EDUCACIÓN Y MODERNIDAD

Nuestros sistemas educativos son transmisores de los códigos de la modernidad, desde siempre. Esos códigos que llegaron allende los mares, allá en los siglos XV y XVI, cuando la modernidad desembarcó por estas tierras. Así el desarrollo y el progreso, desde entonces, siguen siendo las  mentalidades que se encuentran íntimamente ligadas a las maneras de cómo se enseña, y se educa, en Bolivia. El desarrollo y progreso no tienen ideologías, porque han arrasado con todas, en todas las latitudes del mundo y en todos los programas de desarrollo que conocemos. Por ahora no hay alternativas posibles, sino en las ideas, en los sueños, en las potencialidades como el Vivir Bien.

 

Lo que nuestros pueblos hicieron antes de la llegada de la modernidad, está destruido o distorsionado por siglos de atropello, de avasallamiento e incluso destrucción de los modelos anteriores en el sentido educativo. Sabemos muy poco desde la sistematización científica, lo que realmente nos queda. Si bien tenemos avances, respecto de las herencias ancestrales que fundamentalmente se quedaron en las comunidades, aun es poco para establecer como mecanismos o modelos posibles para las sociedades de estas épocas.

 

En los últimos años hemos sido testigos del avance de las fauces del capitalismo salvaje. Aquel que con los caballos de Troya de las tecnologías de la información, se han adueñado de los componentes educativos que consumen las nueva generaciones. Entonces, pues la ideología del consumo masivo y discriminado de todo es el sello de lo cotidiano. Modernidades a la orden del día, que siguen nomás moldeando y puliendo las mentes de los niños y jóvenes.

 

La globalización y la posmodernidad, como elementos determinantes en los últimos treinta años, han intentado borrar las fronteras de las naciones con la intención de homogeneizar al mundo en función del mercado total: consumo total. Hoy aún están testeando en plena pandemia los profundos cambios que se están articulando en el capitalismo. Es decir, no han abandonado la posibilidad de homogeneizar al mundo, porque la modernidad en esencia no conoce de fronteras culturales, sino sólo de cumplir los mandatos de las ideologías del desarrollo y progreso.

 

Así, el último grito de la modernidad que se llama transhumanismo que busca la unión definitiva entre la biología humana y las tecnologías de punta de la cibernética, es simplemente la continuidad de aquello que se inició en el siglo XV, bajo la tutela de la civilización occidental. Pues las revoluciones industriales, que son la patente de occidente, están apuntando al dominio total de sus tecnologías pero en la misma lógica del avasallamiento y la conquista total sobre las demás culturas. Avances impresionantes de dichas tecnologías, que sólo sirven y servirán a las élites del capitalismo: a unas cuantas familias del orbe occidental.

 

En esas lógicas de la dominación total, los sistemas educativos sólo obedecen a ciegas a aquellos ordenamientos, reordenamientos, mundiales. Las periferias del mundo, las más afectadas y domesticadas, sólo somos consumistas de última línea de dichos reordenamientos mundiales. Y sin modelos educativos realmente nuestros, con estrategias propias e identidades propias, no podremos hacer frente a semejantes poderes que tienen suficiente experiencia de siglos en imposición de mercados, en imposición de modelos económicos y por supuesto en modelos de desarrollo y progreso.

 

Pero al menos podemos utilizar sus propios modelos para nuestros beneficios, o estrategias propias. Lo que implica esfuerzos monumentales en hacer ciencia, en todos los niveles posibles, al interior de los sistemas educativos. Aspecto que no sucede, ni siquiera como apuestas en las periferias del mundo donde nos encontramos.

 

Jugar al azar, jugar a la suerte, a la incertidumbre clásica no nos conducirá precisamente a ningún lado. Eso nos ha demostrado la historia con toda claridad. Sin estrategias de Estado propias, sin planificación ni siquiera a mediano plazo, no llegaremos ni a la esquina del siglo XIX donde al parecer nos encontramos todavía: primera revolución industrial, donde ni siquiera entramos. En definitiva, las reglas de juego ya están construidas desde el siglo XV en el modelo que nos movemos, como imposición. Y mientras no construyamos otros argumentos históricos, para saltarnos del tablero de ajedrez occidental, tenemos que jugar bien: conocimiento y tecnología adecuada.

 

La pandemia nos ha obligado a ponernos al día al menos en el internet. Si seguimos nomás en la periferia de las periferias, no tenemos alternativas de sobrevivencia, sino como consumistas del mercado total: sin identidad, sin estrategias propias, sin posibilidades de enarbolar lo nuestro. Es un imperativo categórico el de construir procesos educativos de alto nivel, con el valor agregado de los aportes a partir de nuestras experiencias, que son muchas. Eso es consensos urgentes en la sociedad con las instituciones adecuadas, para tomar consciencia de que no podemos seguir jugando al azar cuando sectores del mundo corren a velocidades de la ciencia, precisamente con sus estrategias de construir Estado e institucionalidad con identidad propia.

 

por: Max Murillo Mendoza 

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