Virginia Mamani Choque, Matías y Nayra

Con el párrafo que sigue pretendí iniciar mi primer artículo, que desde ahora llegará a ustedes quincenalmente.
“Escribo desde la maternidad que despertó en mi la urgencia de amar y proteger, que me enseñó a ser niña otra vez sintiendo el gozo de seguir los colores de un arco iris y dar vida a las formas de las nubes, pero también desde la aliviante constatación de que las madres no somos seres perfectas, abnegadas y buenas como lo dicen las tarjetas de cada 27 de mayo”. 
Mientras ensayaba esa redacción, irrumpe en mis pensamientos el recuerdo de la noticia del reciente 7 de febrero informando que Virginia Mamani Choque de 33 años envenenó a sus hijos Matías y Nayra y luego se suicidó. Retomo la escritura de mi artículo y me avergüenzo de ese inaugural párrafo, lo siento tan odioso frente a la insoportable noticia de estas muertes. El primer impulso es borrarlo y volver a empezar, luego percibo que puedo borrar las palabras fácilmente, pero hacerlo sería un acto deshonesto con Virginia y conmigo. Sería un acto de complacencia con esta cruel realidad de desigualdades.
No puedo borrar la conciencia, no puedo borrar las monstruosas verdades, comparo la maternidad de Virginia con la mía y evidencio la banalidad de mis palabras de madre que decidió serlo, que decidió cuando y cuantos hijos tener, una madre no abandonada, con trabajo fijo, mientras Virginia nunca tuvo chance alguno para decidir nada, excepto cuándo poner fin  a una vida miserable y huérfana.
Dicen sus vecinas que no pudo dar a sus niños una cena de navidad, que la agobiaba la angustia de no tener el dinero para enfrentar los gastos que traería la cesárea del hijo que llevaba en el vientre, que no sabía de donde sacar el dinero para comprar los útiles escolares, que se ganaba el pan del día lavando ropa ajena y ya no daba mas con el cansancio y la hinchazón de pies que le ocasionaba el embarazo y las inclementes jornadas de sol a sol, que se fue hasta Villa Montes para encontrar al hombre que la abandonó intentando inútilmente conseguir una asistencia familiar.
Para Matías y Nayra no hubo un padre sino un hombre que desapareció de sus vidas para librarse de la responsabilidad de su crianza porque simplemente puede hacerlo como tantos otros lo hicieron, porque existe una sociedad que se lo permite, porque vive en un país en donde dejar a la madre y los hijos a que mueran de hambre es lo normal y cotidiano, es impune, es el ejemplo que dan todos los días otros hombres, desde autoridades políticas hasta cualquier hijo de vecino.

«Para Matías y Nayra no hubo un padre sino un hombre que desapareció de sus vidas para librarse de la responsabilidad de su crianza porque simplemente puede hacerlo como tantos otros lo hicieron, porque existe una sociedad que se lo permite»

Para Virginia no hubo un Estado corresponsable de su maternidad y embarazo, de la educación y cuidado de sus hijos, no hubo una seguridad social que le haya garantizado vacaciones, aguinaldos, descanso pre y post natal, ni subsidios de maternidad.
Mientras Virginia avanzaba en su séptimo mes de embarazo hubo en Bolivia una gran competencia automovilística internacional y el gobierno le restregó en la cara que para que ella y sus hijos pudieran apreciar ese trascendental evento gastó cuatro millones de dólares.
Para Virginia sí hubo voces de amenaza con el infierno a las mujeres que osen siquiera pensar en el aborto.  Voces que juzgan, sentencian y criminalizan a las mujeres pero no se cargan a la espalda la crianza de tres hijos.

«Para Virginia sí hubo voces de amenaza con el infierno a las mujeres que osen siquiera pensar en el aborto.  Voces que juzgan, sentencian y criminalizan a las mujeres pero no se cargan a la espalda la crianza de tres hijos»

Hoy, ninguna noticia habla ya de Virginia, Matías y Nayra, de por qué murieron, de cuántas Virginias hay a lo largo y ancho de este país, o al menos de algún plan gubernamental para apoyar a las madres solas.

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