MAX MURILLO MENDOZA ¿BOLSONARO EN EL PODER, QUIÉNES TIENEN LA CULPA?
viernes, 11 enero 2019 - 06:00 AM - La Voz de Tarija
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La muletilla de culpar al imperio es por supuesto la primera excusa, ante las tragedias internas. Esas que son estructurales como el tipo de Estado que heredó el Brasil, después de la colonización portuguesa. Ciertamente la restauración que cunde por todo el mundo, ante la crisis del sistema, también se encarga de desmontar mitos que eran considerados sagrados en el siglo XX. La restauración conservadora tiene matices complejos entre los conceptos de nacionalismo y fascismo. Por ahora iniciales, pues los analistas todavía no se ponen de acuerdo en estos fenómenos con características especiales, que ya no soportan los esquemas de análisis tradicionales. Y la primera actitud debería ser la crítica científica, es decir aquella actitud  de buscar los errores internos, los fracasos internos, esos pasos traicioneros que condenaron procesos sociales por errores internos. Actitud por supuesto que requiere de una altura moral y ética intelectual, que es muy difícil encontrar por el momento en las mentalidades tradicionales, que buscan desahogar  sus tragedias buscando culpables lejanos y desconocidos.

El Brasil de Lula que parecía hace pocos años la promesa de una izquierda con propuestas en democracia, porque la democracia liberal es defendida por toda la izquierda en el mundo, porque hasta ahora no encontraron otro modelo de sociedad más de avanzada, al final encalló de manera preocupante. Pero las reglas de la democracia son muy claras, exige una legalidad intransigente, que en muchas sociedades simplemente no existen las bases y costumbres de esa legalidad. Y no me refiero a las clases bajas o pueblos, sino a las élites y clases altas que son las que siempre se adueñan de los procesos políticos. Lula también tuvo que rodearse de esos burócratas de la política, de esos cancheros en instituciones y con costumbres de poder incrustados por la historia. Entrenados en manejos de burocracia y mañas institucionales.

Los resultados empiezan a visibilizarse, como siempre ese divorcio entre discurso y prácticas reales vuelven a notarse. Se produjeron por supuesto medidas sociales importantes, no faltaba más. Pero, otra vez, ese desengaño profundo de que las clases altas en América Latina sólo viven el momento de euforia, la coyuntura y la farra en nombre de la revolución. Sin proyecto de Estado, sin proyecto de Nación, sin noción de Patria. Quizás por sus orígenes extranjeros, coloniales y con sangre allende los mares.

La corrupción no sólo es económica, es sobre todo moral y ética. Una sociedad corrupta ha perdido su alma y su voluntad de ver mejores días para las colectividades. Brasil lamentablemente está sumida en esa enfermedad de la modernidad, tan cruel y sangrienta que es la corrupción. Esa enfermedad ha cruzado a lo largo de las ideologías, de las clases sociales y los partidos políticos. Los discursos pueden disimular y gambetear con promesas de paraísos revolucionarios; pero la realidad siempre se encarga de dejar claro lo que en verdad es. Lula al parecer fue un resplandor de limpieza y coherencia, está por verse. Sin embargo, muchos de sus cercanos colaboradores eran nomás parte de esas costumbres latinas, corruptas y arrimadas al poder no para cambiar las estructuras, sino para aprovecharse al máximo de sus contactos, del poder y las influencias elitistas económicas que producen los pasillos del poder.

Ojalá que la intelectualidad brasileña de izquierda se proteja bajo el manto de la crítica, costumbre muy poco arraigada por estas latitudes. Crítica tan necesaria y urgente, para deshacerse de la viga en los ojos, que sólo ven los fantasmas del imperio como mecanismos de encubrimiento de los errores propios. Crítica olvidada y enterrada por los laberintos del triunfalismo, muy típicamente pequeño burguesa. Crítica como ejercicio necesario y coherente, si es que todavía hubiere la real voluntad de una revancha histórica;  resolviendo los trapos sucios en casa.

Los obreros, campesinos, proletarios, clases medias pobres y miserables de las calles de Brasil, quienes confiaron con su espíritu y esperanza en los líderes del cambio, tienen que estar decepcionados. Sus conductores les traicionaron en muchos casos. Porque no fueron recíprocos y espiritualmente transparentes. Porque en política los errores pagan siempre los más pobres, los más humildes. Para las clases altas sólo son experiencias, unas más, que serán evaluadas y escritas con letras de molde. Los pobres tragarán con tragedias esas derrotas imperdonables.

Bolsonaro es una pieza del engranaje conservador en América Latina. Militar que trae a nuestras memorias los malos recuerdos de las dictaduras, de los intereses imperiales que resolvían vía armada todas las contradicciones de nuestras sociedades, vía brutalidad y sangre. Hoy es presidente electo democráticamente. Con carta blanca para retroceder en todas las conquistas sociales de Brasil. Condenando a ese país a esos ciclos de la resignación y el pesimismo, entre unas épocas de avanzada y otras de retroceso. Y pues como en el mito de Sísifo, cada vez  volver a cargar la pesada carga de la historia para avanzar otros metros más en los derechos sociales y humanos.

La experiencia del Brasil tiene que enseñarnos, lecciones de profundidad en el sentido de proyección y lectura clara de los acontecimientos. Sobre todo en las categorías de la coherencia y el compromiso, que es en definitiva lo ético y lo moral. Porque eso es lo que derrumbó a la izquierda brasileña: la ausencia de la coherencia personal desde lo pequeño y cotidiano, hasta lo más grande. Miserias humanas que terminaron favoreciendo a las tendencias reaccionarias, conservadoras. Lamentablemente Mujica sólo hay uno. Pero ese ejemplo sería lo correcto y coherente en la masificación de los militantes de izquierda, hoy devaluados por la ausencia de comportamientos éticos y morales, es decir de comportamientos coherentes, en la inmensa herencia de Marx o el Ché en estas latitudes.

por: Max Murillo Mendoza

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