Rurrenabaque a orillas del río Beni

Una aventura en la exuberante selva amazónica de Bolivia

Una aventura en la exuberante selva amazónica de Bolivia
La amazonía boliviana es hogar de más de seis mil especies de plantas y árboles y cientos de especies de aves, mamíferos y reptiles
Sábado, 30 diciembre 2017 - 11:11 AM - Agencias
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Para el imaginario colectivo, el acceso a la selva amazónica es una travesía dificultosa. Se la percibe tan densa como misteriosa. Ajena y lejana. Pero esta creencia contrasta con la realidad. La cuenca fluvial del río más caudaloso del mundo, y el bosque tropical que se nutre de ella, están a solo 40 minutos de avión desde La Paz, capital de Bolivia. La pequeña localidad de Rurrenabaque, a orillas del río Beni, es la puerta de ingreso al Parque Nacional Madidi y a las fascinantes Pampas del Yacuma, dos áreas protegidas muy próximas y con una increíble biodiversidad, donde la naturaleza se presenta casi virgen y exuberante.

Viaje al Madidi

El viaje hacia el interior del Madidi se inicia temprano, en un bote a motor de 40 HP. En el primer tramo, río arriba por las aguas marrones del Beni (afluente del Amazonas), subyuga el paisaje, en el que se alternan y funden la precordillera y la selva. Llevados por la corriente, formando a veces pequeños islotes, flotan muchos árboles arrancados de las costas en las crecientes.

Rurrenabaque

La embarcación navega las aguas del río Beni

A unos 100 kilómetros de la partida, la embarcación vira hacia el oeste para tomar el río Tuichi. Las estribaciones, cada vez más lejanas, empequeñecen. También el curso de agua cambia: más angosto, de tonalidad verde y barranca viva. Hay tramos con rápidos, llenos de torbellinos que en época de lluvias, entre noviembre y marzo, se tornan muy correntosos. Pero ahora el nivel está bajo y deja ver el corazón de piedra de su lecho. Parado en la proa, uno de los tres tripulantes, con una larga vara de madera dura y fuerte –por lo común de pichanillo o cipico, especies propias de la región– sondea la profundidad en busca del mejor camino. Pero en ocasiones la embarcación, en la que pueden viajar hasta ocho pasajeros, encalla y deben bajar para remolcarla. Tienen experiencia y lo hacen con presteza.

Tras unas cuatro horas y media de viaje, el destino final, en pleno corazón de la intrincada selva del Madidi, es el albergue ecológico Chalalán. Ubicado a orillas de una bella laguna, de la cual toma su nombre, el sitio es un emprendimiento de la comunidad indígena tacana-quechua de San José de Uchupiamonas, en el que resalta su carácter cooperativo y de autogestión. (Ver más adelante, “Una historia de película…”)

Marcas de la colonia

El nombre San José refleja la presencia religiosa en la colonización de estos parajes. Fundada por sacerdotes franciscanos en 1616, es la población más antigua de la región. Pero, agotado el interés inicial por la anexión de territorios y alterado para siempre el modo de vida de sus habitantes, el destino de unos y otros quedaba librado a su suerte. Con los años, este enclave pasó de ser estratégico para controlar las rutas de la sal proveniente de Uyuni y de las pieles de la Amazonia. “Nos sentíamos olvidados como otras comunidades de la zona. Por falta de recursos para la educación y la salud, muchas familias emigraron. Vimos de cerca el riesgo de desaparecer, como sucedió con Mamacona”, subraya el guía y referente de la comunidad, Ovidio Valdez.

En lugar de matar a los animales con fines comerciales, o de cortar los árboles para vender la madera, apostaron a conservarlos y vivir con la naturaleza, no contra ella”, dice Ana Cáceres, administradora residente del albergue, contratada por la comunidad. La salida que los josesanos hallaron para su situación fue lograr un equilibrio entre los elementos ancestrales y modernos, con el turismo sustentable como herramienta. Incluso el comercio intra e intercomunitario se lleva a cabo de un modo alternativo, con el trueque como forma de intercambio dominante. Los habitantes de San José casi no manejan dinero. Y el que obtienen por Chalalán lo invierten en mejorar la salud y educación de la comunidad, incluyendo la formación de guías turísticos, desarrollo gastronómico y otras ocupaciones necesarias para hacer frente a los nuevos desafíos que encuentran a cada momento.

Reserva de Madidi

Ingreso al Parque Nacional Madidi

Las cabañas y demás instalaciones de Chalalán fueron construidas casi en su totalidad con materiales provenientes de la propia selva: las paredes son de palmera chonta; los techos, de hoja de jatata, también de la familia de las palmeras; la mayoría de los pisos son de mara o caoba, y en la elaboración de los manteles individuales se emplearon los racimos de frutos de la palmera azaí. Para llevar a cabo la obra, los árboles talados fueron muy pocos, ya que también se aprovechó madera incautada por la tala ilegal –que el Estado boliviano decidió destinar a estos fines en lugar de quemarla, como se hacía antes– y varios ejemplares caídos por los fuertes vientos que suelen castigar a esta región. El bosque, espeso y húmedo, se alza, como siempre, orgulloso y vital, a pocos metros.

La naturaleza es sabia y la selva, proveedora, dicen los josesanos. Federico, un turista italiano de 27 años, pudo comprobarlo en carne propia. No le cayó bien la sopa de Choquizuela (rodilla de vaca) que comió en Rurre –apócope afectuoso de Rurrenabaque– la noche anterior a su arribo a Chalalán. Siente gran malestar y pregunta por algún medicamento. Le traen un té de palo diablo. La mejoría es casi inmediata, y al día siguiente está como nuevo. Otro tanto le sucede a este cronista con la acidez estomacal: té de hierba luisa y santo remedio.

El visitante debe estar preparado para el trekking en la selva (término aceptado coloquialmente, aunque desde el punto de vista técnico la zona es un “bosque pluviestacional húmedo de pie de monte de los Andes Tropicales”), siempre con un guía, y dejarse sorprender por la extraordinaria diversidad del entorno. Hay muchos animales, aunque se dificulta observarlos debido a su natural recelo respecto de la presencia humana y a la espesura e inmensidad de la vegetación. Pero se siente el rumor de los monos araña, que se dejan ver fugazmente, moviéndose sobre las copas de los árboles, 10 o 15 metros por encima de las cabezas de los caminantes.

También aparecen de pronto, haciendo travesuras, varios ejemplares de un mono más pequeño, al que los lugareños llaman Chichilo. Aficionados a robar y comerse los huevos del serere –ave que anida siempre en las cercanías de los cursos de agua, muy seductora para los fotógrafos por su extraña apariencia–, se detienen en las ramas para saborearlos con fruición.

Monos

Los monos chichilo entre los árboles y enredaderas (Pablo Bielli)

Los guías aseguran que en el Madidi hay más de 300 especies de mamíferos y 1.000 de aves, y 200 variedades de reptiles. Demasiadas para poder individualizarlas o fotografiar, al menos, a un considerable porcentaje de ellas. Luego, advierten sobre la presencia de jaguares en las cercanías. No es simple verlos. Ni debe ser demasiado agradable, supone nuestra adrenalina. Pero a veces ocurre: “El otro día me topé con uno, a metros de la cabañas”, cuenta Ana Cáceres.

Para los aficionados a la botánica este es un lugar único, ya que cuenta con 6 mil especies de árboles y plantas, que los locales conocen bien y utilizan para los más variados fines. “¿Ven esta planta? Se llama ayapira”, dice René Apana, uno de nuestros guías. “La usamos para teñir algunas prendas”. Y sorprende cuando empieza a frotar la hoja con sus dedos, que enseguida toman un color rojizo intenso. Solo un ejemplo de las infinitas sorpresas que depara la selva: la medicina, el vestido y la alimentación están al alcance de la mano, para quien sabe distinguirlos.

La otra actividad que sobresale es el paseo en canoa por la laguna Chalalán, un paraíso que irradia paz en medio de la selva. Este espejo de agua, de un perímetro de casi 3 kilómetros, refleja según la hora del día –y con gran claridad– los distintos tonos de verde de sus costas, el azul del cielo y el blanco de las nubes.

Por lo desbordante del conjunto, resulta difícil describir la comunión con la naturaleza que se experimenta en la laguna y su entorno. En el extremo opuesto del muelle, a metros de la cabaña comedor, hay una zona más elevada donde los josesanos construyeron un mirador. La vista es cautivante: la hermosura de la laguna, la inmensidad de la selva y, a lo lejos, la Cordillera de los Andes. Que protege, hoy como ayer, este remanso verde bajo la frescura de su imponente sombra.

Una historia de película detrás de un lodge

Ingreso chalalan

Ingreso Chalalan

Junto a Kapawi Ecolodge, en la amazonía ecuatoriana, Chalalán es uno de los emprendimientos eco turísticos comunitarios en territorio selvático de mejor reputación del continente. Su puesta en marcha está ligada a una historia muy conocida en la zona: la de Yossi Ghinsberg, un turista israelí que en 1981 estuvo 21 días perdido en la selva y fue rescatado cerca de San José de Uchupiamonas.

Doce años más tarde, en agradecimiento a quienes lo salvaron, Ghinsberg colaboró en la presentación del proyecto al Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y contactó a Conservación Internacional (CI), una ONG con experiencia en el rubro turístico que salió como garante. Luego de que la entidad bancaria aportara 1,5 millón de dólares para concretar esta idea, comenzó la historia de Chalalán. Un sueño hecho realidad, como dice hoy su eslogan de presentación.

Eco-turismo

El eco turismo es aprovechado durante todo el año

Ghinsberg relató sus vivencias en la selva en el libro Lost in te jungle, cuya versión en castellano (que mantiene el título en inglés), con errores ortográficos y de redacción, y una desprolija presentación, desluce lo que podría ser un relato atrapante. Por estos días, basada en las peripecias del viajero israelí, se estrena la película Jungle, protagonizada por Daniel Radcliffe, conocido por su actuación en la saga Harry Potter.

(Con información de Clarín y propia)

 

 

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