MAX MURILLO MENDOZA ¿TIENE ALGÚN CONTENIDO LA PALABRA BOLIVIANO?
martes, 2 abril 2019 - 06:00 AM - La Voz de Tarija
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Bolivia tiene hasta hoy una historia colonial que sus procesos fueron a sangre y fuego, donde colonias extranjeras tienen el control total de la economía y el poder político, por supuesto aprovechando la palabra boliviano como estrategia de dominio. Estos grupos pigmentocráticos y racistas fundamentalmente, nunca reconocieron a las culturas nativas, dueñas de estos territorios desde hace miles de años. La historia moderna se inicia en la invasión de las huestes españolas; pero continúa con fuerza en los siglos republicanos donde alemanes, croatas, italianos, árabes o españoles han sido los dueños de la economía y la política. Los apellidos son elocuentes: Banzer, Marincovich, Sacha Llorenti, Nayar, Dabdub, Sánchez de Lozada, etc. La revolución de 1952 rompió en algo esa lógica brutal; sin embargo fue por supuesto desviado por estas élites, en el mismo proceso revolucionario, porque dicho proceso fue entregado por mineros y campesinos a manos de las élites.

Por esas profundas razones, las clases medias nunca tuvieron identidad con este país. De sus sectores más conscientes su máxima aspiración desde siempre fue la izquierda, que era lo que más les aproximaba a las reflexiones sobre nuestras realidades, quizás a compromisos más radicales también; pero jamás les aproximó a nuestras culturas. Los centros educativos, incluso los de vanguardia que están en manos de las iglesias católicas e históricas, reflejan precisamente esa manera de ver que tienen de este país. Clases medias que miran de reojo al país profundo. Así, no tuvieron la capacidad de generar un Estado realmente propio, que responda a estas realidades. Así no construyeron instituciones genuinas, sino que prefirieron la continuidad de lo colonial y republicano: Estado ajeno a nuestras sociedades, que maltrata y jode cotidianamente a la gente.

Dicen los cuentos tradicionales que la guerra del Chaco nos unió a todos. Que por fin los k´aras de clases medias y altas se acercaron a los pueblos indígenas, que hubo una integración y con el tiempo se produjo la revolución del 52. Otra vez, se montaron esas historias manipuladas y se escribieron para desahogo de las clases medias, ante la inutilidad de entender, sistematizar y explicar lo que tienen alrededor. Mientras los indios quechuas, aymaras y guarníes derramaban su sangre por un país que los odiaba y no les consideraba ciudadanos, los blanquitos se farreaban en la retaguardia, acompañados de mujeres y buenos tragos. Lo demás son cuentos inventados al calor de la historia tradicional, para seguir justificando el dominio y la expoliación sistemática en lo simbólico y económico.

En estas épocas de  “tiempos de cambio”, donde las clases medias se han adueñado de las instituciones del Estado, pues no es raro que nada cambie. Clases medias acostumbradas a los discursos de aula y café, inútiles en la práctica de los compromisos, es decir coloniales sin ninguna herencia liberal de la crítica. O como decía Octavio Paz: hijos de la contra reforma. Tiempos de cambio donde no ha cambiado el Estado, donde se ha fortalecido lo tradicional en sentido republicano y colonial. Lo inclusivo ha sido sólo de puestos de trabajo y corrupción, no de políticas reales y de apuestas a construir un verdadero Estado moderno, veloz, inclusivo y abierto al mundo con personalidad e identidad propia. Pues la palabra boliviano sigue siendo etérea, sin contenidos, sin historia, sin identidad. De simples himnos y homenajes casi religiosos, para seguir profundizando los inventos de la historia tradicional en nombre de esas colonias extranjeras, que hoy son por supuesto bolivianos.

Clases medias metidas en la izquierda y la derecha por igual, que no tienen identidad e historia con estas realidades. Por lo que no interesa en los lugares que estén, sino lo que real y estructuralmente son: producto de una historia no construida, impuesta por las poderosas circunstancias de la colonialidad, sin proyecto de clase o nación, con simple continuidad de las estructuras mentales y materiales de la colonia.

Probablemente uno de nuestros desafíos presentes más importantes, sea precisamente el de ponerle contenidos a la palabra boliviano. Eso es cambiar en todo, sobre todo en los imaginarios de la palabra boliviano: sin autoestima, sin personalidad ni historia propia sino prestada. Hoy dicha palabra no nos identifica a todos por igual, incluso para las oligarquías es una palabra extraña, pues ellos tienen sus propias historias y nacionalidades de donde provienen.

En estos años los pueblos indígenas han sido devaluados y desprestigiados, por acciones políticas poco acertadas  como la propaganda de reserva moral, cuando en realidad fueron corrompidos como en la época del MNR y la época del dictador Barrientos con el pacto militar campesino. Semejantes espectáculos sólo han proyectado una visión absolutamente resentida, vengativa, frente a las demás clases sociales. Eso no ha favorecido a la integración global y esfuerzo por llenar de contenidos la palabra boliviano, sino todo lo contrario. Estos elementos absolutamente mal intencionados y politiqueros tienen que ser revertidos, curados y definitivamente eliminados de las prácticas tradicionales de la política.

Construir carta de ciudadanía no sólo es nacer en este país,  sino la manera de morir por ella como dijera el padre Espinal. Ese camino todavía largo y pedregoso implica llenar, poco a poco, de contenidos a la palabra boliviano. Caminos de consensos profundos entre clases sociales, naciones ancestrales y llegados de allende los mares. Eso implica también la construcción de instituciones más humanas, por fin algún Estado que no tenga lógicas republicanas y coloniales que sólo se encargan de destruir nuestros tejidos sociales, mediante la burocracia corrupta y cotidianamente asesina de las iniciativas económicas o sociales de nuestras sociedades.

Pensamos que en estos años ocurrirían eventos en esa línea. No ha sido así. Ni modo. Siempre es hora de seguir adelante y remontar a todo lo malo para seguir nuestros derroteros. Y nuestro destino tiene también que ver con llenar de contenidos reales a la palabra boliviano.

por: Max Murillo Mendoza

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