MAX MURILLO MENDOZA LA PEQUEÑA BURGUESÍA EN EL PODER
sábado, 2 marzo 2019 - 06:00 AM - La Voz de Tarija
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Recuerdo muy bien en los años 80 del anterior siglo, cuando las acaloradas discusiones universitarias entre marxistas, anarquistas, indianistas e izquierdistas de toda laya, sobre las condiciones sociales y la posibilidad de hacer la revolución. La peque bu, o los pequeños burgueses, quiénes ciertamente tenían características clásicas: bachilleres de colegios particulares, de iglesias católicas y protestantes o no, hijitos de papi con acceso a información, inquietos por los problemas sociales, en general troskistas, sobre todo en la UMSA. En todo caso cochinos burguesitos inquietos por lo político. Sin embargo, estas clases sociales medias jamás desde entonces tenían el coraje o talento por las acciones prácticas, por rajarse el pellejo o por apostar en serio a levantar las armas y realmente cambiar las estructuras sociales, pues eso mismo estaba en contra de ellos mismos, de sus privilegios económicos y sociales. Por supuesto que en la hora de la verdad eran los más conservadores.

No era raro en las marchas, cuando los problemas universitarios o la solidaridad con los movimientos obreros y campesinos, nunca se encontraban en primera línea. Desaparecían en realidad cuando las papas quemaban en serio. Pero en los cafés o las asambleas eran los más habladores, por supuesto. Características sociológicas que con el tiempo eran patrones de comportamiento. Sus padres, profesionales acomodados o burócratas del Estado, les cubrían las espaldas en sus aventuras universitarias y revolucionarias. Ciertamente en los años ochenta, después del 82, ya habían pasado las dictaduras militares donde sí todos se jugaban la vida siendo militantes de izquierda, y las palabras comunista o rojo eran para las mentalidades de la guerra fría demonios o herejes que debían desaparecer. Eso había terminado allá a mediados de los años ochenta, empezábamos a respirar otros aires generacionales y la democracia era el examen a dispensar en adelante, es decir lo liberar en sentido amplio y estricto también.

Pero las clases medias y altas, es decir los peque bus, vienen o son herederos de sus abuelos coloniales, conservadores y terriblemente señoriales. Los hijos rebeldes o marxistas de todo tinte, nunca abandonaron sus comportamientos conservadores. Varios de ellos regresaban al seno de su clase después de ser universitarios: se convertían en movimientistas o adenistas y después miristas también, como sus padres. La juventud era muy corta, como la rebeldía pasajera. Los intereses son más poderosos que la ideología. Las mentalidades conservadoras tienen larga data, desde la colonia y la república que es también colonia alargada en la modernidad. Las lógicas señoriales tienen escuela histórica, estructura estatal o privada, historia que deviene desde épocas decimonónicas cuando la hacienda o la minería eran las arcas ideológicas y políticas, para que los hijitos de papi hagan política y se adueñen a su turno del Estado.

Estas clases altas y medias señoriales, hoy han mutado, se han transformado exigidos por la modernidad y los negocios más exigentes. Siguen en las estructuras del Estado, por supuesto que ideológicamente son más revolucionarios que el mismo Ché, sus discursos se han modificado considerablemente, adaptados a las circunstancias de los avances de nuestras nacionalidades. Todo es posible, como nos enseña la historia tradicional, para mantener los privilegios y los negocios actuales. Sus abuelos fueron liberales, republicanos o conservadores, después movimientistas, falangistas o lo que sea aconsejable para seguir manejando la hacienda o la minería.

Lo grave de estas clases señoriales es que su conservadurismo es directamente proporcional a su inutilidad para cambiar las realidades. Sin imaginarios de Estado, sin ideas de Nación o apuestas radicales para cualquier ensayo de vida. Cobardes históricos en el fondo. Recuerdo que se desahogaban hablando de la Sierra Maestra o el octubre rojo ruso, ante su desconocimiento de nuestras propias realidades, deducidas de aquellas lecturas lejanas en la ausencia de investigaciones y teorizaciones propias.

En todo caso la peque bu sigue vigente, tan vigente que están como garrapatas en el Estado, porque les encanta la comodidad y la burocracia; no los cambios y las revoluciones. No las transformaciones radicales y las apuestas profundas. Disimulan con los parches, los remaches institucionales, los discursos de moda. Las poses y las pintas, los cafecitos de desahogo.

Pues sí, de hecho las marchas y bloqueos de caminos siguen siendo de pobres, de marginados y desocupados. No se ve ni por asomo a los peque bus, porque teóricamente  son inútiles y lo práctico nunca fue su fuerte. De hecho no existen teóricos actuales sobre los acontecimientos actuales, no hay teorizaciones y explicaciones sobre las modificaciones sociales y económicas, pues quizás sea demasiado exigirles dichos esfuerzos. Ningún peque bu acompaña a los cocaleros de Yungas, o a los grupos de indígenas abandonados por el Estado. Porque prefieren la comodidad y la seguridad de todos los sistemas, no importa la ideología o el sentido político. Quemarse o arriesgarse no es parte precisamente de su vocabulario y comportamiento. Los pobres y las naciones de estos territorios aprenden con sangre estos derroteros: confianza ni en la camisa.

La pequeña burguesía “radicalizada” se ha adueñado de todas las estructuras del Estado. Sin entenderla ni estudiarla. Con el mismo acto de toda su historia: conservadora y señorial, totalmente cómplice con los otros señoriales. Marx decía: “la historia se repite primero como tragedia y después como farsa”. No dudo que haya excepciones a la regla; por ahora no se destacan.

por: Max Murillo Mendoza

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