ARTURO YÁÑEZ CORTES LOS MARISCALES DE “LA HAYGA”
Lunes, 8 octubre 2018 - 07:00 AM - La Voz de Tarija
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Pues sí, también yo –que me las daba en ese tema de pesimista bien informado- creí que por lo menos, la CIJ sentenciaría que Bolivia y Chile debían negociar: una sentencia abierta, pero favorable al fin de cuentas. Pues no, recordándonos aquello que la realidad es más terca de lo que parece, sus Jueces fueron descartando cada uno de nuestros argumentos legales (esperaba un golcito, aunque sea en los descuentos, pero jamás llegó) y terminaron resolviendo que no habíamos probado esa obligación de negociar, a partir de la doctrina de los actos unilaterales. Un mar, pero de lágrimas.

Aplaudí en su momento que hayamos escogido la vía más “civilizada” para intentar resolver el diferendo, acudiendo al más importante Tribunal creado por la humanidad para solucionar conflictos entre estados, suponiendo –aún lo creo- que el equipo legal boliviano, como todo abogado serio lo hace cotidianamente, ante una situación fáctica, evalúa lo más objetivamente que puede, las reales posibilidades y debilidades del caso, encuentra la normativa y jurisprudencia aplicables, construye la teoría del caso y, sobre todo, estima las reales posibilidades de probarlo (es la columna vertebral de todo proceso) pues de lo contrario, podría tener un caso espectacular, pero el déficit probatorio acarreará que termines lanzando a tu defendido a una piscina… sin agua.

Pues bien, fuera una necedad negar, aunque nos duela, que hemos sido vencidos. No se trata, por supuesto de una derrota cualquiera, sino incumbe al tema seguramente más importante para todo boliviano, dada su capacidad de congregarnos en torno a esa cuestión que la llevamos en nuestros genes. Peor aún, sus efectos –aun incipientes- permiten vislumbrar que han sido significativamente amplificados, por el uso que la demanda recibió –impulsada por nuestra inicial victoria por el litigio accesorio competencial- para fines personales y electoreros: el régimen necesitaba desesperadamente una victoria que le permita justificar lo injustificable, la eterna pero especialmente ilegal candidatura de su jefazo. Se le juntó la gula con las ganas de comer y, terminó en persona, en vivo en directo, con los churkus hechos en plena CIJ, con su comitiva de incondicionales: trágame tierra!!!

Y con ellos, prácticamente todos nosotros. ¿Y ahora? Cabría considerar que no sólo hay que saber ganar, sino también perder y, en ambos casos es determinante man-tener la dignidad. BOLIVAR decía que el arte de vencer, se aprende en las derrotas; pero no: el jefazo y sus adictos, una vez más no dieron la talla y, la emprendieron como acostumbran internamente, contra todo lo que se les mueve. Que el imperio (no podía faltar… es la clásica); que se quejarán ante la ONU por “sus jueces”, que desoyeron el clamor popular (quien les habrá dicho que en ese tipo de causas, eso permite inclinar la balanza); no faltó quien dijo que en realidad habíamos ganado por haber internalizado nuestro reclamo (si se trataba de eso, sin necesidad de la demanda y el papelón, podríamos haber gastado mucho menos propagandeando); que fue un triunfo –dice- sentar en el banquillo a Chile y así sucesivamente, un mar de estupideces. La peor, despotricar contra los mismos Jueces que…en el inmediato futuro resolverán el tema del Silala.

¿Y entonces, qué debiera hacer el régimen que, nos guste o no, en este momento gobierna y nos representa? Recurrir a la resiliencia: capacidad que tiene una persona o un grupo de recuperarse frente a la adversidad, para seguir proyectando el futuro. Dejemos de atar (nos) al mar como si fuera la única vía para el progreso y abandonemos nuestro eterno lamento boliviano. De acuerdo, retóricamente nunca renunciaremos a lo que es nuestro, pero l@s bolivian@s tenemos enormes capacidades para dotarnos mejores días. Ello conlleva construir un genuino sistema democrático, lo más alejado de salvadores que le meten no más por encima de todo; construyamos instituciones de a de veras, urge tener una justicia confiable; que los altos cargos que deciden, sean idóneos no sólo en el plano estrictamente técnico sino personal (dignidad para sí mismos y profundo respeto por los derechos de los terceros, peor si son sus garantes) y así sucesivamente, un gobierno que no tenga como única meta mantenerse como sea en el poder sine die, pero también seamos ciudadanos que tengamos plena conciencia de tales, huyendo entre otros del servilismo, pues:“En las cenizas de la derrota, están las semillas de la victoria”. Qué conste… NO MAS.

por: Arturo Yáñez Cortes

 

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