BANZER O LAS HISTORIAS TRADICIONALES ELITISTAS

En estas horas se cumplen cincuenta años de aquel cruento golpe de Estado, sangriento y brutal, que inaugurará una de las épocas más oscuras de nuestra historia. El 21 de agosto de 1971 el coronel Banzer, miembro de la colonia alemana, asaltaba el poder justificando las doctrinas de la seguridad nacional, enarboladas y pensadas en los escritorios del Pentágono norteamericano. Doctrinas de la seguridad nacional, que respondían supuestamente al avance del comunismo en el patio trasero de los EUA. La guerra fría no fue sólo esquemas ideológicos, políticos y económicos en los que el mundo se había dividido, después de la segunda guerra mundial, sino esquemas cotidianos de control  mundial. En el caso de Bolivia, significó dolor, muerte, torturas, vejámenes a mujeres, exilio, retraso por décadas en lo intelectual y la investigación científica. En definitiva, la justificación de las historias tradicionales que aún arrastramos sin haber resuelto nada.

 

Se ha escrito mucho sobre esa época gris: corrupción, crecimiento de la deuda externa, impunidad total como política de Estado frente a los abusos de los derechos humanos. Sólo quisiera recordar asistiendo a la memoria, algunos pasajes para intentar asistir al llamado de la consciencia, pues varias de las veces olvidamos fácilmente en las tentaciones de los análisis históricos, que el dolor humano nunca es compensado al menos con un gracias, con las miles de familias que lo han perdido todo.

 

Recuerdo de niño aquellas horas trágicas, con las radios mineras transmitiendo en vivo y directo los enfrentamientos por todo el país. El llanto de mi madre al no saber del paradero de mi padre, que como muchos trabajadores fueron hasta la ciudad de La Paz a defender al general J. J. Torres. La movilización de camiones con mineros y trabajadores, la incertidumbre de millones de bolivianos ante lo injusto de la historia. Días después toda la carga de la imposición de las teorías de la seguridad nacional, a un país como el nuestro que sólo intenta soñar en un destino mejor.

 

Ya  a mediados de los años 70, en pleno rigor de la dictadura, las noticias de desaparecidos, de exiliados, de abusos, de persecuciones, de clandestinidad y resistencia eran simplemente lo cotidiano en Bolivia. Los vencedores hacían gala de su poder impune a lo largo del país, con el cinismo clásico de convencerse a sí mismos como salvadores de la patria. Todo ese espectáculo sobre el dolor inmenso de todo un país, que soportaba estoicamente la destrucción de sus instituciones, de su economía y de sus sueños como generación.

 

Ese inmenso dolor calado en familias concretas, en comunidades reales, en personas reales que sufrieron la brutalidad e insensibilidad de torturadores, de gente consciente que destruían vidas humanas. Ese inmenso dolor humano indescriptible, simplemente no ha recibido ni siquiera las gracias de nuestras instituciones. Miles de vidas anónimas, miles de familias han sido destruidas, han perdido sus propias casas y pertenencias asaltadas y robadas por gente de la dictadura banzerista. Mujeres anónimas que no pudieron al menos contar sus experiencias, porque estamos acostumbrados a la impunidad como sociedad. Los violadores y abusadores siguen libres en las calles, con sus lindas familias y en la impunidad absoluta después de haber participado en tantos desastres e injusticias contra ellas.

 

Tenemos que acudir a la memoria y hacer los suficientes esfuerzos, como especie humana, para darnos cuenta que aquella dictadura no sólo ha postergado una generación entera, en la intelectualidad, en el arte, en la investigación, en lo educativo, en el desarrollo económico y la integración del país, sino que ha destruido miles de familias, la mayoría anónimas, que siguen esperando justicia. O al menos un gracias, un solo gracias de nuestras instituciones, por esos enormes sacrificios de por vida.

 

No podemos seguir como sociedad, como culturas, acostumbrándonos al rito de la impunidad. De sólo recordar fríamente, incluso festivamente, de tanto dolor humano. De tanta muerte por los sistemas de injusticia social. No podemos sólo recordar en aras de la historia aquellos acontecimientos, que han definido la suerte de miles de familias en el dolor y la muerte más injusta posible. No podemos ser cómplices de esos artefactos de la muerte y la impunidad, para seguir con esta costumbre en las nuevas generaciones.

 

Las palabras y los escritos no tienen sentido sino tienen contenidos reales. Esos contenidos son aquellas familias reales que han sufrido en carne propia, semejantes atropellos inhumanos y crueles. La mayoría, insisto, anónimos y en el silencio total esperando que algún día nuestro país por fin tenga algo de justicia, algo de agradecimiento a esos inmensos sacrificios humanos lamentablemente muy poco comprendidos; pero sí recordados como ritos costumbristas y casi festivos sin sentido alguno: con los culpables absolutamente libres.

 

Claro que hay historias tradicionales. Esas que siguen contando y recordando a los vencedores, sobre los cadáveres y sobre el sufrimiento de miles de familias, que en definitiva sólo buscaban algo de justicia para todos, de dignidad e igualdad, y de hacer un mejor país de Bolivia. Pues recordemos en el dolor de esos compatriotas anónimos, como sentido final de seguir construyendo por fin un país con justicia y sin impunidad.

 

por: Max Murillo Mendoza 

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