Gracias a la pandemia, hay oportunidades de otro futuro

Hace más o menos un año, justo cuando la pandemia estaba azotando a la ciudad de Nueva York, St. John Frizell y sus dos socios se estaban preparando para la gran reapertura de Gage & Tollner, un restaurante con 140 años de antigüedad en el centro de Brooklyn que acababa de ser renovado. Un día antes de la apertura programada para el 15 de marzo —en cuya preparación los tres socios habían invertido casi un año y medio—, tomaron la difícil decisión de no abrir.

Frizell emprendió la retirada a su casa de Brooklyn. “Los únicos sonidos de la calle eran los camiones de helado y las ambulancias”, recordó. Nervioso por tener que ir al supermercado, pero necesitado de comida para él y su hijo, se puso en contacto con uno de sus proveedores, Lancaster Farm Fresh Co-op, para ver si le podían llevar comida a su casa. Lancaster estaba entregando cajas con productos de temporada, pero necesitaba un pedido del tamaño suficiente como para que valiera la pena el viaje. Así que Frizell, quien de pronto tenía horas libres, hizo algo que no había hecho en un buen tiempo: se acercó a sus vecinos.

“Publiqué algo al respecto en un grupo local de Red Hook en Facebook y obtuve una gran respuesta”, comentó. “Pensé: ‘De acuerdo, puedo organizar esto para todos’”.

Frizell también es el dueño de Fort Defiance, un entrañable bar de Red Hook que inauguró en 2009 y que también cerró en marzo de 2020; se volvió el lugar para recoger pedidos. Los vecinos comenzaron a pedir otros productos, así que Frizell agregó cosas como leche, huevos, queso y carnes. “Mucha gente del vecindario empezó a buscarnos para conseguir sus alimentos de primera necesidad”.

Para mediados del verano, Fort Defiance se había convertido en una tienda tradicional de tiempo completo, con un nuevo letrero pintado encima del viejo “Café & Bar”. Este marzo, Frizell comenzó una campaña de microfinanciación para ayudar a la tienda a mudarse a un lugar más grande a una cuadra de distancia. (Gage & Tollner, el cual ha estado entregando comida para llevar desde mediados de febrero, planea ofrecer cenas al interior a partir del 15 de abril). Toda la experiencia hizo que Frizell se percatara de cuán más rica es su vida cuando está conectado con la comunidad.

“Desde el momento que me puse en contacto con las personas para preguntarles qué necesitaban me sentí muy bien, como si estuviera haciendo lo posible por ayudar”, comentó. “Sentí que tenía un propósito”.

Cuando una crisis altera la vida, como ha sucedido este último año, algunas personas ven oportunidades —de cambio, acción, introspección— que tal vez no habrían visto de otra manera. La pandemia ha provocado que muchas personas se cuestionen el modo en que viven y qué es importante para ellas. Esto sucede porque una crisis a menudo nos sirve para desarrollar una perspectiva más amplia de nuestras vidas, opinó Amit Sood , médico y director ejecutivo del Centro Global para la Resiliencia y el Bienestar en Rochester, Minnesota. Y esto nos permite replantear lo que vemos.

Por supuesto, para muchas personas que tienen dificultades para llevar el pan a la mesa o no cuentan con ahorros, tal vez no exista la posibilidad de lograr un gran cambio de vida, ni siquiera un simple giro de perspectiva. Sin embargo, para quienes tienen la fortuna de tener un espacio psicológico y la seguridad económica, este tipo de replanteamiento puede presentar verdaderas posibilidades de cambio.

“Si la gente se concentra en lo que está bien dentro de lo que parece estar mal en su vida (por ejemplo, el auto tiene un neumático pinchado, pero no es una pérdida total), puede ver las cosas que se le presentan como oportunidades”, opinó Sood.

Esto no es lo mismo que el pensamiento positivo . Más bien, se trata de ver las oportunidades en la vida para generar un cambio o una transformación, aunque sea en circunstancias difíciles, comentó Rick Hanson, psicólogo clínico y autor de “Resilient: How to Grow an Unshakable Core of Calm, Strength, and Happiness”. Hanson señaló que, aunque a menudo consideramos las oportunidades como cosas que existen fuera de nosotros, como un nuevo empleo o la mudanza a una ciudad diferente, las oportunidades de crecimiento y cambio también existen dentro de nosotros.

Por ejemplo, el año que acaba de pasar, Justin E. H. Smith, filósofo, historiador y profesor de la Universidad de París, realizó cambios sutiles, pero importantes. Smith se describió como un introvertido con una tendencia a llevar una vida rígida, en la que hace las mismas cosas de la misma manera todos los días. La pandemia lo obligó a restructurar su vida diaria y a suavizar su rigidez.

Ese tipo de momentos a menudo sacuden todo lo que creemos que es verdadero sobre el mundo y eso nos lleva a un crecimiento personal. “Son nuestras creencias sobre el mundo y por lo general no las cuestionamos, como cuán vulnerables o seguros estamos, cuánto control tenemos sobre las cosas o cuál es nuestra identidad”, mencionó Richard Tedeschi, quien en la década de 1990, junto con su colega psicólogo Lawrence Calhoun, acuñó el término “crecimiento postraumático”, para nombrar este fenómeno.

Todos los días usamos estas suposiciones sobre el mundo para tomar decisiones y planear el futuro. Cuando llega una crisis, a menudo tenemos problemas para creer y aceptar lo que está pasando porque altera esas creencias centrales. “Esto califica como trauma”, comentó Tedeschi. “Y puede poner en marcha cambios importantes en la vida de la gente”. De hecho, una de las cinco áreas donde ocurren el crecimiento y el cambio después de una crisis es el reconocimiento de las nuevas posibilidades.

Eso le sucedió a Elaine Mazanec. A mediados de 2019, era copropietaria de una agencia de relaciones públicas en Washington y la madre de un niño de 2 años cuando su marido murió de repente. Aunque era alguien que no estaba acostumbrada a pedir ayuda, se vio obligada a estar en una posición de vulnerabilidad.

“Me permití que me cuidaran como nunca lo había hecho”, comentó Mazanec. “Tuve mucho apoyo. No me sentí a gusto, pero fue lo que me permitió encontrar mi punto de apoyo después de la pérdida”.

Justo cuando estaba regresando a una rutina normal, cayó la pandemia. “La primera semana, me sentí casi como cuando perdí a mi esposo, como si me quitaran la alfombra debajo de los pies”, mencionó. En las semanas posteriores, se volvió más reflexiva, hasta apreciar los aspectos positivos de su vida, en especial la seguridad y el apoyo que tiene (y que tantas otras personas no tienen).

Mazanec decidió que quería ser una persona que apoya a los demás a pasar los momentos difíciles, así que comenzó a buscar programas de posgrado en trabajo social. Ya había pasado la mayoría de las fechas para presentar su documentación, así que cuando se enteró de que la Escuela de Trabajo Social de la Universidad de Maryland —su primera opción— había extendido su fecha límite a causa de la pandemia, lo tomó como una señal de que estaba en el camino correcto.

Ahora, en su segundo semestre del programa, mientras hace su trabajo de campo en una escuela primaria, Mazanec mencionó que siente que el trabajo tiene un propósito real y está alineado muy de cerca con sus valores.

“La pérdida que viví, esa tragedia, realmente me cambió”, comentó. “Y luego la pandemia me dio una oportunidad. Todo se dio de una manera que no podría haber predicho, pero sé que estoy donde debería estar”. /The New York Times

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