de ciudadanía, de pertenencia a una República, a un Estado, fundamentada en una determinada oposición positiva entre el nosotros y los otros, o sea, todos ciudadanos de una Patria. Esto no ha sucedido por las prácticas políticas perversas y degradadas de sus objetivos superiores sociales, económicos, políticos y cívicos. Como expresó Rene Girard, el asesinato (real o simbólico) del otro, es una condición de sacrificio indispensable para la configuración de “su Estado Plurinacional”, para “su constitución” como grupo social en un determinado territorio, llamado Bolivia. Las victimas sacrificables, no pertenecen a “su sociedad”: antes eran prisioneros de guerra, extranjeros, el pharmakos griego, etc.; hoy, son los karas, karayanas, mestizos, extranjeros, blancoides. Es decir, son quienes no pudieron establecer con el resto de las comunidades originarias, vínculos análogos a los que establecieron entre sí, los miembros de ella en el resto del territorio nacional, aquí, el discurso autonómico y del federalismo, son sólo retruécanos discursivos, que se viene pagando por la incapacidad política de sus ponentes que perdieron la visión país.

Hoy, el sacrificio o el linchamiento político tienen la función de apaciguar las violencias intestinas -del partido en el poder- e impedir que estallen los conflictos entre los miembros del grupo social, del partido y que este se desintegre. Para mantener la cohesión interna y la preeminencia del caudillo totalitario, es absolutamente esencial descubrir, reconocer y destruir a un enemigo, real o imaginario. Es preciso que existan unos clanes políticos adversos. Si no existen, había que inventarlos -asamblea constituyente- para dar líneas de acción contra ellos. Es más, no basta con que exista un enemigo real o imaginario, reconocido, identificado y declarado como tal, a quienes hacer la guerra. Para que surja, se mantenga y se refuerce una identidad política, “un nosotros”, lo decisivo es la exclusión del otro genérico, es decir, la violencia hacia quien, por ser otro, distinto, diferente y oscuro, por destruir.

Según Hanna Arendt, la esencia del totalitarismo no debe buscarse tanto en la predilección por la guerra, en el belicismo, cuanto en la apelación ritual a “un nosotros” imaginario que se encuentra siempre en peligro por causas de amenazas imaginarias, en este caso la democracia y la alternancia -21F- y, así. Es decir, la esencia del totalitarismo está en el fetiche social que se levanta contra esos otros que agresivamente se sitúan del otro lado de la línea de “su Estado Plurinacional” que han creado. A esos otros, se les fuerza a la asimilación con el nosotros o simplemente, se les elimina (Arendt, 1974). Aquí, la situación del otro, de aquellos a los que no se les reconoce pertenencia alguna en “su Estado”, es mucho peor y más dura que la del enemigo reconocido como tal, con quien al menos, se puede establecer pactos y hacer treguas. Con los primeros, estos pueden ser objeto de una violencia indiscriminada e impune por parte del partido en función de poder, como una forma de satisfacer sobre ellos, sus gregarias necesidades de autoidentidad. La incierta y confusa identidad de ese otro, su condición de advenedizo histórico, su diferencia, o sea, su resistencia, en definitiva, a ser abrumado y asimilado en el mismo, se hace valer como justificación del desprecio y el odio que suscita y, en consecuencia, de la eventual violencia encaminada a su eliminación, ya no solo política, sino, del espectro real, de la vida nacional.  Así, en la constitución del Estado Plurinacional, del “nosotros”, parece mostrarse inequívocamente la imagen de una identidad excluyente y totalitaria. Siniestra y corrompida. Proterva y execrable.

 

por: Eduardo Claure

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