EL NINGÚN VALOR DE LA REVOLUCIÓN DEMOCRÁTICA Y CULTURAL O PROCESO DE CAMBIO

¿Cuál es el valor medio de las revoluciones sociales y políticas? ¿Hasta qué punto son revoluciones, aparte de toda consideración inmediata de carácter utilitario económico, político o cultural? Aun la revolución más afortunada debe retroceder algunos o muchos peldaños de su ascensión inicial. Debe dejar sitio para que vuelva algo de lo pasado -no superado- mientras se hace a un lado para dirigir las cosas según sus propósitos -no democráticos-. Debe renunciar a algunos de sus principios fundamentales para mantener la revolución, aunque mientras tanto, la revolución se haya convertido en un concepto que perdió gran parte de su contenido. Teniendo en cuenta esta eventualidad, es licito preguntar: ¿Cuál es el valor real de esta revolución? ¿Qué valor puede atribuirse a un salto hacia arriba del que sus gestores deben caer?

Con todo, no hay que despreciar las revoluciones. Una gran revolución deja siempre un residuo creador -un suero de su sangre vital- que opera en las venas de la colectividad mucho después de abandonadas sus conquistas -o pervertidas- y sacrificado sus ideales -que no fueron tales-, al final. Este residuo se convierte en un factor decisivo en la marcha de la revolución. Aunque la revolución haya retrogradado, haya dado muchos pasos atrás por un paso adelante, el viejo orden nunca vuelve con su fuerza y volumen originales. Un fermento revolucionario, que permanece vivo en todas sus reincidencias y desilusiones, continúa a modo de bacilo minando los cimientos de lo viejo, de la pasada Republica. Puede argüirse con justicia que el noventa y nueve por ciento de las ganancias conseguidas por la revolución están completamente perdidas.  Pero no se puede negar el valor de ese uno por ciento. Es esta pequeña ganancia lo que hace avanzar a la sociedad a pesar de toda su inercia, ineficacia y perversidad. En todos los movimientos hacia atrás y delante de la ola de la sociedad, ésta lentamente avanza -a la larga- pero ya, sin sus conductores. Su proceso calculable se debe a la acrecencia de esos leves cambios residuales, que constituyen los beneficios netos de las grandes revoluciones. En este caso, miserias revolucionarias.

La sociedad humana es realmente miserable, pues necesita tan enormes cantidades de levadura o fermentos para levantarla tan poco; pues requiere tan grandes trastornos para realizar cambios tan pequeños; pues tanto debe gastar antes de poder ganar tan poco. Además, podemos llegar a esta conclusión: no debemos buscar nunca el valor de una revolución en sus primeros, volcánicos estallidos. Muchas de sus primeras conquistas son abandonadas al cabo de un tiempo más o menos largo. Su verdadero valor estriba en su eficacia destructora, en la incertidumbre que induce en el statu quo, en los secretos túneles que horada bajo el trono de lo viejo -una actividad zapa- que en adelante se perpetúa en todos los fenómenos sociales, afectando igualmente las tendencias radicales y conservadoras. No debemos juzgar las ganancias positivas de una revolución demasiado rigurosamente, aun en los casos en que sean en gran parte una ficción jactanciosa ideológicamente. Debemos juzgar adecuadamente las realizaciones negativas y perversas de una revolución: hasta qué punto logró derribar el viejo régimen “democrático”; hasta que punto emponzoñó falsas actitudes de modo que jamás vuelven a ser las mismas.

Las ganancias que ofrece una revolución ¿valen los sacrificios que requiere? ¿Construye por lo menos tanto como destruye? Si hacemos estas preguntas, deberíamos concluir que ninguna revolución vale la pena. Medida según patrones morales, comparando perdida humana y ganancia humana, ninguna de las revoluciones que intentan salvar de la destrucción de grandes masas de gente, o libertar naciones de sus opresores, o instituir el reino del Cielo en la Tierra, o salvar la religión o la civilización, o la moralidad misma, podría alegar ante nuestra conciencia ningún titulo a que le concedamos el derecho de asesinar, saquear, destruir bienes y romper pacto con la Ley y el Orden constituidos. Ningún mundo futuro ofrecido de justicia justificaría la injusticia presente. Debemos comprender, pues, que la revolución saca su derecho de otras fuentes no morales, no democráticas y nobles, aunque sus propósitos declarados estén aliados a la moralidad de sus ancestros. Puede muy bien ser que su justificación proceda de impulsos estéticos: ira y rencor contra un orden erróneo, la rebelión de lo que es bello en el alma humana contra todo lo que es horrible en la sociedad -racismo, discriminación, injusticias- y otros males. La emoción revolucionaria dilata los límites de la moralidad, ensancha la conciencia hasta excusar, y aun exigir, actos que violan las consideraciones morales normales e históricas. Las revoluciones atestiguan la naturaleza metafísica de la vida, el carácter heroico y sublime de la vida. Permiten a la vida saltar los intervalos más allá de los límites de la moralidad; del contrapesar fardos de virtudes y fardos de pecados; del trazar paralelos entre los factores constructivos y los destructivos, entre los sacrificios, las pérdidas y las ganancias. Durante esta revolución, la vida se yergue bajo la estrella de una orden categórica de destruir lo que debe destruirse, cueste lo que cueste.

La contra revolución democrática y republicana, pervive esperando que una clase política errática y sin capacidad organizativa, acepte la línea de la sociedad civil qué, durante el ultimo decenio viene clamando por una unidad, un frente único que sustituya la revolución fallida, por otra exitosa, liberadora, esperanzadora;donde no existan gestores públicos elegidos o designados que practiquen la intolerancia, la prepotencia, el odio, el racismo, la venganza, la insensibilidad, la discriminación, el maltrato, el abuso, la humillación, coarten la libre expresión, bajo el argumento de hacer “gestión revolucionaria”; que más bien promuevan el amor filial, la compasión, la ayuda mutua, la complementariedad y destierren la falta de coherencia y los improperios que pretenden acallar a la razón, el descontento social, lo culto y el buen juicio basado en la Ley, la CPE, los DD.HH. y la defensa de la naturaleza.

 

por: Eduardo Claure

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