El horror de los astronautas que no pudieron escapar del Apolo I en llamas

Todo terminó en una gran tragedia porque empezó como un gran desastre. Es verdad que la imprevisión, el descuido y los yerros, la desidia y la negligencia, son el triste privilegio de los pioneros. Pero aquellos pioneros, los que dieron los primeros pasos para poner un hombre en la Luna, y devolverlo a la Tierra sano y salvo que era lo más difícil, parecían tocados por la magia de lo invencible.

El 27 de enero de 1967, la magia ardió y, con ella, la vida de los astronautas Virgil “Gus” Grissom, Roger Chaffee y Edward White, elegidos como tripulantes de la misión espacial que ni siquiera llegó a partir. Participaban de un vuelo de ensayo en el módulo lunar, destinado a saber si la nave iba a operar con normalidad con su propia alimentación interna cuando se desconectaran todos los cables, los “cordones umbilicales” de alimentación externa en el momento del lanzamiento. Era un vuelo simulado destinado a dar plena seguridad para cuando se lanzara la nave al espacio, el 21 de febrero.

La NASA juzgó que el ensayo era “no peligroso” porque ni el vehículo de lanzamiento, un cohete Saturno IB SA-204, ni la nave espacial con los astronautas a bordo, iban a estar cargadas con combustible o con propelentes criogénicos; todos los sistemas de ignición, la pirotecnia química todavía en embrión, estaba desactivada. Nada podía salir mal en la Plataforma 34 de Cabo Cañaveral.

Grissom, Chaffee y White entraron al módulo de mando a la una de la tarde, fueron atados a sus asientos, conectados a los sistemas de oxígeno y de comunicación de la nave. Grissom notó en el aire un olor extraño que circulaba a través de su traje espacial; algo así, dijo, como el olor del “suero de leche agria”.

La cuenta regresiva, también simulada, se detuvo a la una y veinte, mientras los técnicos tomaban muestras de aire. No hallaron ninguna falla que desatara el olor que sintió Grissom. La cuenta se reanudó a las dos y cuarenta y dos. Después de la tragedia, las investigaciones determinaron que no había relación entre aquel extraño olor y el desastre. Pero tampoco pudieron determinar qué fue lo que causó la tragedia, de manera que la certeza quedaba anulada por el desconocimiento.

Con el reinicio de la cuenta regresiva, los técnicos instalaron la escotilla del módulo de mando. Tenía tres partes: una interior, extraíble y que debía ser operada por los astronautas; una exterior, con bisagras, que integraba el escudo térmico protector de la nave, y una tapa, también exterior, que era parte de la estructura que envolvía al módulo para protegerlo del calentamiento aerodinámico del lanzamiento y de las llamas del cohete de escape que se accionaría en caso de un lanzamiento abortado.

La tragedia estalló a las 06:30:54, cuando los tripulantes de Apolo I revisaban su lista de chequeos internos, una tarea rutinaria: los equipos de control detectaron un corte transitorio de la tensión en el interior de la cabina. Diez segundos después, se oyó un grito: “¡Hey!” Era la voz de Chaffee. Siguieron dos segundos de lo que pareció un forcejeo de los astronautas en sus sillones de vuelo.

White gritó entonces: “¡Tenemos un incendio en la cabina!”. Todo era transmitido por circuito interno de televisión al control de la operación. Algunos testigos vieron, o creyeron ver a White cuando intentaba alcanzar la palanca de liberación de la escotilla interior. Pero de inmediato esa escena quedó cubierta por las llamas que lo abarcaron todo, de izquierda a derecha del módulo de mando, y lamieron las ventanas que miraban al exterior.

Seis segundos después de la alerta de White sobre el fuego en la cabina. Otra voz gritó: “¡Hay un terrible fuego!”. Enseguida se oyó cómo se rompía el casco de la nave espacial provocado por la presión del intenso fuego alimentado por oxígeno puro y un alarido: “¡Me estoy quemando! ¡Sáquennos de aquí…!”. Y todo terminó.

Las comunicaciones con Apolo I se cortaron de modo brutal a las 6:31:21, veintisiete segundos del extraño corte transitorio de tensión en el módulo de mando, y apenas quince segundos después de la alerta de White sobre el fuego en la cabina. Los tres astronautas estaban muertos.

Las tareas de rescate, si había una esperanza remota de hallar a alguien con vida, se dificultaron mucho. El intenso calor, el humo pesado y viscoso, las máscaras de gas de los equipos de tierra que no estaban diseñadas para gases tóxicos, trabaron el accionar inmediato de los rescatistas. Además, temían el estallido del módulo de mando y que el fuego pudiera encender el combustible sólido del cohete de la torre de lanzamiento, que no formaba parte del ensayo en la torre 34.

Cuando por fin los rescatistas abrieron la escotilla del módulo lunar, se toparon con el espanto.

Las luces de la cabina seguían encendidas y en el pequeño espacio de unos diez o doce metros cuadrados destinados a los astronautas, Grissom, Chaffee y White eran inhallables entre el humo compacto y pegajoso. Cuando se disipó, encontraron los cuerpos, pero no pudieron moverlos.

El fuego había derretido en parte los trajes espaciales de nailon, que no eran ignífugos, esos trajes se diseñaron y construyeron después de la tragedia del Apolo I. También estaba derretidas las mangueras de conexión de Grissom y de White que los unían al llamado “soporte de vida” del módulo.

Grissom se había quitado las correas de fijación a su asiento, en un desesperado intento de escape: yacía en el piso de la nave espacial. Las correas de fijación de White se habían disuelto y el astronauta estaba caído de costado, justo debajo de la escotilla: los investigadores determinaron que había intentado abrirla tal como indicaba el procedimiento de emergencia, pero que no había podido hacerlo por la enorme presión interna generada por las llamas. Chaffee, de quien se cree es la última voz que se escucha en la Apolo I, fue hallado con su mano derecha atada al asiento, tal como también ordenaba el procedimiento de emergencia, para mantener las comunicaciones con el control de la misión hasta que White abriera la escotilla. Los astronautas parecían fundidos, fusionados con la cabina del Apolo I: demoraron casi dos horas en extraer los cuerpos.

Las investigaciones y las autopsias demostraron que los tres pilotos habían muerto en cuestión de segundos por inhalar monóxido de carbono cuando ardieron sus trajes de nailon y cuando quedaron expuestos al humo generado en el módulo de mando. Las quemaduras, los tres las padecieron entre el treinta y el setenta por ciento del cuerpo, fueron todas posteriores a la muerte. No tuvieron la mínima posibilidad de sobrevivir.

“Gus” Grissom y Roger Chaffee fueron enterrados en el cementerio de Arlington, reservados a los héroes americanos. Edward White fue sepultado en el cementerio de la Academia Militar de West Point, en New York. Un emblema de la misión Apolo I quedó en la superficie de la Luna: lo llevaron hasta allí Neil Armstrong y Buzz Aldrin, los primeros astronautas en pisarla en 1969. La misión Apolo XV dejó en la superficie lunar una pequeña estatua que honra al “Astronauta caído”, junto con una placa que recuerda a los tripulantes de la Apolo I.

¿Qué pasó con la Apolo I? La NASA nunca lo descubrió. O dijo que nunca lo pudo determinar. En el módulo lunar se habían hecho modificaciones en el cableado que no habían quedado documentadas, por lo que nunca se descubrió cuál cable había provocado el corte de tensión y el chispazo fatal en el interior de la nave: en principio, adjudicaron la falla a un tendido vecino a un tubo de refrigerante que ya había tenido problemas de fuga. Los investigadores descubrieron que habían existido problemas de diseño en el módulo, tolerados por el apuro que existía en la NASA por cumplir con el desafío lanzado por el entonces presidente John Kennedy en 1961: llegar a la Luna antes del final de la década.

Como el ensayo de Apolo I estaba considerado no peligroso, no se tomaron las precauciones que sí se tomaban en un vuelo o prueba peligrosos ni había personal de emergencia a mano en el momento de la tragedia.

Sí hubo un peligro que no fue tenido en cuenta. O no fue tenido en cuenta con la seriedad que requería la dimensión del peligro. El ensayo de Apolo I incluía reemplazar el aire de los trajes en cabina por oxígeno puro a presión. En el interior del módulo se usaban numerosos materiales combustibles que lo eran más por la presión que regía en la cabina. Además, la propia nave espacial Apolo, el módulo de mando, había tenido graves dificultades: era más grande y más compleja que cualquiera de sus hermanas mayores. Había viajado varias veces de Cabo Cañaveral hasta su fabricante, North America Aviation, para cambios y actualizaciones de diseño y para reparar un tanque de propelente que se había dañado durante una prueba. En uno de los retornos del módulo a la NASA, los técnicos descubrieron una filtración de refrigerante de agua y glicol, por lo que el módulo regresó a North America Aviation. Y todo había sucedido pocos meses antes de la prueba de enero de 1967.

En agosto de 1966, cinco meses antes de la tragedia, la tripulación había señalado su preocupación por la cantidad de material inflamable que almacenaba la cabina, en especial la red de nailon y de velcro con la que los técnicos pretendían anclar herramientas y equipos para que no vagaran en el interior en la ingravidez del espacio.

De todas formas, John Shea, responsable del “Programa Nave Espacial Apolo”, aprobó los planos y las reformas en el módulo. Entonces, Grissom, Chaffee y White le regalaron un retrato que cinco meses después se transformaría en un dramático símbolo. En lugar de la tradicional fotografía de los astronautas con sus enormes trajes y sus equipos de oxígeno y el emblema de la misión, los tripulantes de Apolo I se fotografiaron junto a una miniatura del módulo, los tres en un mudo rezo temeroso.

Grissom estaba tan frustrado y furioso con lo que juzgaba una incapacidad, cuando no una desidia, de los técnicos encargados de las misiones de entrenamiento para estar al día con los cambios que exigía el módulo de comando, que arrancó un limón de un árbol vecino a su casa y lo coló en el simulador, a modo de protesta.

En diciembre de 1966, un mes antes del estallido de Apolo I, Grissom expresó sus miedos de modo sutil. Dijo a un periodista en un reportaje: “Usted me ha puesto a pensar. Siempre hay una posibilidad de que haya un fallo catastrófico, por supuesto. Esto puede pasar en cualquier vuelo, en el último, en el primero… Así que sólo pensamos en hace lo mejor que podamos para cuidarnos de todo peligro. Y, si tenés un equipo bien entrenado, te largás a volar”.

Las viudas de Grissom, Chaffee y White pidieron que el nombre Apolo I se reservara para el vuelo que sus esposos nunca llegaron a hacer. El 24 de abril de 1967, tres meses después de la tragedia, el administrador Asociado para Vuelos Espaciales Tripulados de la NASA, George E. Mueller, anunció el cambio de nombre de la misión inicial. De ahora en más, la que era AS-204, se registraría como Apolo I, que era el nombre que llevaba estampado el módulo de comando.

La NASA determinó que la misión figurara como “Apolo I, la primera misión tripulada de vuelo Apolo-Saturno, falló en la prueba en tierra”. Tres cráteres de la Luna llevan hoy los nombres de Grissom, Chaffee y White.

La tragedia de Apolo I hizo que se revisara y rediseñara la arquitectura entera de las naves. Se usó en el interior del módulo una atmósfera mixta de nitrógeno y oxígeno: no existieron ya elementos combustibles en el interior del módulo; todo el cableado interno estaba completamente aislado y fue rediseñada también el sistema de las tres escotillas, en especial en la parte interna de la nave. En los trajes de los astronautas se desterró el nailon para siempre y fue reemplazado por “Tela Beta”, una mezcla de fibra de vidrio y teflón que no arde ni se funde. Los astronautas siguieron respirando oxígeno puro en el interior del módulo.

También se revisaron y rediseñaron los procedimientos y controles; se eliminó la cultura del apuro y fue reemplazada por una cuidada atención a los detalles, aunque el plazo de Kennedy para llegar a la Luna, “antes del final de la década”, siguió vigente.

Las investigaciones sugirieron, y más que sugirieron, afirmaron, que el módulo de mando era muy peligroso y, en algunos casos, ensamblado sin demasiados cuidados. De modo que, además de los cambios en el diseño, crecieron las normas de seguridad alrededor de la nave espacial. Se corrigieron mil cuatrocientos siete problemas de cableado interno y fueron ley los nuevos protocolos de seguridad en la construcción y mantenimiento de las naves espaciales. La NASA se había puesto los pantalones.

Hasta el 11 de octubre de 1968, un año y medio después de la muerte de los tres astronautas, no se produjo otro vuelo tripulado al espacio. Fue el de la Apolo VII. Los tres vuelos siguientes a la Apolo I, Apolo IV, V y VI, fueron no tripulados. Nunca hubo misiones Apolo II, ni III. /portal Infobae

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