La desenfrenada vida sexual de Benito Mussolini, entre el poliamor y la depravación

El poliamor, uno de esos términos que se han colado en nuestro dialecto coloquial de los últimos años gracias al avance de los movimientos en pro de la libertad sexual, no era un concepto difundido en el siglo pasado, aunque su práctica pueda haber existido desde siempre, incluso por personajes célebres e infaustos de la historia.

La vida sexual de Benito Mussolini ha sido referenciada en numerosas biografías sobre el dictador italiano, responsable de instaurar en Italia un régimen fascista soportado sobre la idea de la supremacía, el nacionalismo y la pureza de la raza, con el que se mantuvo en el poder entre 1922 y 1943.

¿Pero era un poliamoroso o un “maníaco del sexo”, como lo describe el ensayista Antonio Scurati? Pues bien, si entendemos por poliamor una relación entre un grupo de personas de forma íntima, afectiva y sexual en donde la clave es que todos los involucrados tienen que saber la existencia del resto de personas, tal vez Mussolini pueda incluirse en esta definición, pues se dice que en su vida tuvo relaciones con más de 7 mil mujeres.

De todas estas mujeres, una en particular fue su gran amor y su gran amante, Clara Petacci, quien murió fusilada a su lado el 28 de abril de 1945. Ella era su confidente y su concubina de cabecera, por la que profesaba un devoto amor, que en ningún caso lo detuvo para satisfacer su gran apetito sexual con muchas otras mujeres, de las cuales Clara tenía pleno conocimiento.

Es más, fue precisamente su diario uno de los registros históricos que permitieron retratar para la posteridad el carácter del dictador, a quien describe como poseedor de un apetito casi bestial cuando se trataba del sexo.

“¿Qué cuántas relaciones he tenido? Los primeros tiempos de Roma fueron un desfile continuo de mujeres en el hotel. Me acostaba con unas cuatro al día”, le confesó en una ocasión “Il Duce”.

“Hubo una época en la que tenía catorce amantes, y las poseía una tras otra”, le dijo en otra ocasión que la joven amante descubrió un cinturón de mujer en los aposentos del dictador.

A Clara la conoció en 1932, cuando ya llevaba 10 años como líder supremo de Italia, en una playa cercana a Roma, por casualidad. En ese momento llevaba 17 años casado con su segunda esposa Rachele Guidi, con quien tenía cinco hijos y de quien nunca se divorció.

Él tenía 49 años, ella apenas 20 y era parte de una familia romana burguesa. Su padre integraba el equipo médico del Papa Pío XI y dirigía una clínica para la oligarquía romana, su madre era una devota católica, y aunque ambos sabían que el “Il Duce” (el Líder) estaba casado y doblaba en edad a su hija, consintieron la relación extramatrimonial.

Al principio, solían encontrarse en misa los domingos para luego pasar toda la tarde teniendo relaciones sexuales en la oficina de Mussolini. Algo que quedó registrado en los diarios de la joven.

“Le beso y hacemos el amor con tanta furia que sus gritos parecen los de un animal herido”, escribe en una de sus entradas. El sexo con el dictador lo describe como un acto casi barvárico, jactándose de que ambos duraban horas copulando hasta que a Mussolini le “dolía el corazón”.

Ese furia de amante animalesco la expresaba el mismo Mussolini en su manera de dirigirse a su joven amante. Así lo recoge la escritora Diane Ducret en su libro “Las mujeres de los dictadores”: “Te amo con locura… quisiera devastarte, hacerte daño, ser brutal contigo. ¿Por qué mi amor se manifiesta con esta violencia? Siento la necesidad de aplastarte, de hacerte pedazos… un impulso violento. Soy un animal salvaje”.

El sexo desenfrenado, pero también la cultura y sagacidad intelectual de Clara encantó a Mussolini, al punto de que este la convirtió en la concubina oficial del líder. Ella contaba con una habitación propia en el Palazzo Venezia, donde “Il Duce” instaló su gobierno. Además, tenía guardaespaldas y chofer propio.

Ella fue la única que podía disputar el amor que hasta entonces había sido de su esposa Rachele, quien también conocía plenamente las andanzas de su marido, pero las aceptaba como una necesidad carnal más que como una marca de infidelidad.

“Yo creo que él nunca ha perdido la cabeza. Cuando le gustaba a alguna mujer o, recíprocamente, la unión era violenta, impetuosa, pero corta. Después Mussolini no se preocupaba más de la mujer que había tenido en sus brazos”, dice la esposa del líder en su libro “Mussolini sin máscara”.

 

Un apetito insaciable

Si bien casi todos los biógrafos de Mussolini coinciden en que Clara Petacci y Rachele Guidi fueron sus grandes amores, ciertamente no fueron los únicos, y muchos han recogido cifras y anécdotas de las mujeres que pasaron por su cama.

Uno de ellos es el historiador australiano Richard Bosworth, quien en su libro “Claretta. L’ultima amante del duce” describe a Mussolini como un “obseso del sexo (…) un enfermo de comportamientos brutales”, en la cama.

Por su parte, la escritora y periodista Rosa Montero, autora de “Dictadoras: Las mujeres de los hombres más despiadadas de la historia”, afirma que Mussolini tenía algún tipo de enfermedad que lo hacía obsesionarse constantemente con el sexo brutal y violento.

Pero fue Quinto Navarra, el chofer personal de Mussolini, quien recogió en sus memorias la cifra de amantes que tuvo el dictador: 7.665. Un número sorprendente pero no por eso arbitrario, por el contrario, está sustentado en las numerosas cartas que recibía “Il Duce” de sus admiradoras y que clasificaba de forma cuidadosa para seleccionar a sus concubinas.

Diariamente, relata Navarra, llegaban a su secretaría cientos de cartas de amor provenientes de los cuatro confines de Italia. Esas cartas eran discriminadas en dos categorías: “cartas de mujeres nuevas” y “cartas de mujeres conocidas”; las segundas eran descartadas y con las primeras se hacía un nuevo filtro que dejaba una lista de nombres para que la policía hiciera una investigación para corroborar los atributos físicos de las candidatas, y verificar que esa relación no pusiera en riesgo de alguna forma al líder supremo.

Luego del chequeo se le mostraban sus fotos a Mussolini y las que él seleccionaba se invitaban a que compartieran un momento íntimo con él.

“Tenía una contabilidad exacta sobre su agenda de mesa de las visitantes periódicas y para las visitas nuevas la hora de la audiencia era fijada al minuto. En algunas ocasiones, sin embargo, alguna mujer más favorecida que las otras aparecía de improviso y él… que esperaba a otra, decía: ‘Está bien, pero ten en cuenta que tendrás que hacer un poco de antecámara’”, relata Navarra en sus memorias, que son recogidas también por el historiador Carlos Berbell en su obra “Los más influyentes amantes de la historia”.

De acuerdo a su chofer, Mussolini “sabía ser brutal, desgarbado, violento” pero también “tierno, acariciante, absolutamente paternal”, le gustaba empezar sus faenas sexuales con blasfemias e insultos, solía gemir, patear, jadear, y gritar como un animal; pero “nunca estaba del mismo humor durante la duración del encuentro, si al comienzo era brusco y vulgar, al final era dulce y viceversa”.

De acuerdo con Carmen Llorca, autora de “Las mujeres de los dictadores”, el objetivo de Mussolini era poseer una mujer al día, aunque estos encuentros fueran de naturaleza fugaz y de muy corta duración, apenas unos minutos.

“Ellas se sentían satisfechas de haber conocido al gran líder, orgullosas de haber sido tocadas por él, como fans encantadas de haber podido satisfacer los deseos del gran Duce”, explica por su parte la española Montero.

La verdad sea dicha, más allá de su fijación por el sexo, de definirlo como un depravado, un adicto al sexo, o el primer poliamoroso, lo cierto es que la fama de amante desenfrenado y símbolo sexual de Mussolini era bien concida en toda italia durante su tiempo en el poder.

Es más, su atractivo sexual, era una forma de imponer su dominancia, si ningún hombre podría igualar sus hazañas en la cama, ningún hombre podría disputarle el poder. Y así fue, por muchos años, hasta que el desastre militar de la campaña italiana durante la Segunda Guerra Mundial hiciera caer al régimen fascista que lideraba en julio de 1943.

Bajo el amparo de Hitler, el ex líder en fuga creó durante un breve tiempo una nueva república que intentó comandar desdel norte del país, un estado títere del Tercer Reich que se desmoronaba. En su última huída, su convoy fue detenido por un grupo de partisanos comunistas.

Mussolini fue fusilado el 28 de abril de 1945 junto a Clara Petacci, quien prefirió morir a su lado antes que abandonarlo. Quizá la muestra más fehaciente de la pasión enfermiza que despertó aquel amante desenfrenado. /portal Infobae

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