RAÚL PINO-ICHAZO TERRAZAS BOLIVIA SEGUNDO PAÍS MÁS VIOLENTO CONTRA LA MUJER: AFRENTA A LA SOCIEDAD BOLIVIANA
Domingo, 8 julio 2018 - 07:38 AM - La Voz de Tarija
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No hay peor sordo que el que no quiere oír y  malísimo, no escrudiñar conscientemente la situación,  y esto es para la autoridades, pues  la etiqueta a  Bolivia significándole como el segundo país más violento contra la mujer, el ser más importante de la creación, es deplorable y nos transporta a lo primitivo de las reacciones humanas que emanan del hombre.

Las sociedades sensibles, solidarias y amantes de la especie humana, sin la execrable distinción de género, están preocupadas en forma perspicua y constante por la brutal violencia sexual y el feminicidio que crece y se establece en América Latina.

Esta incontestable realidad que viola  el máximo concepto de respeto a la vida  que es un bien divino y jurídico inderogable, genera que las sociedades  reflexionen  sobre sus propios  fallos para asumir culpabilidad por el alto costo en la pérdida del progreso en cada país, y este progreso debe consolidarse en el mejoramiento de la aplicación del Derecho pues la impunidad es un elemento que procrastina el avance de las sociedades,   perpetúa la violencia y la discriminación de las mujeres, que reiteramos son los seres más importantes de la creación.

Hoy, en las ciudades latinoamericanas y en el campo ningún hogar  es un refugio seguro para conservar  la integridad física y hasta la vida. El afán subalterno de mantener la primacía  del hombre, decanta en la ineficiencia de los departamentos de Policía que transforma su responsabilidad en una verdadera aporía debido a que continúa siendo muy peligroso denunciar a los agresores  de mujeres y niñas,  para la propia víctima y sus familiares.

Este desajuste en las sociedades  no es un problema fácil ni sencillo, por lo contrario, muy complicado, empero, solucionable; para ello se requiere leyes draconianas que determinen la pena sin absoluta posibilidad de medidas sustitutivas menos de indulto, y  sobretodo políticas públicas  coherentes, educación obligada a los niños en las escuelas y colegios  sobre la presencia de la violencia y la forma de desactivarla, ciudades seguras, transporte seguro y solvente, escuelas seguras para evitar el acoso escolar, germen donde se inicia  la violencia y sobre todo el compromiso  espiritual sin prescripción entre hombres y niños en la construcción, consolidación y defensa a ultranza de una cultura que extermine definitivamente  y en todas sus formas posibles  la discriminación contra las mujeres  y niñas, eliminando  la recurrencia del feminicidio.

Este cambio debe suscitarse  a muchos niveles, tanto en las estructuras culturales  como físicas de las sociedades y, aunque se  registran  algunos progresos en 18 países de Latinoamérica con la adaptación en la legislación para asegurar que el feminicidio sea investigado inmediatamente  y castigarlo, que no deja de ser un lirismo pues existen leyes, empero, no se implementan duramente con la coacción, que es el brazo policial.

Esta tendencia debe implantarse universalmente y todos los gobiernos deben reconocer imperativamente la cruel dimensión y las implicaciones  que acarrea la violencia  contra mujeres y niñas, como efecto y, como resultado, una fortísima acción judicial para lograr el cierre  de los casos con condenas ejemplarizadoras que despierten el temor y la reflexión,  pero la reflexión correcta que es la meditación comparativa y examinante contrapuesta a la percepción sencilla y a los juicios primigenios.

por: Raúl Pino-Ichazo Terrazas

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