Enemas de café y bayas de goji: ¿qué podría salir mal?

La cara oscura del ‘estilo de vida saludable’

La cara oscura del ‘estilo de vida saludable’
junio 25, 2017 - Agencias
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Si alguna vez has abierto Instagram —aunque sea una vez en tu vida—, te habrás topado con la moda de lo sano que está arrasando en la plataforma. Habrás visto esas publicaciones atestadas de hashtags y emojis de todas las frutas habidas y por haber en las que se alaban los milagros de las dietas depurativas de 13 días a base de zumos y no habrás podido evitar pensar que sí, que todo este rollo sano tiene sentido. Estamos inmersos en la etapa de aceptación del bienestar. La saturación de imágenes y blogs sobre las dietas sanas es tal que incluso las bromas al respecto resultan ya muy trilladas.

Pero, ¿realmente es todo como lo pintan, vida sana y felicidad? Parece ser que no para Camilla*, modelo y estilista de Sídney a quien le pareció buena idea llevar a cabo un retiro saludable de 10 días para contrarrestar su frenético estilo de vida de fiestas continuas. Pero no fue fácil: al limitar la dieta al consumo de agua, zumos desintoxicantes y cáscara de psilio, acabó con tanta hambre que confiesa que al cuarto día se comió un plátano que había robado.

De todas formas, una cosa es tomar zumitos y otra muy distinta es tener que administrarse enemas de café cada cierto tiempo como parte del programa: Camilla se tenía que tumbar boca arriba, insertar un tubo en el ano y sostener la bolsa llena de café hasta que se hubiera vaciado. Una vez hecho eso, debía ir corriendo al baño, donde tenía una especie de colador acoplado a la taza del inodoro, de forma que se filtraban todas sus heces y Camilla podía ver con detenimiento todo lo que excretaba. ¡Qué divertido!

Cuando terminó el programa de desintoxicación, Camilla se pegó un atracón, y después de esta experiencia ha jurado que nunca más volverá a someterse a una dieta semejante. “Todo me sabía como si lo estuviera comiendo por primera vez. Respecto a mi cuerpo, por mi aspecto parecía que estuviera enferma terminal. Fue horrible”, recuerda.

En el caso de Sarah*, la moda de las dietas sanas fue la excusa perfecta para ocultar su trastorno alimentario.

Sarah empezó su primera dieta siendo una adolescente, y desde entonces contar calorías se convirtió en una obsesión. Por eso no es de extrañar que se encontrara muy cómoda siguiendo una “alimentación sana” que le permitía controlar con todo rigor la ingesta, tomando solo alimentos ricos en nutrientes y sin azúcar.

“No recuerdo en qué momento mi obsesión se convirtió en anorexia, porque todo ocurrió de forma muy progresiva y natural. Estaba convencida de estar haciendo lo mejor para mi salud al contar las calorías que consumía y reduciendo cada vez más la ingesta”, explica. “Lo de perder peso para tener una mejor figura viene después, cuando ya estás metida hasta el cuello en tu obsesión y tienes el juicio totalmente nublado“.

Cada día se convertía en una obsesión por contar calorías y encontrar formas convincentes de ocultar la comida que no se tomaba y de suprimir el apetito. Acabó por dejar de socializarse para evitar verse envuelta en situaciones en las que hubiera comida y perdió 15 kilos en seis meses. A esas alturas, las personas de su entorno empezaron a darse cuenta del problema.

“Se me puso la piel gris y tenía la cara hundida. Sin embargo, yo me veía fantástica y con un aspecto muy saludable y creía que podía mejorar aún más”. A pesar de que no pasó mucho tiempo hasta que se puso en manos de especialistas, controlar el trastorno le costó a Sarah seis años de duro trabajo y recaídas constantes, y todavía hoy sufre las consecuencias.

“A veces echo la vista atrás y me cuesta creer que he pasado tantos años torturándome de esa manera. Todo empezó con querer ser más “saludable” y se precipitó hasta convertirse en una enfermedad mental de la que aún hoy no me siento del todo liberada. Aunque ahora ya no limito mi ingesta ni me doy atracones para luego vomitar, todavía no me he librado de ese impulso que me obliga a pensar que comer está mal o que debo controlar lo que como”, confiesa.

Sarah señala que las redes sociales no le han hecho ningún bien en su intento por superar el trastorno, puesto que todas esas dietas que fomentan lo que se supone que es una dieta sana no son más que una forma de enmascarar una relación disfuncional con la alimentación.

Si bien es cierto que los trastornos alimentarios son el caso más extremo, los médicos en general coinciden en condenar este tipo de modas por diversas razones. La médico de familia Sophie Lee Johnston considera que las “dietas depuradoras” no son más que modas sin fundamento científico. En su opinión, este tipo de tendencias son preocupantes teniendo en cuenta que quienes las fomentan siempre tienen algo que ganar.

“Las manzanas son mucho más nutritivas que las bayas de goji, y sin embargo nunca oyes a ninguno de esos supuestos expertos hablar de sus propiedades beneficiosas”, señala. “Lo mismo pasa con el fenómeno de los productos sin gluten. El gluten es una proteína compuesta de otras dos, gliadina y gluteína, y solo es ‘malo’ si eres celíaco. Es cierto que hay personas que muestran cierto grado de intolerancia al gluten, pero sospecho que lo que le ocurre a muchos otros es que son intolerantes al trigo”.

Según Johnston, el 95 por ciento de las dietas no son efectivas para perder peso a largo plazo. El sector de los alimentos dietéticos se ha creado de forma que pueda ser sostenible económicamente y para convencer a los consumidores de que si una dieta no funciona, la culpa es suya y no del programa alimentario que están siguiendo. Asimismo, la pérdida de peso a corto plazo suelen considerarse “un éxito”, mientras que ganar peso a largo plazo se percibe como “un fracaso”. ¿Qué provoca esto? Que la gente vuelva a las dietas.

Por supuesto, también hay personas que obtienen beneficios de esta moda, sobre todo aquellas que publican contenido patrocinado en Instagram. Scarlet* es estratega digital en una agencia de publicidad especializada en contenido relacionado con el estilo de vida saludable en redes sociales. Generalmente, las marcas acuden a Scarlet para promocionar sus productos, ella desarrolla una idea creativa en torno a ellos y busca personajes influyentes en las redes para que los patrocinen.

“Hay una obsesión muy fuerte y estudiada por el ego, por hacer que la gente piense que su vida es una asco, pero que si llevan tu estilo de vida, pueden tenerlo todo”, explica Scarlet. “Yo lo veo muy a menudo en las fotos del antes y el después. Veo, por ejemplo, una chica que tiene buena cara en la foto del antes y que ahora está imposiblemente en forma porque hace 300 flexiones al día“.

La vida aparentemente auténtica de estos gurús de la vida sana puede ser muy lucrativa —Scarlet ha llegado a cerrar tratos de 7.500 euros para la promoción de un producto en publicaciones de Instagram—, pero también parece agotadora: estas personas tiene que mantener constantemente el interés del público —un público que mira el móvil hasta 157 veces al día—, lo que les obliga a estar constantemente buscando formas de renovarse, mejorarse a sí mismos y desmarcarse de la competencia.

“Sin duda la era digital ha contribuido a democratizar el mercado, pero lo preocupante es el subproducto de estas modas”, afirma.

Ally Garrett, escritora y actriz cuyo trabajo se centra en gran medida en temas relacionados con la positividad corporal, considera que es maravilloso que hacer sentadillas te ayude a sentirte fuerte y en forma, pero no es ningún requisito moral para existir en 2017.

Si bien todo el mundo es libre de cambiar su imagen según le convenga, Garrett señala que el problema son esas personas que, aprovechando su posición de poder e influencia, fomentan hábitos alimentarios poco saludables entre un público más vulnerable, especialmente cuando seguir un régimen —ya sea una dieta depurativa o eliminando determinados alimentos para comer “más sano”— se percibe como un acto de virtuosismo.

“El significado de ‘salud’ es muy personal. Para mí se trata de hacer ejercicio que te haga sentir bien pero también cuidar mi salud mental. No veo a nadie que cuelgue fotos en Instagram de tareas muy importantes para la salud como una visita al dermatólogo para que compruebe ese lunar que te ha salido, o al fisioterapeuta. Solo veo imágenes de Buddha Bowls o de posturas de yoga, imágenes que remiten directamente a las supuestas virtudes de la dieta y de mantener una cintura de avispa. Con una legión de 116.000 seguidores en Instagram, Dani Stevens niega que su forma de abordar la alimentación sea una simple moda.

“Simplemente como productos frescos en la cantidad que quiero y cuando quiero, siempre y cuando mis platos tengan todos los colores del arcoíris”.

Esta madre de cuatro niños asegura que si ella fue capaz de deshacerse de un total de 90 kilos ganados durante los cuatro embarazos, cualquiera puede conseguir los mismos resultados.

‘Transformation Tuesdays’ no es una moda, sino un programa que consiste en comer alimentos que estén vivos.

“No como nada que esté muerto, sea venenoso o tóxico para mí o mi familia. La vida es una semilla: plántala y crecerá y te proporcionará los nutrientes que el cuerpo necesita y merece“.

El sitio web de Stevens contiene un mensaje en el que indica que es una madre convencional y que este es su proyecto personal: “No soy nutricionista ni entrenadora personal, y siempre aconsejo a mis lectores que consulten con su médico antes de probar mis programas, ya que podrían tener consecuencias de algún tipo en su estilo de vida”.

El mensaje de Stevens es que los seguidores aprendan a estar a gusto con su vida diaria. “Un sitio saludable proporciona salud a quien vive en él”. Para ella, la felicidad es una droga natural.

*Se han cambiado los nombres a petición de las personas aludidas.

Publicado originalmente por VICE.com

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