EDUARDO CLAURE SISTEMAS DEMOCRÁTICOS LATINOAMERICANOS DERIVADOS EN GOBIERNOS AUTORITARIOS, QUÉ HACER..?
Miércoles, 3 enero 2018 - 06:58 AM - La Voz de Tarija
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A partir de 1978 en América Latina se fueron retomando varios gobiernos democráticos, de una en una fueron desapareciendo las dictaduras, hasta que a finales de los 80’, únicamente persistía Cuba soterrada en su “sistema comunista”. Esta mutación política suscitó esperanzas y un renovado optimismo en la región pues, con gobiernos elegidos popularmente, se pensó que se iniciaría una etapa de consolidación capaz de asegurar las libertades ciudadanas y de crear un ambiente propicio para el crecimiento económico. Sin embargo este último objetivo resultó, en general, sin presencia efectiva.

En este contexto, las cuatro últimas décadas mostraron un crecimiento lento e irregular, sometido a constantes fluctuaciones de no poca magnitud. La llamada crisis económica de la deuda de 1982 fue mal encarada por las restauradas democracias; en muchos países se profundizó el mismo modelo estatista que había producido la crisis, con sus secuelas de brutales inflaciones, desempleo y aumento de la pobreza. Al final de los 80’ varios gobiernos decidieron introducir reformas al sistema vigente, definitivamente inviable, disminuyendo los gastos del estado, balanceando sus cuentas y favoreciendo el desarrollo de una economía más libre y abierta. La crisis fue entonces superada, al menos en sus efectos de corto plazo, lo que sin duda contribuyó al afianzamiento de los sistemas políticos democráticos que se habían establecido o estaban a punto de introducirse. Se había iniciado el modelo “neoliberal”.

Chile, una nación gobernada por una rígida dictadura había impuesto un modelo de economía de libre mercado y se destacaba en la región por su eficaz manejo de la crisis. Pinochet, había logrado recuperar con velocidad después de sufrir una seria recesión y avanzaba económicamente a paso rápido, reduciendo el desempleo y mejorando la calidad de vida de los chilenos. Sus políticas económicas resultaban coherentes y bien encaminadas, produciendo excelentes resultados económicos y sociales. ¿Es que acaso, por desgracia, era la dictadura misma el factor que alimentaba los éxitos del país? ¿Eran las democracias, que existían ya en la mayor parte de América Latina, las que debilitaban la conducción económica e impedían resolver los problemas que aquejaban a las demás naciones?

Concluyamos que no era el modelo político de Pinochet el que favorecía el desarrollo económico sino que, por el contrario, podía decirse que Chile avanzaba porque aplicaba de un modo consecuente políticas de libre mercado, aún a pesar de la falta de libertades políticas y civiles: no era la dictadura el factor que favorecía el desarrollo sino que, con justas políticas económicas, se podía lograr un rápido desenvolvimiento económico aunque existiese el estorbo de un sistema político opresivo.  Iniciada la década de los 90’ las exitosas reformas de Bolivia (post UDP, 1986, inflación más alta del mundo), México, Perú, Argentina y Brasil confirmaron esta opinión, no obstante, desde el punto de vista contrario, se destacaba que el caso chileno se parecía más al de los llamados “tigres asiáticos” que al de los demás países de América Latina. Corea del Sur y Taiwán había logrado el despegue de sus economías bajo auténticas y duras dictaduras, Hong Kong lo había hecho siendo colonia británica y sin gozar de libertades políticas, mientras que Singapur creció bajo un régimen autoritario y nada democrático. China, bajo la tiranía comunista, exhibía un desempeño admirable en materia económica y los restantes ejemplos asiáticos, sin excepción, mostraban una concordancia con la opinión de que se necesitaban gobiernos fuertes durante un largo tiempo para alcanzar un desarrollo sostenido que pudiese reducir drásticamente la pobreza.

En aquellas décadas surgía la interrogante: era necesaria una dictadura o al menos un gobierno autoritario y estable para alcanzar metas concretas de desarrollo? Podríamos concluir que no cualquier gobierno autoritario era útil para lograr metas económicas y sociales deseadas. Cuba siempre pobre, no ha estado acaso también bajo una dictadura sempiterna? Todos los sistemas comunistas, fracasados, los gobiernos de Asia o de aquellos países latinoamericanos que, en la década de los setenta llevaron al estancamiento y a la crisis posterior a sus países, acaso no eran también dictaduras comunistas? En conclusión: las reformas señaladas habían sido realizadas como respuestas coyunturales a la grave crisis de los ochenta y no como un programa de cambio estructural. Una vez pasada la crisis no hubo voluntad política para extenderlas y en varios casos y países, por el contrario, se dio marcha atrás.

A finales de los 90’ en Venezuela, sucede un hecho gravitante que llevaría a la región a un ascenso de las izquierdas, Hugo Chávez logra la presidencia con el 56% de los votos en las elecciones de diciembre de 1998. Este cambio representó algo más que el simple balanceo entre “izquierda” y “derecha” en las democracias de la época. Chávez llegó cargando un programa llamando a una asamblea constituyente “original” y una monserga inflamada que propiciaba el enfrentamiento entre pobres y ricos, presentándose como un populista que quería iniciar cambios radicales a favor de los sectores postergados de siempre. En pocos meses, desmanteló todo la arquitectura institucional de su país y adoptó una posición confrontacional durísima que no permitía compromisos ni consensos. En 2003 era dueño absoluto del poder, acomodado como dictador por encima de toda legalidad e impulsando una transformación socialista dura, rígida e inflexible. Impuso su “Revolución Bolivariana” sin mayor derramamiento de sangre, haciendo algo que siempre pareció imposible: destruir la democracia desde adentro, copando sus instituciones después de una primera victoria electoral legítima, tal como lo hicieron algunos fascismos europeos de la primera mitad del siglo XX y ciertos caudillos latinoamericanos de la época. La democracia venezolana de una tradición nada desdeñable que había sido capaz de asimilar las amenazas guerrilleras de los 60’, manteniendo el principio de alternabilidad y garantizando algunas libertades políticas básicas, quedó fuera del contexto chavista. Se transformó en un sistema totalmente personalista en lo político y cada vez más de título socialista y opresivo en lo económico.

Si el chavismo hubiese sido sólo una excepción “pasajera” no estaríamos, en el hoy preocupante que representa “su legado” transmitido a Maduro. Al poco tiempo, sucesivos cambios políticos de fondo se empezaron a dar en varios otros países de la región, como Bolivia, Ecuador y Nicaragua, con una similar tendencia en Argentina y Paraguay; también en Perú, México y Costa Rica, surgiendo copistas del militar venezolano que, si bien no alcanzaron el poder, llegaron a tener fuerte votación. Quedó así debilitado fuertemente el “sistema democrático”, es decir que, la idea de que las peores amenazas contra tal sistema vienen de los golpes de estado o de injerencias externas, la suposición de que una democracia consolidada y funcional —como lo era la venezolana— es capaz de resolver todas las tensiones internas que existen en la sociedad y sostenerse como modo de gobierno aún en las circunstancias más difíciles. Lo que vemos hoy en América Latina, por el contrario, es la fragilidad extrema que poseen los regímenes democráticos de la región, su debilidad ante la demagogia y el populismo, cuando estos se deciden a usar las libertades existentes para capturar el poder y destruir las instituciones y los valores en que se fundamenta el sistema democrático liberal, que bien de males, construyó república, de la mano de un desarrollo más o menos planificado.

Ante este cuadro situacional, en la Bolivia actual, se hace imperativo recuperar la democracia. Pero no entendiendo a esta democracia, simplemente, como una forma de gobierno donde la soberanía reside en el pueblo y en la que las decisiones fundamentales se toman por la regla de la mayoría, mediante sucesivas elecciones y nada más. Lo que debe hacerse es añadir requisitos importantes que provienen del antiguo ideal republicano: elecciones realmente libres, que el gobierno se ejerza por medio de representantes, que se respete a las minorías y que exista un estado de derecho, donde las personas que ejercen los cargos públicos tengan que someterse a la ley igual que todos los demás ciudadanos. Si no se cumplen estas condiciones el “sistema democrático actual” continuará degenerándose, para convertirse abiertamente el 2020 en lo que se llamará la tiranía de las mayorías, donde se continúen conculcando los derechos de las minorías y el gobernante, apoyado en parte por la masa de votantes, logre imponerse con un poder absoluto sobre toda la sociedad, ni qué decir de los poderes públicos y generando una terrible presión sobre lo privado. Acabará así la democracia recuperada con sangre el 10 de octubre de 1982 y se tornará, abiertamente, a un sistema de tipo dictatorial y/o totalitario que trabajará bajo la fuerte influencia de Rusia, China y principalmente Irán, con todas las secuelas de lo que significa crear la plataforma latinoamericana frente al imperio, norteamericano, por supuesto.

El sistema político impuesto a partir del 2006, no sólo prometió mantener el orden, sino mecanismos para la resolución pacífica de los conflictos y que permitiría la libre expresión de la voluntad del pueblo; prometió bienestar a todos, redistribuir la riqueza y combatir la pobreza, otorgar empleo, salud, educación y vivienda. Y aquí, aunque no lo parezca, radica el meollo del problema: cumplió a medias o no cumplió nada en “12 años de gestión”. La democracia masista se concibió como una gigantesca máquina de redistribución económica, generando graves problemas que desafían toda solución: los pobres reclaman cada vez con mayor intensidad que se les otorgue beneficios de toda naturaleza; ante la clases media y políticos, hacen promesas que son acogidas con entusiasmo, pero que resultan imposibles de cumplir. Desde el gobierno se toman medidas económicas de corte populista, de corto plazo, que son bien recibidas por buena parte del pueblo pero que lesionan la economía y resultan por lo tanto completamente ineficaces.

La corrupción se extiende: con tanto dinero (sin información veraz de la venta de hidrocarburos) circulando a través de infinidad de programas, con tantos funcionarios a cargo de entregar dádivas y subsidios y manejo de empresas estatales, crecen las tentaciones y las posibilidades de apropiación indebida de los fondos públicos, ante la ausencia de control o fiscalización. Una descomposición moral, gradual, profunda, extendida y altamente perniciosa, ha ido corrompiendo todas las instancias de la vida pública, lo que despierta el natural repudio de la ciudadanía ante tanta denuncia de corrupción vertiginosa y acelerada, a la par que el narcotráfico y el contrabando, la inseguridad ciudadana y las estructuras de corrupción en el aparato de justicia. El extractivismo está liquidando la naturaleza, los servicios de salud en estado calamitoso, el desempleo en aumento, las reservas del BCB en franca disminución (ahora quieren echar manos a los fondos de las AFP’s), el 2025 el 60% será gente joven en busca de empleo, etc., etc. Este gobierno democrático autoritario en la mejor época del auge económico ha conducido a la debacle económica que se avecina, merece perpetuarse? Esta democracia redistributiva en beneficio de sus propios operadores han generado un ambiente muy poco favorable para su consolidación debido a dos consecuencias de suma importancia: el aumento de la corrupción y el abandono de las funciones esenciales del Estado.

En las dictaduras, es raro que se descuiden las funciones de defensa y de seguridad del Estado: a todo dictador le interesa que reine el orden y la seguridad en el país que gobiernan, porque así están en mejores condiciones de mantenerse en el poder y desbaratar las posibles conspiraciones de sus adversarios. Claro está, en este ambiente de orden pueden suceder muchas cosas: puede existir una sana política económica, que favorezca el desarrollo de toda clase de actividades productivas que impulse al país a niveles verdaderos de un desarrollo sostenible o puede existir también una política demagógica, que trate de otorgar prebendas a diversos grupos y que refuerce el control del Estado sobre la economía, haciendo así a los ciudadanos más débiles frente al poder. El caso de las dictaduras comunistas de la región (ALBA) que se apropia de todos los recursos y se ocupan de todas las actividades económicas, han dejado a la población completamente desvalida frente a las decisiones del gobernante. Sólo en el caso de dictaduras que separaron nítidamente las esferas de lo político y de lo económico, eliminando los derechos políticos pero permitiendo la libertad de producción, intercambio y consumo, se produce el resultado de un mayor desarrollo, como el que tuvo el Chile de Pinochet o la China de Deng Xiaoping.

Entonces, apostar por la continuidad de esta dictadura del jefazo, es como participar de una lotería incierta, donde la mayoría de los números llevan a la perdición pero unos pocos, en cambio, tienen el premio del crecimiento económico, que en este proceso de 12 años no fue precisamente el pueblo de Bolivia y sus instituciones y la organización productiva, industrial, la iniciativa privada individual o asociada, sino: cocaleros, contrabandistas, FONDIOC, barcazas chinas, AMETEX, Banco Unión, YPFB, CAMC, socios de la CONALCAM, CONAMAC, Pacto de Unidad, etc., etc. Lo que lleva a pensar en conclusión, qué, esta lotería de números amañados, dados cargados o cartas marcadas, no va más. Con trúhanes, nunca más..!!

por: Eduardo Claure

 

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